Por mi formación académica especializada en la dimensión ambiental, a nivel bachillerato y licenciatura, como profesional me sentía en un nivel satisfactorio de comprensión de la problemática ambiental y las formas de abordarla. Ahora entiendo que concebir la crisis ambiental como “problemática” ya representaba una visión limitada. De profesión y vocación soy educador ambiental, pero con el ejercicio profesional noté áreas de oportunidad que era necesario atender para mejorar mi practica educativa. “Cosa de aprender sobre didáctica” consideré suficiente. Algunos cursos me fueron dando ideas, pero el fortuito encuentro con la Maestría en Educación Ambiental de la UPN, a la cual me acerque por el diplomado propedéutico, represento una revolución que modificó significativamente no sólo mi practica profesional, sino también a nivel personal.
En lo profesional, implicó reconfigurar la magnitud de la situación ambiental, replantear los objetivos y alcances de un educador ambiental. No sólo como se analiza y comprende el entorno, sino de que manera se incide en él. Esto, inevitablemente, trasciende a la práctica laboral individual, llegando a incidir en los colegas y compañeros de trabajo, donde existe un efecto de magnitud diversa. Es posible afirmar, sin asomo de dudas, que el haber cursado la maestría, el haberme enriquecido de los conocimientos y experiencia de mis profesores, me ha puesto en una posición que no imaginaba que existía, y que me obliga a dar todo en congruencia con los ideales de la educación ambiental.
A nivel personal, el efecto fue igualmente fortísimo, pero en una dirección diferente. El aprendizaje construido durante la maestría no fue exclusivamente de índole educativa y ambiental, pues influyó en la manera en que empatizo con otras personas, en la forma en que reacciono ante situaciones de la comunidad y sociales. La experiencia formativa durante la maestría me permitió interactuar de una manera más humana, más franca y empática con mis semejantes.
De manera general, no puedo terminar de expresar mi gratitud con mis profesores y compañeros, pues la maestría no sólo me ayudo a formarme como un mejor educador ambiental, sino que además me ayudó a emprender un camino de desarrollo profesional e individual que con frecuencia se da por terminado al concluir una licenciatura o al encontrar un nicho laboral. Me siento ahora con una gran responsabilidad, ineludible y casi trágica, pues la labor de un educador ambiental no está tan distante al ideal mítico de “tratar de salvar el mundo”. Es abrumador, a veces desesperanzador, pero tremendamente satisfactorio cuando hay resultados. Referenciando a mis queridos profesores, así es la educación ambiental: Resistencia y Esperanza.