A veces, cuando de pronto llega a mi cabeza algún pensamiento, me pregunto si podría significar algo tan importante que mereciera grabarse en piedra. Aunque de inmediato regreso a esta realidad mundana, mido el tamaño del disparate y recupero mi terrenal naturaleza. Confieso que antes pensaba, con pudor, que algunas de estas ideas podrían triunfar si fueran escoltadas por algún padrino investido de científico o escritor. Por ahí supe, que hace muchos años, un joven que dormitaba bajo un árbol, de improviso recibió en la cabeza una manzana y, en vez de comer la fruta, descubrió una ley de la física.
El presente relato lleva consigo el intento de acercar la escritura al lector; un mundo aparentemente negado para gran parte de los humanos. Hay quienes hablan de la casi imposibilidad de narrar, sospechando que se trata de una tarea para super dotados o sólo para quienes nacieron con ese don. Pero la verdad es que desde los primeros años las letras están asociadas a nuestro entorno, a nuestro crecimiento. Tarjetas, libros de historietas, cartas, notas, rodean la mayoría de los hogares. Aunque algunos padres suelen desestimar el valor de estos objetos, los primeros años escolares también nos acercan a las letras a través de libros para colorear, tareas o cuadros y dibujos pegados en las paredes del salón. Así, las letras comienzan a acercarse a los ojos infantiles y, veladamente, a impactar sus cerebros. A partir de ahí, esos signos nos acompañarán indefinidamente. Quizá descubramos, con un poco de confianza y decisión, que podemos convertir nuestras fantasías y observaciones diarias en cuentos, relatos breves o novelas.
Recuerdo que, desde la primaria, dibujaba y escribía en mis cuadernos mientras los compañeros terminaban sus ejercicios. Después leía mis escritos y con un dejo de vergüenza, terminaba deshaciéndome de ellos. Luego cambió la temática de los escritos. Empecé a escribir sobre muchachas que me gustaban, pero a quienes ni siquiera me atrevía a hablarles. Años terribles: me atormentaba no poder acercarme a ellas y sólo conformarme con verlas de lejos fingiendo que no existían. Tiempos amargos.
Claro que la adolescencia no era sólo deplorable. Con el alargamiento del cuerpo, el cambio de voz y el peinado con goma y copete, se abría un mundo lleno de posibilidades. De pronto observé un radical cambio de rutina y un acumulamiento de faltas en la clase. Provenir de un colegio particular y llegar a uno en el que puedes salir del salón y de la escuela a cualquier hora sin problema alguno, significaba la hermosa libertad. Además, estudiar la preparatoria en el centro de la capital, permitía visitar diversas academias y por lo tanto conocer nuevas chicas.
Naturalmente las ausencias aumentaron y mis calificaciones bajaron. Cuando recibí la boleta semestral y me dijeron en la Dirección que sólo me recibirían si iba firmada por mi padre y él la llevaba personalmente, sentí la muerte. Luego de meditarlo por horas y de mantenerla escondida un par de días, me confesé con mi hermano, cinco años mayor que yo, y le rogué que firmara la boleta, me acompañara a la escuela con ella y se presentara como mi papá. Aceptó.
Todos estaremos de acuerdo en que para un adolescente cursar tanto la secundaria como la preparatoria en un colegio que no te limita las salidas, es la gloria. Pues yo me acostumbré a ello y pronto. Al lado de compañeros también desinteresados por la escuela, tuve la fortuna de recorrer aquellas calles del centro y conocer cafeterías donde solíamos pasar el tiempo sin otro menester que insertar monedas en la máquina de música al lado de las chicas que llegaban en conjunto y se mantenían en su mesa, bajo cuchicheos y miradas soslayadas. Además, visitaba los billares en los que nos permitían entrar, para jugar al pool, lugares donde quedaron la mayoría de los libros comprados por los papás luego de súplicas y berrinches de nuestra parte. Huelga decir que también los malbaratamos o los dejamos en establecimientos diversos a cambio de desayunos que tomábamos por ahí de la media mañana hasta agotar el tiempo para la hora de salir. Cuando se acercaban los días de examen convocaba a una pandilla de compañeros a mi casa, naturalmente con sus libros a cuestas, para estudiar en las noches y madrugadas previas, momentos cuando a toda prisa hacíamos apuntes y síntesis de las lecciones que, a nuestro pesar, suponíamos que vendrían en la prueba.
Y, así como a Newton le cayó una manzana y “se dio ideas”, un buen día decidí convertir estos y otros recuerdos en un primer anecdotario.
Pero, como sabrán, el tiempo vuela y, con él, nuestra inquietud por escribir. Bastan unos momentos, un parpadeo, para ver pasar velozmente infinidad de eventos, amigos, aventuras, días. La nostalgia nos va acompañando escondida en nuestro ser, hasta convertirse en habitual compañera. Atrás van quedando la niñez, los estudios secundarios, la adolescencia, el bachillerato y, de pronto, nos vemos en un sitio que siempre imaginamos, pero al que no teníamos alcance más allá de nuestros sueños. Ahora navegamos en un ciclo escolar avanzado, a un paso de la licenciatura, de algún diplomado, un doctorado, pensando que somos los mismos, pero aquellos seres cercanos que nos han visto avanzar, toman nota de que, como diría el poeta “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.
Por mi parte, los saludo confiando en su capacidad; en su esfuerzo permanente que los ha catapultado hasta aquí, hasta este momento vital que hace de ustedes realidades preparadas para dar el siguiente paso. ¡¡Enhorabuena!!
A propósito, ¿ya saben qué van a escribir?
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