Pálido punto de luz nuevamente me abre las puertas de su ágora electrónica para compartir estas pocas reflexiones. Transcurrieron ya tres fructíferos lustros desde la aparición de aquel primer número, y percibimos que todos hemos crecido al influjo de su libertad y frescura.
Con el paso de los años, las experiencias de vida suelen adquirir un valor significativo que nos motiva a ser más reflexivos.
En nuestro caso nos sentimos privilegiados por el camino recorrido, labrado por vivencias estimulantes, que nos motivan a ensayar análisis, realizar valoraciones y hasta sacar algunas conclusiones.
Transitamos una vida profesional recorriendo los desafiantes caminos de la educación y la comunicación –muy entrelazados en nuestro caso-, sometidos a los vaivenes corrosivos de nuestro tan inquietante presente.
El mundo ha cambiado tanto en los últimos 50 años que “la crisis” se ha impuesto como la normalidad, y no como la excepción. A ello hay que añadirle que en la última década esa situación se aceleró sin que sepamos a ciencia cierta, hacia dónde nos conduce.
¿Cómo hacemos para adaptarnos a los exigentes tiempos que corren?
¿Existe alguna estrategia razonable y verosímil para lograrlo?
De nuestro acervo ¿cuánto estimamos que sigue manteniendo vigencia?
¿Cómo abordar el presente cuando la comunicación se ha democratizado -y en muchos casos bastardiado- como nunca antes, a través del uso desenfrenado y descontrolado de las redes sociales y de otras opciones tecnológicas al alcance de casi todos?
Uno de los perfiles de esa crisis es que se hace cada vez más difícil discriminar lo verdadero de lo falso. El imperio de lo mediático impone su férrea lógica lo cual no contribuye en absoluto a mejorar el panorama.
Aunque sabemos que recurrir a las fuentes de lo que consumimos es la garantía mínima de que disponemos para no ser engañados, esta arma está siendo desplazada con sorprendente facilidad por el imperio de los relatos simplificadores y panfletarios.
Si nos circunscribimos al terreno educativo formal, cada nuevo equipo de autoridades que asumen la conducción de la educación en nuestros países, conscientes de los desafíos que enfrentará, sucumbe a la tentación de anunciar innovaciones en materia pedagógica, con la más que endeble promesa de aggiornarnos a las exigencias de los tiempos presentes. ¿Cómo lo hacen? Lo que hemos visto tantas veces: anunciando la actualización de los contenidos curriculares, cambios en algunas técnicas didácticas, proponiendo enfoque educacionales “novedosos”, etc., etc. Sienten la necesidad de proponer y tratar de hacer algo diferente. A muchos nos queda la sensación de que les interesa tratar, de alguna manera, de dejar su marca, su herencia.
Pero la batalla se libra en muchos frentes a la vez. El que deseamos plantear primero –por sus dimensiones- es el referido a la situación de los planteles docentes. Nadie discute que su responsabilidad es de primer orden por ser responsables del alumnado.
Ante la situación de elevada incertidumbre que vivimos, este punto de partida resulta crítico.
Debemos enfrentar el abrumador desafío educativo del presente con planteles formados en realidades muy distintas, que responde a tiempos pasados y en parte superados-, incluso a otros tipo de experiencias en el aula y, por lo tanto, es de esperar que se les haga muy difícil cambiar “el chip” que ha regulado su accionar profesional durante mucho tiempo.
¿Cuál es la manera más lógica de abordar el desafío? Rápidamente surgen algunas ideas: modernizando los institutos de formación docente; brindando una buena oferta de actualización docente amplia, práctica y posible (considerando la escasa disponibilidad de tiempo que el docente suele disponer para capacitación), y promoviendo, con acertados estímulos, a llamar la atención al mayor número posible de colegas a que se sumen a ella.
Ahora bien. Seguimos sin resolver el problema de fondo. ¿Cuál debería ser hoy la oferta correcta para mejorar la preparación de nuestros educadores, si pretendemos alcanzar buenos o muy buenos resultados en el fenómeno enseñanza-aprendizaje? ¿Alguien se atreve a decir que lo sabe “a ciencia cierta”? Pero además, ¿es posible en tiempos de tantas incertidumbres ponernos de acuerdo al diseñar esas capacitaciones?
Otro tanto se nos plantea en materia de los contenidos programáticos a enseñar. ¿Prepararlos para qué sociedad, si no tenemos idea de cómo será en el corto plazo? ¡Asunto harto polémico!
Desde luego muchos colegas pueden expresar sus convicciones de lo que hay que hacer en estos terrenos. Y quizás estén acertados. En lo personal mis dudas superan claramente a mis certezas.
Como vemos hasta aquí el panorama se nos presenta de muy complicada resolución.
Como si ello fuera poco, irrumpió a la escena ese nuevo actor “desestabilizador”, que ya promete provocar un tsunami sin precedentes en el mediano plazo. Nos referimos a la inteligencia artificial (IA).
No cabe duda de que es una innovación tecnológica extraordinaria porque ofrece novedosas capacidades, habilidades, velocidades y precisión del uso y generación de la información, y también del conocimiento. Nadie debe poner en tela de juicio que tendrá un gran impacto en el fenómeno educativo. Seguramente provocará cambios significativos en todos los órdenes. Pero debemos tener la inteligencia suficiente para que los positivo superen largamente a los negativos.
Ya debemos plantearnos cómo y cuánto afectará a la enseñanza. Y al mismo tiempo prepararnos para sacarle el mayor provecho posible. Creo que la mayoría coincidimos en que la IA cambiará la enseñanza, y también a la propia sociedad.
¿Los futuros docentes serán parcialmente robotizados?
En materia de conocimientos e información no cabe duda de que serán insuperables. También en dedicación, actualización, presentismo, etc.
Como si ello fuera poco, se alerta desde sus más reputados impulsores que también están trabajando para que la IA cada vez incorpore más aspectos de humanidad al desempeño de esos “docentes del futuro”.
A medida que este tsunami avance, y volviendo a nuestro actual sistema educativo: ¿qué valoración le daremos a la adquisición individual de conocimientos? –lo que fue siempre un valor perseguido por la educación tradicional-.
¿A los alumnos no se les evaluará más la cantidad y calidad de conocimientos que poseen, debido a que los tendrán disponibles cuando los necesiten, en medios electrónicos de manejo habitual? ¿Tiene algún sentido “cargar” de datos la memoria del discente si llegado el momento de necesitar tal o cual información la tendrá al instante al alcance de la mano? Desde luego no sabemos si es acertado plantear estas inquietudes de la forma que lo hacemos. Estamos siendo golpeados por las primeras señales del tsunami.
A pesar de las muchas incertidumbres que podamos tener, es lógico pensar que la IA llegó para constituirse en una gran aliada de la enseñanza, y seguramente de la propia educación. Debemos utilizar desde ya todo lo positivo que encontremos en ella.
Sentimos en nerviosismo lógico que siempre impone la aproximación de los cambios que vemos acercarse
Entonces, hay que prepararse lo más rápidamente posible para pasar a la acción, imaginándonos cómo será la sociedad en 10, 20 o 30 años. Ese puede ser el mojón sobre el cual ponernos de acuerdo y apuntalarnos para rediseñar la mejor preparación posible de nuestros niños y jóvenes.
No cabe duda de que es un panorama abrumador (los grandes cambios siempre atemorizan), pero a la vez estimulante.
La magnitud del desafío no debe desalentarnos, sino motivarnos a robustecer nuestro tesón en la búsqueda de las mejores respuestas; esas que el docente comprometido siempre ha perseguido y suele encontrar. Estamos convencidos de que allí se asienta el espíritu más noble y puro de la docencia vocacional; aunque las metas siempre parezcan inalcanzables.
Una vez más debemos estar preparados para enfrentar el desafío, sin que nos atemorice el grado de complejidad que nos presente. Y confiar en que el acto docente es básicamente humano, entre personas. Como dijo alguna vez con extraordinaria perspicacia nuestro estimado colega Alfredo Villegas: “El mejor maestro es el que cautiva. Él es la llave que abre la imaginación del alumno”.
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