¿Por qué escribir, si no soy escritora?
Esa fue la pregunta que me acompañó durante el proceso de escribir y publicar mi primer artículo. Pronto comprendí que la escritura no es una labor exclusiva de quienes se autodenominan o denominamos escritores. Las palabras, al plasmarse, tienen la fortuna de trascender y evocar con alegría o nostalgia, momentos dignos de contarse o de ser recordados. Escribir nos permite documentar anécdotas, conocimientos, aprendizajes y experiencias. Se convierte en un arte sutil, personal, dinámico, lleno de matices.
Nadie escribe igual, incluso cuando se trata del mismo tema, porque cada escrito tiene alma propia, una mezcla de sueños, anhelos y perspectivas únicas.
Contamos historias no solo para compartirlas, sino también para sobrevivir en nuestro propio el diálogo constante interno y externo, que queremos que se quede ahí por escrito para no ser olvidado , al final forma parte de nuestra propia construcción. Entre los millones de habitantes que hay en la Tierra, a alguien, sin duda, le generará curiosidad lo que una persona decide escribir. Y eso ya lo hace valioso. Escribir es un acto digno un vestigio en el tiempo, es la evidencia de que existió y fue creado como las ruinas de la época antigua, transformadas a lo largo del tiempo pero al final vestigio de que fueron creadas.
¿Para qué escribimos?
Quizá para aspirar a la eternidad. La escritura, al igual que la oralidad, permite ordenar nuestras ideas, darle sentido al caos del pensamiento y transmitir aquello que consideramos significativo. Desde el rol de estudiante hasta el de docente, la escritura se presenta como una herramienta transversal, capaz de transformar. En el pasado, escribir era un privilegio de pocos; hoy, es una práctica cotidiana y esencial. Aprender a escribir implica arriesgarse: es ensayo y error, es atreverse a decir, a contar, a crear.
Por eso, agradezco profundamente la oportunidad de haber publicado sin ser una escritora reconocida. Este ejercicio me permitió iniciar un camino complejo en el mundo de la escritura académica que tal vez no tiene un final definitivo, pero sí un punto de partida. Mi primer texto, publicado en Pálido Punto de Luz, fue ese salto inicial: un espacio para aprender, explorar y comprender los mecanismos que estructuran cualquier tipo de texto, incluso un desafío personal que rompió con los fantasmas de aquellos comentarios de maestros que en algún momento decían no comprendo como escribes, y es que al decir verdad escuchar eso te frena , dejas de intentarlo pero los autores de esta revista han sido lo contrario , son la luz del faro que te dicen sigue el camino como sea pero síguelo, infinitas gracias por ello.
La satisfacción es inmensa cuando uno se siente orgulloso de lo que ha escrito.
Las prioridades de la educación y la escritura como estilo de vida
Desde la docencia, escribir se convierte en un medio para potencializar ideas, conceptualizaciones y aprendizajes. Publicar permite llegar a otros, dialogar desde el pensamiento. Mi experiencia puede resumirse en tres momentos fundamentales:
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La validación personal que supone verse publicada por primera vez: una forma de reconocer que nuestras ideas tienen valor y pueden ser compartidas.
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El impacto social de los comentarios recibidos tras la publicación: motivaciones sinceras que reflejan admiración, aunque sea momentánea.
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El aprendizaje profundo como lectora: reconocer que publicar también transforma nuestra forma de leer y comprender el mundo.
Todo ello se traduce en una plenitud inesperada. Algo que parecía lejano, de pronto se vuelve realidad.
Al mirar hacia atrás, reflexiono también sobre el papel que juega la escritura intercultural en este proceso. ¿Qué significa dialogar escribir entre lenguas, culturas y perspectivas diversas? Como menciona Michael Byram, la competencia intercultural no se limita al dominio lingüístico, sino que implica la capacidad de "relacionar lo propio con lo ajeno". Escribir abre ventanas a otras formas de ver el mundo, y en esa apertura, la empatía se vuelve clave.
Para ser leído, hay que conectar con el lector. Crear vínculos emocionales, provocar interés o incluso una vaga emoción. La lectura es una experiencia subjetiva, y escribir es, en consecuencia, un acto simbólico, pasional y artístico. En cada texto, el respeto por quien lee y la claridad en los mensajes cobran fuerza, especialmente cuando dialogamos con otras culturas, edades, creencias o realidades.
Escribir no es solo exponer ideas, sino crear puentes para que otros las comprendan desde sus propios marcos de referencia, es hacerte presente en la vida de muchos a la vez.
¿Cómo se forma un escritor en la educación?
Pienso que no basta con enseñar gramática, ortografía o vocabulario. Formar escritores en la educación implica enseñar a representar ideas sociolingüísticas, a negociar significados, a reconocer que cada palabra tiene un peso social y cultural. Es una tarea que requiere sensibilidad, crítica, y disposición.
Finalmente, descubro que la verdadera meta de este proceso ha sido integrar ciertas competencias: tolerancia, sensibilidad intercultural, capacidad crítica y la valentía de escribir sin miedo a no ser comprendida. En este ensayo y error, uno se libera del temor y simplemente escribe. Porque existen tantos lectores como perspectivas, y cada lector es valiente por aceptar el reto de interpretar y resignificar lo escrito.
Como diría Paulo Freire:
“Nadie educa a nadie, nadie se educa a sí mismo, los hombres se educan entre sí, mediados por el mundo.”
Esta frase cobra especial sentido al pensar en mi primera publicación. Escribir fue una forma de educarme en diálogo con otros. Leerme publicada fue descubrir que mi voz ya forma parte de una conversación mucho más amplia.
Con cariño Ana Karen Cortes Vital
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