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Jueves, Mayo 14, 2026

Como casi en todo tema de marcada relevancia, la polémica salta como salmón antes de que lo acomoden en una lata. El caso de las revistas prófugas del papel impreso, que representan un indudable avance en la circulación de contenidos por vía de satélites, cables coaxiales, fibras ópticas y medios inalámbricos, no es para nada una excepción.

Solo el espíritu santo, con un ábaco entre las alas, podría acercarse a un número aproximado de la cantidad de revistas electrónicas que existen en el mundo. De acuerdo con el Pinocho más grande de la historia (aunque también dice sus verdades), el internet, se calcula que circulan alrededor de 100,000.

¿Chicas buenas o chicas malas? ¿Diablas o redentoras? Por fortuna, para juzgar a dichas revistas, el moralismo convencional no es aplicable, además de que está en desuso (salvo lo que opine Marcial Maciel). La pregunta es tan simplona que resulta inútil. Más pertinente es pensar cuáles son los aportes de estas publicaciones y los cuestionamientos que se les hacen, no en términos de dictar sentencia con un balance definitivo, que resulta casi imposible, sino más bien hay una invitación a esforzarse para reflexionar sobre tan importantes vehículos para la circulación de ideas, conocimientos y datos (y también de catecismos académicos).

A continuación, plasmo tímidos planteamientos, no sin antes enfatizar que se trata de generalizaciones ineludibles, pues la realidad es tan vasta y diversa que no es fácil imaginar un perfil promedio de las revistas electrónicas, dado que las diferencias llegan a ser marcadamente abismales en temas, políticas editoriales, presupuestos, calidad, alcances, tipo de lectores... Al respecto hay más abundancia que las que ofrece un carnaval (cada quien interprete según le haya ido).

Nunca antes la historia mostró tanta opulencia de artículos científicos y de divulgación que hoy corren por el planeta llenando pantallas, ojos humanos y, desde luego, cerebros. Esta imparable hiperinflación de conocimientos toca la puerta y nutre a integrantes de un Olimpo académico (aunque no sean tan bellos y bellas como dioses griegos). Se da, así, una apropiación de conocimientos especializados, con cierta frecuencia inaccesibles para la mayoría a la que le implicaría pagar caro por leerlos (y eso que todavía no los alcanzan los aranceles).

Esta interminable avalancha de textos científicos, muy serios y eximios, son, gracias a la Ilustración, contrapeso a contenidos superficiales, al empobrecimiento del vocabulario (especialmente en los jóvenes), a escritos breves que alcanzan la misma profundidad que un chapoteadero; todo ello con el loable propósito de no cansarle sus ojitos ni abrumar los encéfalos al potencial lector. Y, en muchos casos, tales productos triviales no alcanzan la originalidad, pues solamente son malas imitaciones de modelos hegemónicos que se reproducen hasta el hartazgo.

Aunque, cabe recordar que ambos extremos (el del purismo científico y el de la banalidad masiva), están retacados de “una inmensa variedad de lo mismo”, como lo sugirió Mafalda al ver la televisión.

Así, en la pasarela de la sociedad cibernética, más allá de los tecnofóbicos contra los tecnolovers, desfila un equipo reducido, pero poderoso, que cuenta con información de alto valor político, económico y académico y otro equipo conformado por enormes masas dispuestas a empacharse de contenidos frívolos. ¿Revistas científicas vs. memes y videítos? La cuestión es mucho más compleja, aunque pareciera que hay justicia divina: profundidad que presumen unos y banalidad que gozan otros. ¿Todos contentos? Tal vez, salvo los amargados de siempre que prefieren pensar sin dicotomías, maniqueísmos ni catecismos ideológicos y a los cuales les da tercamente por contextualizar cualquier obra o expresión humana en el lugar y el tiempo en el que se producen. Entonces, abordar el tema de las revistas electrónicas implica ubicarlas en el seno de lo que representa internet y éste en la sociedad de la información, producto y espejo de las dinámicas políticas, económicas y culturales en pugna. Esto último ha sido motivo de reflexión profunda que han desplegado varios reconocidos intelectuales (Carr, Castells, Baricco, Gubern, Dreyfus…) y ni cómo competirles.

Ahora bien ¿para qué buscar textos en revistas digitales para ahondar un tema si la inteligencia artificial te responde lo que le preguntes y encima te ayuda a hacer chistoretes? ¿para qué buscar textos científicos largos y densos para redactar un artículo o una tarea si el Copilot es tan ofrecido? Ni hablar, en la misma pantalla está el diamante y la circonia, el oro y el latón. Cada quien sus gustos y posibilidades, responde la lógica del mercado (siempre lista para terminar cualquier discusión). Así surge una extendida trampa de la academia y, en consecuencia, su respectivo reto: cómo en términos educativos se puede neutralizar la maña, la comodidad y el descaro de autores y estudiantes, no todos por dicha, que se hacen trampa solos hasta cuando entran sin rivales a un videojuego.

Lo que es fácilmente identificable es que, si se discute sobre las revistas electrónicas, generalmente se debate sobre su contenido y forma (calidad, veracidad, postura ideo-política, diseño, extensión, entre otros), pero excepcionalmente sobre el medio en sí mismo, como ha sucedió a lo largo del cavernícola siglo XX, sobre la radio, la televisión y el cine. De ahí que el análisis de tales revistas, independientemente de su contenido, no es tan nutrido, por eso me autoexplico que la invitación a colaborar con este texto me dejó más frío que un beso a una muñeca de nieve (no se volteen para otro lado, de niños todos tuvimos esa perversión), pues no me fue fácil encontrar críticas a las revistas electrónicas, como medios.

Por otro lado, publicar en ciertas revistas sale más caro que ofrecerle una fiesta en Dubai a una amante francesa. Esto deja a muchos científicos del mundo, especialmente de países periféricos, como a los perros en una calle de carnicerías: mucho por ver, pero sin permiso para entrar. Sin duda, por ello se ha generado una hegemonía (invisible para algunos pensadores de derecha que son la versión ideológica de Mister Magoo), la cual termina extendiendo la impresión de que existe una ecuación lógica: producción científica que consigue apoyos económicos y publica en las revistas de alto impacto es garantía de alta calidad. De ahí que se tienda a confundir capacidad de pago con excelencia académica, ¿Es esto verdad? Haz como Santo Tomás: expresa tu duda y corre a que te lo resuelva Google (bueno, él solamente dijo “ver para creer”, pues su motor de búsqueda estaba en el reclinatorio de una capilla).

Dicho lo anterior, que no es mucho, pero más de tres páginas es un sacrilegio contra twitter, confieso que no he logrado vacunarme del síndrome del gusano barrenador (polilla peluda), es decir, por eso sigo yéndome por las ramas, pero finalmente en este texto (textículo, diría Salvador Morelos) aterrizo al fin a lo más importante: extender mi más alto reconocimiento a Pálido punto de luz. Revista abierta y democrática (hasta a su humilde servidor le dan chance de publicar antes de que le dé por pensar); de gran variedad de artículos y temas, aunque en ocasiones esta política resulta un tanto extrema (pero hay que hacer valer el principio de que quien no se arriesga, no gana medallas en un campeonato de sumo); revista de exigente antología que nos acerca a artículos inéditos y a otros publicados en distintos medios, los cuales cobran extensión y magia cuando aparecen en ella. Y, casi nada, con un par de editores que son sustancia y variedad; de pensamiento agudo y de vanguardia; más entretenidos que los tiempos extras de la semifinal Italia-Alemania en el Mundial del 70; irreverentes capaces de burlarse de próceres y referentes nacionales tan insignes como Salinas Pliego y Adán Augusto; y con una terquedad comprometida (hay que ser casi un ente mitológico de la educación ambiental para subir la piedra a la montaña durante 15 años con un proyecto que demanda tantos esfuerzos, riesgos y eventuales derrumbes). No es un asunto solamente de felicitar, sino de agradecer, en serio. Olé, olé, por Tona y Armando.

Sacapuntas

Mario Patrón

El timbre de las 8

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández
“pálido.deluz”, año 15, número 180, "Número 180. Aniversario Pálido punto de luz. (Septiembre, 2025)", es una publicación mensual digital editada por Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández, calle Nextitla 32, Col. Popotla, Delegación Miguel Hidalgo, Ciudad de México, C.P. 11420, Tel. (55) 5341-1097, https://palido.deluz.com.mx/ Editor responsable Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández. ISSN 2594-0597. Responsables de la última actualización de éste número Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández, calle Nextitla 32, Col. Popotla, Delegación Miguel Hidalgo, CDMX, C.P. 11420, fecha de la última modificación agosto 2020
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