En junio de 2023, en el marco del VIII Coloquio Nacional de Estudiantes y Egresados de Programas Académicos de Educación Ambiental —espacio de vinculación académica entre los posgrados de la Universidad Pedagógica Nacional, la Universidad de Guadalajara y la Universidad Autónoma de la Ciudad de México— tuve el honor de recibir el Reconocimiento al Mérito Académico en el Campo de la Educación Ambiental No Formal.
El evento fue profundamente emotivo y, en lo personal, de gran significado, pues ocurrió apenas dos años después de haber concluido mi ciclo laboral en Xochitla Parque Ecológico, institución en la que trabajé más de treinta años, y que debió cerrar sus puertas en el 2020 debido a la pandemia de SARS-CoV-2.
Al ser invitada a escribir para este número especial de la revista digital Pálido Punto de Luz, con motivo de su XV aniversario, decidí aprovechar el espacio para compartir una de las tantas experiencias vividas en un proyecto tan noble y complejo como lo fue Xochitla, confiando en que sea apenas el inicio de la sistematización de tres décadas de trabajo en el campo ambiental y educativo-ambiental.
De suelos pobres a un espacio lleno de vida. Xochitla Parque Ecológico se ubicaba en Tepotzotlán, Estado de México. El terreno fue donado por un empresario mexicano con la visión de transformarlo en un área verde urbana que propiciara el reencuentro de las personas con la naturaleza, un espacio donde aprender y disfrutar de ella.
Antes de esa transformación, el lugar había sido, hasta inicios del siglo XX, un rancho lechero con ganado estabulado; y más tarde, hasta la década de 1980, un club deportivo. Los suelos estaban compactados, con baja fertilidad, y el arbolado, en su mayoría exótico, se encontraba enfermo por la falta de agua y de un manejo adecuado.
En los años noventa se elaboró un Plan Maestro de Arquitectura de Paisaje, que definió tres áreas principales:
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una zona de uso intenso, correspondiente al área de parque recreativo;
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una zona de producción, donde se ubicaban: un vivero en suelo, un invernadero de plantas silvestres y ornamentales, una planta de tratamiento de aguas residuales y una estación climatológica;
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una zona contemplativa, correspondiente al jardín botánico.
En tres décadas, Xochitla pasó de ser un terreno degradado a convertirse en un refugio de biodiversidad con más de 200 especies vegetales, muchas de ellas nativas y algunas de ellas en alguna categoría de riesgo, de acuerdo a la NOM-059-SEMARNAT-2010; 57 especies de mariposas, 6 de reptiles y anfibios, 11 de mamíferos y 110 de aves. Todo ello fue debidamente registrado por el área de estudios técnicos, lo que permitió a la institución obtener el registro ante el CONACYT, como institución que hacía ciencia y tecnología, y con ello la facultad de otorgar recibos deducibles de impuestos para donativos en apoyo a proyectos ambientales y educativos.
Gracias a este trabajo, cientos de estudiantes de la UNAM y de universidades del Estado de México e institutos tecnológicos realizaron en Xochitla sus prácticas profesionales, servicio social y tesis de licenciatura. A la vez, tenían el compromiso de participar en actividades y eventos abiertos al público, lo que permitía que sus investigaciones fueran una experiencia educativa compartida con otros estudiantes y público en general.
Un área verde urbana para educar en, sobre y por el ambiente. Las áreas verdes y el Jardín Botánico de Xochitla alcanzaron un carácter regional al representar la riqueza florística de la Sierra de Tepotzotlán y de la Laguna de Zumpango. Estaba integrado por colecciones diversas: áreas de árboles de clima templado, encinetum, pinetum, plantas acuáticas, plantas silvestres con potencial ornamental, huerto biointensivo y una sección de cactáceas.
El área de educación ambiental fue una de las más trascendentes por el impacto social alcanzado en miles de estudiantes del Valle de México de diferentes niveles educativos, docentes, técnicos y público en general. Sus programas se organizaron en cuatro rubros principales:
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Sensibilización, mediante actividades recreativas dentro del parque.
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Educación ambiental no formal, con mañanas y días ambientales, además de campamentos basados en los programas educativos de la SEP y centrados en cuatro temas: cultura del agua, consumo y residuos sólidos, biodiversidad urbana, energía y contaminación.
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Capacitación, dirigida en primera instancia a nuestros educadores ambientales, luego a docentes de nivel básico, personal técnico y público en general. Se impartían cursos sobre: educación ambiental, poda de árboles, manejo integrado de plagas y enfermedades, huertos biointensivos, plantas acuáticas, entre otros. Muchos de estos cursos eran impartidos por los propios trabajadores de áreas verdes.
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Gestión de proyectos interinstitucionales, como la participación en la elaboración de las Normas Técnicas Estatales Ambientales del Estado de México (NTEA-018 y NTEA-019, 2017) para el manejo de arbolado y áreas verdes urbanas, y la promoción de la primera Tecnicatura Superior Universitaria en Arboricultura de la UAEMex.
Trabajadores que florecieron también. De todas las experiencias vividas, una de las más significativas fue el trabajo con el personal de áreas verdes.
Desde la Dirección de Áreas Verdes y Educación Ambiental a mi cargo, la premisa fue clara: la sustentabilidad de Xochitla descansaba en dos pilares inseparables: el ambiental —la naturaleza misma— y el humano —todas las personas que construíamos el proyecto.
En 1988, cuando inició Xochitla, los trabajadores eran los mismos que habían quedado del antiguo rancho lechero: percibían los salarios más bajos, carecían de capacitación, usaban uniformes en mal estado y trabajaban sin medidas de seguridad. Poco a poco se avanzó en dignificar sus condiciones: mejores sueldos, uniformes, herramientas y seguridad laboral.
Lo más transformador fue su formación y capacitación. Con apoyo del INEA se estableció un programa de alfabetización y de educación básica. Se organizaron cursos de autoestima, trabajo en equipo, planeación estratégica, liderazgo y cumplimiento de objetivos. A partir de ahí surgieron equipos técnicos especializados en: vivero, arbolado, pastos y setos, almacén, manejo integrado de plagas y enfermedades, riego ¡y hasta jardineros acuáticos, responsables de las colecciones del jardín de plantas acuáticas!.
Los cambios no se reflejaron solo en la calidad paisajística del lugar, sino también en la manera de trabajar y convivir. En los noventa eran comunes las inconformidades y los conflictos, incluso la resistencia a que una mujer fuera quien coordinara su labor. Pero, con talleres, cursos, diálogo y mucha dedicación se fue construyendo un andamiaje de respeto, colaboración y gozo por el trabajo desempeñado.
Cada equipo discutía y planificaba la manera de cumplir los objetivos anuales definidos por la dirección. Mensualmente presentaban sus avances a sus compañeros, en un clima de camaradería, con críticas constructivas y reconocimientos mutuos. Semestralmente informaban de sus logros y retos al director general mediante exposiciones que contaban con el uso de rotafolios, fotografías, muestras de suelo o de insectos, ramas enfermas y cualquier recurso que les ayudara a comunicar mejor sus ideas. Este proceso les generó confianza, autoestima y orgullo: aunque muchos no habían terminado la secundaria, llegaron incluso a impartir capacitaciones en universidades como la UNAM, la de Guanajuato y la UAM.
De pastelero a arborista. Entre las muchas historias, recuerdo con especial cariño a don Modesto, quien ingresó en 2005 sin experiencia en áreas verdes, tras haber trabajado en una pastelería. Fue asignado al equipo de arbolado, donde el señor Samuel Pineda, supervisor de áreas verdes -y a quien siempre consideré mi “filósofo de cabecera” por su profundo amor y visión de la naturaleza-, lo introdujo en el conocimiento y respeto hacia los árboles.
Don Mode, como le decíamos de cariño, se apasionó tanto que se convirtió en uno de los más férreos protectores de los árboles de Xochitla, buscando siempre capacitarse lo más posible. Un día, al encontrarlo podando un árbol, le pregunté cómo estaba su familia. Me respondió que bien, aunque su esposa se quejaba de que antes él pensaba en “traer más platita a la casa” y ahora solo se pasaba el día hablando de sus árboles… pero de dinero, nada. Y remató: “Sí, vieja, cierto, ahora solo hablo de árboles, pero… ¿a poco no me ves más contento?” La carcajada de los dos fue inevitable. En mis adentros pensé en la ironía de un hombre que antes contaba dinero y ahora que contaba historias de árboles, se sentía más rico que nunca.
Cuando Xochitla cerró, más del 95% del personal fue liquidado. Don Mode permaneció algunos años más, como parte de un pequeño equipo de trabajo para mantener el espacio. En junio de 2025 me llamó para despedirse, conmovido, me agradeció por tantos años de trabajo y dijo sentirse afortunado: jamás imaginó tener un empleo tan maravilloso, ni que sus ideas pudieran contribuir a embellecer Xochitla, dándole dignidad a los árboles y a él mismo. Le dolía verla caer después de la pandemia, tras el esfuerzo de tanta gente, pero se quedaba con la certeza y la alegría de que la naturaleza había entendido y respondido siempre a los cuidados recibidos.
Xochitla fue, sin duda, un espacio donde florecieron los suelos, la biodiversidad y los proyectos ambientales, pero sobre todo las personas. Hoy, aunque sus puertas estén cerradas, su legado sigue vivo en quienes lo construimos y quienes aprendieron y disfrutaron de ella.
PD: Se apagó la luz de Xochitla, pero en el cielo siguen titilando otras estrellas que nos acompañan e iluminan nuestro pensamiento. Una de ellas es la revista digital Pálido Punto de Cruz. ¡Que su fulgor nos siga guiando hacia nuevos horizontes de esperanza!
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