Con amor a todos los huérfanos del mundo.
La escritura nunca es sencilla, sobre todo cuando nace de una pluma que busca ser auténtica. No es lo mismo leer a un autor amateur que leer a Borges, lo sabemos, pero todos podemos intentar jugar a ser dioses por un instante. Al final, los grandes libros también nacieron de una chispa que descendió del cielo para encarnarse en una hoja de papel. El talento, a veces, se manifiesta con la naturalidad de respirar o correr; simplemente hay personas que nacen con ese don divino.
De ahí surge mi primera pregunta: ¿Por qué escribir si no soy un escritor?
Tal vez porque busco que esta ruleta cósmica me permita un día acertar en el número ganador. Tal vez, con paciencia y empeño, logre acercarme a Borges. Me gusta imaginar que alguien podría disfrutar de mis palabras, que incluso la más pequeña chispa de mi pensamiento pueda resultar valiosa. Esa ilusión me impulsa a lanzar letras atrevidas, aunque muchas veces los pensamientos brillen más en la mente que en el papel. Pero aun así lo intento, aun sabiendo que a menudo los resultados son mediocres.
La inspiración puede nacer de cualquier sitio: una noche de insomnio, el primer encuentro con el mar, un corazón roto o la muerte de un ser querido. Basta un empujón para atravesar el umbral y transformar lo intangible en palabra. Por eso escribimos, por eso lo intento, por eso lo intentamos.
Lo que me conduce a la segunda pregunta: ¿Para qué escribimos?
Creo que escribimos para fijar en la memoria cómo nos sentíamos en un instante irrepetible.
Recuerdo, por ejemplo, que hace unos diez años mi madre le regaló a mi hermana un libro titulado El círculo mágico. Narraba la historia de las mariposas monarca que migran de Canadá a Michoacán cada otoño. Una niña, María, las esperaba con su abuela dentro de un círculo de piedras en el bosque. Allí, las mariposas danzaban sobre sus rostros y revoloteaban alrededor, como diminutos fragmentos de sol alados.
Año tras año repetían el ritual, hasta que un día la abuela irremediablemente murió. María, devastada, encontró consuelo sólo cuando, con la llegada de la primera mariposa de septiembre, regresó al círculo mágico. Allí, el recuerdo revivió: la calidez de su abuela le envolvió de nuevo, como si las alas de las mariposas transportaran ese sentimiento.
Esa historia nos hizo llorar a todos. Mi hermana guardó aquel libro como un tesoro, y a veces lo leía a mi sobrina. Pero cuando mi propia madre, Jaqueline, partió de este mundo, la lectura adquirió un peso distinto. Comprendimos entonces lo que significa quedarse huérfanos del calor más profundo: el de una madre.
Quise reescribir aquella historia para traerla de vuelta, para sentirla conmigo otra vez. Pero mis intentos resultaron en un cuento torpe, sin fuerza. Lo destruí antes de que alguien lo leyera. Era como si al tratar de devolverla a la vida con palabras, el hechizo se deshiciera entre mis manos.
Entonces me pregunté: ¿escribimos por fama, o lo hacemos esperando que nuestras palabras encierren un sentido verdadero, algo más grande que nosotros? Quizá escribo para traer de regreso lo más preciado: bajar a mi madre del cielo por un instante, sentir su calor otra vez, aunque sólo sea en un recuerdo hecho de tinta.
Porque escribir es eso: darle permanencia a lo fugaz.
Hoy, pareciera que el oficio de escritor se ha vuelto tan utilitario como el de una mecanógrafa, y tememos que en pocos años los libros desaparezcan en la marea inmensa de lo digital. ¿Cómo se forma entonces un escritor? Solo hay dos caminos: nacer tocado por la divinidad, con la pluma en la cuna, o leer lo suficiente para aprender a otorgar significado a lo que parece insignificante.
Estoy seguro de que, si mi madre viviera, jamás leería lo que escribo. Pero sé también que, si pudiera, seguiría escribiendo sobre ella hasta volver esos textos excelentes. Y con eso bastaría para mí.
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