“Liliana tenía los ojos cerrados. La boca entreabierta. Parecía dormir, pero había algo extraño en su inmovilidad. Algo flácido y pesado a la vez. Algo que nunca había visto en ella. Lili, le dijo otra vez. Pero no se movía. Por instinto le rozó la mejilla y un frío atroz, un frío que no había sentido antes en su vida, se le pegó a las yemas de los dedos y se le trasminó por todas las células del cuerpo a una velocidad demencial. Luego, toda a la vez, la desesperación se le introdujo en la espina dorsal. Gritó. Fue entonces que gritó. Gritó su nombre y luego pidió ayuda”.
“Somos ellas en el pasado, y somos ellas en el futuro y somos otras a la vez. Somos otras y somos las mismas de siempre. Mujeres en busca de justicia. Mujeres exhaustas, y juntas. Hartas ya, pero con la paciencia que solo marcan los siglos. Y para siempre enrabiadas”. El párrafo pertenece al libro galardonado con los premios Mazatlán de Literatura 2022 y Pulitzer 2024: El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza. Con este trabajo y debido a la fusión de géneros literarios y al abordaje de temas complejos como la violencia y los feminicidios presentes en el conjunto de su obra, en los primeros días del pasado mes de octubre, la escritora mexicana fue citada con frecuencia en medios nacionales e internacionales (entre otros el diario francés Le Figaro ) como una de las posibles ganadoras del Premio Nobel de Literatura, el cual finalmente recayó en el escritor húngaro Lázló Kraznahorkai.
De regreso al libro galardonado, la historia es un homenaje y un alegato de la escritora en busca de justicia para Liliana, su hermana, quien fue asesinada el 16 de julio de 1990, sin que hasta la fecha hayan capturado a su victimario. Liliana tenía 20 años cuando le quitaron la vida. Estudiaba arquitectura, pero tuvo la desgracia de relacionarse con un estudiante de preparatoria quien, a pesar de la insistencia de Liliana de terminar con él, este no la dejaba libre.
“Semanas antes de la tragedia, escribe Rivera Garza, mi hermana tomó una decisión definitiva: en lo más crudo del invierno había descubierto que en ella, como bien lo había dicho Albert Camus, había un invencible verano… empezaría una nueva vida”. Sin embargo, como en muchos otros casos, Liliana no pudo cumplir su nuevo proyecto de vida, un asesino se la quitó.
Muchos años después la escritora recorrió las oficinas de la ex Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal en busca de la información necesaria que le permitiera reconstruir los pormenores del crimen, no como una acción morbosa, sino para saber cómo fueron las últimas horas de su hermana más pequeña, su única hermana. De esta manera rastreó la averiguación en donde quedó asentada la orden de aprensión que se expidió en contra de Ángel González Ramos por el homicidio de Liliana Rivera Garza.
Y frente a ese edificio de la Procuraduría un día de 2019 se congregaron las mujeres “que han crecido en una ciudad y un país que las acosa paso a paso y no las deja en paz. Mujeres siempre a punto de morir. Mujeres muriendo y, sin embargo, vivas. Con pañuelos atados a la cara y tatuajes sobre antebrazos y hombros, mujeres reclamando su derecho a seguir vivas sobre este suelo tan manchado de sangre, tan desgajado por el espasmo de los terremotos y la violencia”, escribió Rivera Garza.
Mientras sigue en la búsqueda de información sobre el asesinato de su hermana, un día la escritora se reúne con sus padres, juntos van al cementerio. “Es 4 de octubre. Liliana tiene ahora muchos más años bajo tierra de los que vivió sobre la tierra. Habría sido su cumpleaños 51. Es su cumpleaños 51. Aquí estamos los tres, todavía invitados al convite de su vida y de su memoria.
Y mientras limpia la tumba de su amada hermana surgen los recuerdos y las interrogantes y se pregunta por qué estamos tan lejos de la humanidad, muy solas, “más solas que nunca en una ciudad feroz que se nos vino encima con las mandíbulas poderosas del machismo: si no la hubieran dejado ir a la ciudad de México, si se hubiera quedado en casa, si no le hubieran dado tanta libertad, si le
hubieran enseñado a distinguir entre un buen hombre y otro peor. Y callamos. Y te arropamos en nuestro silencio, resignados ante la impunidad, ante la corrupción, ante la falta de justicia”.
Rivera Garza apunta que lo que distingue a la violencia doméstica, especialmente al homicidio de pareja, de cualquier otro crimen es el amor. Así lo señala Rachel Louise Snyder en No Visible Bruises. What We Don’t Know About Domestic Violence Can Kill Us: “ningún otro acto de violencia extrema se alimenta de una ideología tan diseminada como compartida. ¿Quién en su sano juicio estaría en contra del amor romántico? Los cientos de miles de mujeres asesinadas por sus parejas podrían responder a esa pregunta de múltiples formas inéditas”.
La escritora insiste en que llamar a las cosas por su nombre requiere la creación de un nuevo lenguaje: hostigamiento laboral, discriminación y violencia sexual. Que para hablar así es preciso correr el velo que esconde la violencia que aqueja y mata a cientos de miles de mujeres dentro y fuera de sus hogares. Que ha sido necesario nadar a contracorriente y participar junto con otros en la producción de un lenguaje preciso, que ponga en alerta las diferencias mortíferas de género.
Más adelante recuerda la dolorosa recuperación de las pertenecías de Liliana hace ya treinta años, cuando se preguntó: “¿qué se hace con los objetos de los muertos?” Y después de esos años recuerda unas cajas, que permanecieron intactas durante todo ese tiempo, ella y sus padres temerosos de abrirlas por lo que pudiera revelar su contenido.
Finalmente hacen acopio de valor y abren las cajas. En ellas encuentran las huellas que permitieron recuperar los últimos años de Liliana, quien “escribió asiduamente hasta el último día de su vida. Largas cartas muchas veces planeadas o notas garabateadas en los márgenes de cuadernos escolares durante las horas de clase. Poemas pasados en limpio de manera sistemática una y otra vez. Letras de canciones. La última ocasión en qué tomó su pluma de tinta morada fue el 15 de julio de 1990, a las 10:30 de la mañana. Dieciocho horas después, de acuerdo con se certificado de defunción, Liliana dejó de respirar”.
Como escribió Roberto Saviano en su libro más reciente sobre un feminicidio no resuelto: los hechos narrados en este libro no “pueden definirse bajo ningún aspecto como concluidos: todavía no se ha hecho justicia”.