Durante años se representó el miedo escolar con maestros autoritarios capaces de golpear sin miramientos a cualquier estudiante que infringiera las normas establecidas, incluso se le mostraba como una persona malhumorada que gritaba a la primera de cambios, por lo que sus alumnos trataban de pasar desapercibidos para evitar cualquier problema.
Sin embargo, ese miedo ya no es igual, ahora las cosas han cambiado, los niños han dejado de tener miedo porque el papel del maestro ha perdido su lugar. En épocas actuales es el profesor quien vive con miedo de lo que le puede pasar, no porque desconozca cómo hacer su trabajo, sino debido a que ahora los papás crean un conflicto ante cualquier eventualidad: mi hijo perdió sus colores (aunque no tenían su nombre como se solicitó en la lista de útiles), mi criatura no termina los trabajos y además me dicen que tengo que hacerlos en casa (pero el pequeñín estuvo distraído en clase e ignoró todas las llamadas de atención de la maestra), miran feo a mi bebé (¿desde cuándo existe una manera de mirar feo?), mi nene se sentía mal y la maestra nunca me avisó (aunque era un dolor de cabeza pasajero del que la criatura después ni se acordaba), mi hijo está enfermo y necesitan darle sus medicinas a ciertas horas (a duras penas alcanza el tiempo para las actividades académicas) y así podríamos continuar con una lista interminable de recriminaciones que van desde lo absurdo hasta lo verdaderamente importante.
Pero lo peor, es que los padres de familia muchas veces no tratan estos asuntos con el maestro frente a grupo, sino que pasan directamente a la dirección del plantel donde algunos directivos son capaces de sacrificar a sus compañeros con tal de mantener a los papás a gusto para evitar “problemas mayores”. En otros casos la situación es aún peor, porque deciden que se requiere de la intervención de otras autoridades, por lo que acuden a las zonas escolares, direcciones operativas o instancias adicionales como la Comisión de los Derechos Humanos, provocando que el maestro reciba una sanción escrita o se abra un proceso contra él.
Esto ha generado que los maestros trabajen desde el miedo, limitando sus actividades a lo estrictamente necesario y tratando con sumo cuidado a aquellos alumnos que viven dentro de una burbuja o cuyos papás son capaces de armar la tercera guerra mundial porque a su pequeño le dio el aire.
Es interesante que la mirada siempre apunta hacia las “fallas” del profesor: si no estaba en su salón, si omitió informar al padre de familia, si sus actividades son aburridas, entre miles de otras, pero poco se habla de la corresponsabilidad de los padres de familia, ya que son ellos quienes provocan que los niños ahora sean incapaces de seguir indicaciones o ser responsables, porque siempre hay alguien detrás justificando sus acciones y respaldando sus malas actitudes.
También se omiten los cientos de requerimientos administrativos actuales, hay formatos para todo y se siguen acumulando, como lo que se solicitó al inicio del ciclo escolar para poder participar en el programa de Vida Saludable, ya que fuimos los maestros los responsables de verificar que todo estaba bien llenado.
El problema no es el miedo, ya que esta emoción nos permite reconocer los peligros de nuestro entorno y prepararnos, sin embargo, el miedo escolar de nuestra era está ocasionando que los maestros cada vez se decepcionen más de su trabajo y busquen otras alternativas mientras las nuevas generaciones van pasando de año sin que construyan los aprendizajes necesarios para su edad, por lo que nuestra sociedad va empeorando en lugar de mejorar. Ojalá podamos volver a la época donde los maestros podíamos hacer nuestro trabajo sin vivir bajo el escrutinio público y que los padres se responsabilicen realmente de la educación de sus hijos para beneficio de todos.