Durante mis años de estudiante de educación básica, el miedo fue una sombra constante, sobre todo al participar en clase, dar mi opinión o presentar proyectos. Me aterraba pensar distinto a los demás.
La primaria la cursé en un colegio de monjas; en secundaria, mi vida dio un giro: ingresé a una escuela con enfoque en educación ambiental (SIGNOS A.C.). Aun así, el miedo ya habitaba en mi inconsciente, y la historia del pánico escénico se repetía una y otra vez.
En la universidad no había escapatoria: había que exponer. Y así lo hacía, con presentaciones aprendidas de memoria, repletas de datos científicos y cuantitativos sobre las especies. Nada que me dejara al descubierto frente al grupo. Aun así, me temblaban las piernas y me sudaban las manos, incluso cuando se trataba de rendir tributo a Linneo o agradecer a Darwin por las respuestas de la evolución (léase con sarcasmo).
Tuve que enfrentar al miedo el año pasado. Frente a mis colegas biólogos, en un auditorio, defendí la otredad animal y afirmé que los animales no humanos, al igual que nosotros, también sienten, piensan y lo expresan. Seguramente más de un compañero me tachó de loca, pero ese día liberé a la pequeña Vera, a la que alguna vez intentaron silenciar.
Y qué decir de aquella vez en que fui “casi obligada” a ser maestra de ceremonias en el Cuarto Congreso Nacional de Educación Ambiental y Sustentabilidad (4oCNEAS), gracias a la confianza de la Dra. Elba Castro y el Dr. Javier Reyes. Ellos me dieron la oportunidad de hablar desde la vulnerabilidad, de recordar que la vía más profunda ante la crisis planetaria es la educación: aquella que cultiva la autonomía y el pensamiento libre, fuera de lo establecido.
Hoy entiendo que el miedo no fue mi enemigo, sino mi maestro. Fue él quien me preparó para el momento justo en que, al fin, aprendí a hablar desde el corazón.