Cuando el carro último modelo se le cerró al camión escolar, el profesor sintió ese inconfundible hormigueo en el estómago acompañado del temblorcito en la pierna izquierda; señales inequívocas del temor siempre compañero.
Al profesor, debido a su enclenque figura y pequeña estatura, le apodaban en la escuela el Medio. El asumía, por parte de los alumnos, el mote y el relajo cotidiano en el transporte, con gran estoicismo. Lo primero, porque sabía que se aburrirían tarde o temprano del poco caso que hacía del apodo; lo segundo, por saber que a pesar de todo era más cómodo el camión escolar, que el pésimo transporte colectivo de la ciudad.
Ese día los escolares estaban desatados. Las causas podían ser varias: el calor de mayo, los ensayos para los festivales de las madres y de los maestros, o la cercanía de los exámenes finales. El caso era que, como un efecto de resistencia a todo, se realizaba una guerra campal en el camión. Atrincherados en los asientos, los estudiantes sólo se asomaban para apuntar y ocultos, lanzaban el proyectil. Nunca se sabe de dónde se hacen de tanto parque en esas guerras de trincheras/asientos. Medio, con poca fortuna, emitía un grito que pocos oían y nadie obedecía. Resguardado en el respaldo, esperaba no tanto el fin de la batalla, como su próxima bajada.
Medio huevo duro pasa por la ventana abierta y da justo en el cofre del auto último modelo. El malencarado automovilista estalla. Con ira, conduce el zigzagueante carro; hasta que da alcance a camión amarillo. El intolerante conductor del vehículo, a zancadas, aborda el camión.
— ¿Quién lanzó el huevo?
Por esa extraña solidaridad que se da en los grupos escolares en situaciones de peligro, todos guardaron silencio. El profesor fue el primero. Ahora el temblor se extendió a las dos piernas. No era capaz de decir nada. ¿Qué podía argumentar?
-
Si no me dicen –sentenció el energúmeno gritando– les voy a poner un coco a todos.
Medio observo cómo acomodó el primer golpe sobre la cabeza del niño sentado en el primer asiento del transporte, junto al pasillo. El miedo fue tanto que estuvo a punto de volverse coraje, levantarse y reclamarle en el mismo tono.
El iracundo conductor seguía cumpliendo su tarea, con el puño vengador. El profesor lo veía cada vez más cerca y más grande. El coraje en cierne se trastocó en profundo odio, repulsión y hasta valor. Cuando llegó a sólo un asiento de donde estaba Medio, el profesor apretó los puños, inclinó la cabeza, cerró los ojos y … esperó.