El presente siglo ha nacido bajo el signo de la velocidad. Como si la historia, hubiera decidido apresurar sus pasoso y condensar las décadas en años, y años en segundos, vivimos lo que Bauman (2003) llamó la modernidad liquida; un tiempo en donde las instrucciones, los vínculos y las certezas se disuelven con la misma facilidad que una imagen digital se borra de una pantalla. La educación, sin escapar, se ha visto envuelta en este oleaje incesante. En este mar lleno de olas, la tecnología no es solo una herramienta, es también un entorno, no solamente un auxiliar, sino una condición de posibilidad.
Para Paz (1974) la modernidad es la tradición de la ruptura, actualmente en el ámbito educativo, esa ruptura se manifiesta en la irrupción de las tecnologías (Tic´s), las cuales atraviesan aulas y transformando prácticas. No asistimos a un simple cambio en los instrumentos, sino a una metamorfosis cultural; La cultura educativa, en donde su entramado de símbolos y métodos, se haya en plena transición hacia un nuevo horizonte.
El conocimiento, antes depositado en libros, se encuentra ahora disperso en nubes digitales. Parte de la memoria humana tiene su peso ahora en memorias digitales. Las bases de datos responden en la actualidad a la velocidad de un botón, al mismo tiempo la I.A. puede realizar programas educativos (Selwin, 2016).
Sin embargo, la tecnología no es neutra, trae consigo una visión, una escritura de la vida. En este sentido Castells (2009), señala que las redes sociales no solamente presentan la información, adicionalmente presentan una interpretación de la comunicación y las formas narrativas. De esta manera, la educación actual no puede mirarse sin observar a la tecnología como un puente de acceso, colaboración, pero también con la posibilidad de desigualdades y riesgos de la dependencia tecnológica.
La educación, en este contexto oscila entre lo imposible y el riesgo, por un lado, el contexto donde el estudiante es formador de su propio aprendizaje, con capacidad de sumergirse en un océano de conocimiento, mientras que por otro lado un entorno en que los algoritmos sustituyan la reflexión.
Este contexto no ofrece certezas, sino preguntas ¿Qué significa el aprendizaje digital? ¿Qué papel juega la docencia en este nuevo entorno? ¿Deben reinventarse las escuelas? Estas preguntas no son técnicas sino culturales, que integra la formación educativa en la sociedad actual.
La tecnología no entro tímidamente en las aulas, irrumpió de manera definitiva, de pronto estas se llenaron de cables y pantallas con la promesa del conocimiento ilimitado y al alcance de un botón. Para Castells (2009) nos encontramos en la era de la Sociedad Red, donde el conocimiento se estructura en base a los flujos de información. En las aulas, las TIC comenzaron a alterar la distribución del poder simbólico: el maestro dejó de ser el monopolio del conocimiento, el estudiante adquirió autonomía para buscar, contrastar, incluso cuestionar. El saber se volvió ubicuo, descentralizado, abierto a múltiples voces.
Y, sin embargo, toda promesa lleva inscrita la sombra de la sospecha. Las TIC, con todo su potencial emancipador, también exhibieron sus límites y peligros. La primera y más evidente es la brecha digital. No todos los estudiantes tienen el mismo acceso a dispositivos, conectividad y competencias digitales. En México, por ejemplo, aunque el 79% de la población tiene acceso a Internet, la calidad de la conexión y la disponibilidad de equipos varía drásticamente entre regiones urbanas y rurales (INEGI, 2023). La educación digital corre el riesgo de profundizar desigualdades ya existentes, transformando la brecha económica en una brecha cultural de mayor calado
Levy hacía referencia a la cibercultura como un espacio para la inteligencia colectiva, advirtiendo que esta inteligencia no surge de una manera automática, requiere de condiciones como la inclusión, participación y sentido. De esta manera el ciberespacio deja de convertirse en un ágora de espacio abierto, sino pasa a ser un mercado de distracciones donde la información se confunde con el conocimiento.
Otro riesgo de las herramientas digitales es la superficialidad, la velocidad de acceso fomenta un tipo de aprendizaje inmediato, fragmentado, que privilegia el dato sobre la reflexión, La cultura de la inmediatez amenaza la paciencia de la lectura profunda y tal vez la concentración prolongada. Carr (2010) señalaba el uso digital modifica nuestra forma de pensar, desarrollamos la habilidad de saltar en hipervínculos y nos alejamos de concentrarnos en una idea compleja.
Por otra parte, la irrupción digital ha abierto horizontes de creatividad y colaboración, como la posibilidad de participar en proyectos mundiales y el acceso a bibliotecas digitales, de simular fenómenos complejos. Esto representa un salto importante en las formas de enseñanza y aprendizaje, Freire (2005) insistía en que la educación debe de ser liberadora, Las herramientas digitales pueden ser un vehículo de empoderamiento, que genere conocimiento.
La cultura educativa se encuentra en un umbral, es un umbral de ambigüedad, pero también de oportunidad, el reto no es aprender a rechazar la tecnología, sino aprender a habitarla adecuadamente, a entender su potencia, sin cerrar os ojos a los riesgos.
Para Morin (2011) educar en la era digital implica enseñar a navegar en la complejidad, distinguir entre información y conocimiento, construir sentido entre la sobreabundancia de datos, preservar la dimensión ética y humana en el contexto tecnológico, hay que aprender a pensar desde ellas y más allá de ellas.
La irrupción digital en la educación no es un episodio pasajero, es una transformación estructural, una mutación cultural que redefine lo que entendemos por enseñar y aprender. El desafío del S XXI será aprender a caminar junto con la educación y el aprendizaje.
Conclusiones.
La educación, como toda obra humana, es un espejo del tiempo, en ella resuenan las preguntas de una sociedad que se transforma sin cesar. El S XXI nos ha presentado un escenario inédito, la educación es también un entramado invisible de redes digitales. La cultura educativa se encuentra en metamorfosis constante, lo que ayer era búsqueda física es ahora búsqueda digital.
Por otra parte, la tecnología no es un destino, sino un medio, puede ampliar horizontes o estrecharlos. Su potencial radica en la fuerza en que la habitamos, de la forma en que la convertimos en una herramienta de humanización o de alienación. Freire (2005) señalaba que la educación no es neutral, en la era digital, esta afirmación cobra relevancia.
El acceso desigual a la digitalización nos recuerda que vamos en camino para una educación equitativa, sin embargo, todavía hay retos. La I.A. plantes el horizonte de la personalización del aprendizaje, pero también del riesgo de sustituir la reflexión por el algoritmo. Como señala Morin (2011) hoy la educación significa enseñar a vivir en la complejidad, a discernir en medio del caos, a estructurar sentidos donde abundan fragmentos.
La oportunidad de nuestra época no está en la mera digitalización de la enseñanza, sino en la posibilidad de reinventar sus valores, una educación que no reduzca al estudiante al mero usuario. Que no sacrifique la memoria por la velocidad, que también sepa equilibrar entre tradición e innovación, que no se rinda a el poder de las plataformas, que las sepa utilizar para ampliar la memoria, la creatividad y el dialogo.
Referencias.
Bauman Z. (2003). Modernidad líquida. 2003. México. Fondo de Cultura Económica
Carr, N. (2010). The shallows: What the Internet is doing to our brains. W. W. Norton & Company.
Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido (30ª ed.). Siglo XXI Editores.
INEGI (2023) Encuesta nacional sobre disponibilidad y uso de tecnologías de la información en los hogares. Comunicado de prensa número 372/24. INEGI
Lévy, P. (1999). Inteligencia colectiva: por una antropología del ciberespacio. Organización Panamericana de la Salud.
Morin, E. (2011). La vía: Para el futuro de la humanidad. Paidós.
Paz, O. (1993). El laberinto de la soledad (8ª ed.). Fondo de Cultura Económica.
Paz, O. (1974). Los hijos del limo: Del romanticismo a la vanguardia. Barcelona: Seix Barral.
Selwyn, N. (2016). ¿Es la tecnología buena para la educación? Polity Press.
* Docente investigador de la Universidad Autónoma de Querétaro