Es un día cualquiera. Las paredes verdes oscuro de toda la vida en el Colegio Franco Inglés y el olor a gis dominan la escenografía como lo hicieron doce años de mi vida. Como un día cualquiera, solo que ahora tengo mucho miedo, ansiedad. No he recogido mis calificaciones y estoy seguro de que reprobé inglés (¿o física? ¿álgebra?) y no me voy a poder titular nunca del bachillerato. ¿Cómo se los digo a mis papás, a quienes siempre que me preguntan cómo voy en la escuela les digo que bien, sin entran en mayores detalles o explicaciones?
Corte a un día cualquiera, caminando por Melchor Ocampo, aún llena de árboles gigantes, rosas y con un desnivel entre los distintos sentidos. Tengo que ver qué hago porque debo materias y no he terminado la prepa. Nunca podré hacer una carrera hasta que…
Corte a un día cualquiera cerca del metro Hidalgo. El horrendo edificio de la Escuela de Periodismo curiosamente alberga salones húmedos, grandes, con paredes verde oscuro que no caben en sus pisos. Estoy desolado ya que no me puedo titular porque no he pasado todas las materias. Mi licenciatura va quedando cada vez más lejana. ¿Qué voy a hacer, qué diablos voy a hacer?
Corte a una noche cualquiera, en mi cama. Me despierto no sé si por el frío de la madrugada, las ganas de orinar de un sesentón casi setentón, o el miedo absurdo a no terminar el bachillerato o la carrera. ¡Qué diablos! La carrera quedó muy atrás en 1979, el bachillerato hace medio siglo. Pasé sin ningún problema, no debía materias ni nada por el estilo, pero ese miedo se quedó grabado en mi psique, de tal manera que regularmente tengo pesadillas “de un día cualquiera”.
La escuela ha sido parte central de casi toda mi vida. Más de dos décadas de estudiar en ellas, casi cuatro dando clases, por supuesto que muchas de las mejores situaciones ocurrieron en las aulas, pero también, muchos de los peores miedos se dieron allí mismo.
Reprobar siempre fue un terror para mí. Como el mal estudiante que siempre he sido, además de haragán, dejado, procrastinador e irresponsable, muchas veces estuve a punto de no pasar una materia, pero siempre (bueno, casi) me las arreglé para no salir tan mal, con promedios de regulares (de ocho y pocas décimas en bachillerato) hasta buenos (de nueve punto seis en la maestría en Periodismo Político), aunque con algunos descalabros, como la materia que reprobé y por la que no seguí con una maestría horrible, pero que me permitió conocer al Dr. Ramírez Beltrán y, en consecuencia, estar escribiendo este texto.
A lo largo de toda mi vida escolar siempre tuve el temor de que los demás se dieran cuenta de que casi no sé nada de nada, así que fingía constantemente para que no me atraparan en el purgatorio que tienen reservados los burros en las escuelas. Así, siempre cultivé una imagen de excéntrico que hacía lo que le venía en gana.
Sin embargo, yo creo que mi mente sabía que estaba tratando de engañar al mundo porque aún ahora me sigue acompañando ese miedo a que descubran que, tal vez, debí haber reprobado un montón de materias o ni siquiera tenía derecho a completar el bachillerato.
Claro que tengo una respuesta para mi caso. Padezco síndrome del impostor, por el cual una persona no reconoce sus logros o competencias, y se siente como un fraude a pesar de evidencias objetivas de éxito. Cuando Clance e Imes lo definieron en 1978 seguramente pensaban en gente como yo, aunque el estudio se haya realizado entre mujeres profesionales exitosas que sentían que no eran realmente competentes y que sus logros eran producto de la suerte o del engaño.
¿Ven lo que hago? Evado mi propia responsabilidad y trato de explicar mis miedos con palabrería medio ñoña tomada de alguna enciclopedia o buscador de internet.
Porque la escuela me dejó, además, otro miedo. El miedo a tener miedo, del que, tal vez, mejor hable en otra ocasión.