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Viernes, Junio 05, 2026

María Nazareth Díaz Navia

En las aulas también se libra una batalla silenciosa.
Este poema busca ser una voz de denuncia, dolor y esperanza para quienes enseñan con vocación en medio de la violencia, la corrupción y el abandono social.

 

México también duele en las aulas”

Este país es México…
y mi país me duele.

Me duele en las paredes rotas
de una escuela olvidada,
en el pupitre vacío
del niño que nunca regresó a clases,
en el miedo escondido
tras la sonrisa cansada
de la maestra que camina temprano
mirando dos veces la calle
antes de cruzarla.

Me duele México
como duele el invierno
cuando no hay abrigo,
como duele el silencio
después del plomo de las balas
rompiendo la mañana.

Y aun así…
aun con el alma hecha cenizas,
hay manos que siguen escribiendo esperanza
sobre el polvo del pizarrón.

Porque ser docente
no es únicamente enseñar vocales
o resolver quebrados.
Es cargar historias rotas,
sostener lágrimas ajenas,
alimentar corazones hambrientos
de ternura y de escucha.

Pese a esto,
el problema de la violencia,
al ser multifactorial y muy grave,
requiere más de un par de manos para darle solución.

Pero pareciera
que el maestro quedó solo
sosteniendo un sistema hecho pedazos,
un sistema que exige resultados
mientras ignora los problemas de salud mental,
el miedo, la violencia
y el dolor del desamparo.

En función de estadísticas
nos convierten en números,
en hojas archivadas,
en firmas apresuradas
debajo de sellos burocráticos.

En virtud de discursos vacíos
prometen educación digna,
mientras la corrupción
se sienta cómodamente
en oficinas perfumadas
donde jamás escuchan
el eco real de un salón de clases.

Y entonces me pregunto:
¿qué clase de personas
se están formando
cuando el ejemplo cotidiano
es la mentira,
la impunidad
y el abuso disfrazado de poder?

¿Qué aprende la niñez
cuando algunos padres renuncian
a educar con amor y límites?
¿Qué aprende un niño
cuando el hogar se convierte
en territorio de gritos,
abandono
o indiferencia?

Y todavía más doloroso:
¿qué ocurre
cuando también existen docentes sin vocación?

Aquellos que roban sueños,
que humillan,
que hieren lentamente
la inocencia de la niñez.

Porque un maestro sin amor
puede destruir más que el tiempo.
Puede apagar miradas,
marchitar talentos,
perpetuar heridas invisibles
que acompañarán toda una vida.

Y sin embargo…
no son ellos
quienes representan
la esencia del magisterio.

No.

La verdadera maestra
es aquella que llega enferma
pero sonríe al grupo.
La que compra materiales
con el dinero que le falta en casa.
La que abraza al niño rechazado
aunque ella también esté rota.

El verdadero maestro
es quien trabaja de manera exhaustiva
aunque jamás reciba reconocimiento,
quien escucha problemas ajenos
mientras calla los propios.

Es quien enseña a leer
en un país
donde muchos aprendieron primero
a sobrevivir.

Pero esta triste realidad
ha convertido las aulas
en trincheras silenciosas.

Hoy el docente teme denunciar.
Teme corregir.
Teme poner límites.
Teme incluso mirar severamente
porque cualquier palabra
puede ser usada en su contra.

Y así, lentamente,
la autoridad pedagógica
se vuelve efímera,
frágil como papel mojado.

Mientras tanto,
afuera,
la violencia sigue creciendo
como incendio sin lluvia.

Y aun así…
hay maestros que no se rinden.

Maestros que llegan temprano
aunque la inseguridad les robe el sueño.
Maestras que viajan horas enteras
para enseñar en comunidades olvidadas.

Algunas regresan a casa
con miedo de no volver.
Porque en este país
hasta enseñar puede costar la vida.

Qué inefable tristeza
descubrir
que quienes deberían ser protegidos
terminan escondiéndose
de la misma sociedad
a la que intentan salvar.

Porque educar
es sembrar valores y conocimiento.

Y aun en medio del caos,
hay quienes continúan sembrando.

Sembrando paz
entre niños llenos de rabia.
Sembrando empatía
donde otros enseñaron odio.
Sembrando esperanza
sobre la tierra seca del abandono.

Tal vez nadie escriba sus nombres
en monumentos.
Tal vez jamás reciban homenajes.

Pero cada maestro con vocación
es una barricada de luz
contra la oscuridad.

Y aunque a veces parezca inútil,
aunque el cansancio ahogue la fe,
aunque el país se desmorone lentamente
entre corrupción y violencia,
todavía existen manos
que sostienen el plumón
como quien sostiene una vela
en medio de la tormenta.

Porque educar
sigue siendo un acto de resistencia.

Porque aún quedan maestras
que convierten el miedo en ternura.
Y maestros
que defienden la niñez
aunque el mundo les dé la espalda.

Este país es México…
y sí,
mi país me duele.

Pero mientras exista un aula
donde alguien enseñe con amor verdadero,
todavía habrá esperanza.




María Nazareth Díaz Navia


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“pálido.deluz”, año 15, número 189, "Número 189. Educación, Cambio climático y Mundial de fútbol: El Delgado compromiso pedagógico y social", es una publicación mensual digital editada por Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández, calle Nextitla 32, Col. Popotla, Delegación Miguel Hidalgo, Ciudad de México, C.P. 11420, Tel. (55) 5341-1097, https://palido.deluz.com.mx/ Editor responsable Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández. ISSN 2594-0597. Responsables de la última actualización de éste número Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández, calle Nextitla 32, Col. Popotla, Delegación Miguel Hidalgo, CDMX, C.P. 11420, fecha de la última modificación agosto 2020
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