“Through the winter’s ice and cold
Down Nicollet Avenue
A city aflame fought fire and ice
Neath an occupier’s boots
King Trump’s private army from the DHS
Guns belted to their coats
Came to Minneapolis to enforce the law
Or so their story goes
Against smoke and rubber bullets
In the dawn’s early light
Citizens stood for justice
Their voices ringin’ through the night
And there were bloody footprints
Where mercy should have stood
And two dead, left to die on snow-filled streets
Alex Pretti and Renee Good
Oh, our Minneapolis, I hear your voice
Singing through the bloody mist
We’ll take our stand for this land
And the stranger in our midst…”
Streets of Minneapolis
Bruce Springsteen
Introducción
Benedict Anderson (1993), sostiene que las naciones al ser una construcción social operan como “comunidades imaginadas”, es decir, como construcciones simbólicas que producen sentido de pertenencia y destino común entre sujetos que no se conocen entre sí, pero que se piensan como parte de un mismo cuerpo social, lo que posibilita la cohesión interna.
En el caso de Estados Unidos, este imaginario ha estado profundamente vinculado al mito del “sueño americano”, que funciona como un principio organizador de sentido, esto es, entendemos imaginario no solo como una representación, sino como un dispositivo complejo que produce realidad social, ordena la experiencia colectiva a la vez que legitima relaciones de poder. El “sueño americano” puede entenderse no solo como una comunidad imaginada (Anderson, 1993), sino como un imaginario social instituyente (Castoriadis, 1997) que organiza prácticas, expectativas y relaciones de poder (Foucault, 1979), naturalizándose como horizonte de sentido (Taylor, 2004), por lo que no se trata únicamente de una narrativa aspiracional, sino de un mecanismo ideológico que, desde la perspectiva de la burguesía americana y del propio Estado, permite articular una idea de comunidad que encubre las contradicciones y violencias estructurales y legitima el orden existente.
En este sentido, el principio de comunidad en la perspectiva estatal, deviene en un dispositivo de control que regula la experiencia social y política al interior de los Estados Unidos, como sostiene Howard Zinn (2004):
“Mi punto de vista, al contar la historia de los Estados Unidos, es diferente: no debemos aceptar la memoria de los estados como cosa propia. Las naciones no son comunidades y nunca lo fueron. La historia de cualquier país, si se presenta como si fuera la de una familia, disimula terribles conflictos de intereses (algo explosivo, casi siempre reprimido) entre conquistadores y conquistados, amos y esclavos, capitalistas y trabajadores, dominadores y dominados por razones de raza y sexo. Y en un mundo de conflictos, en un mundo de víctimas y verdugos, la tarea de la gente pensante debe ser - como sugirió Albert Camus- no situarse en el bando de los verdugos”. (p. 13)
En este sentido, la noción de comunidad imaginada no solo permite comprender cómo se construye la cohesión, sino también cómo se invisibilizan las relaciones de dominación que la sostienen.
Desde este lugar, el llamado “sueño americano” es una construcción simbólica que ha encubierto históricamente dichas relaciones que en el contexto contemporáneo, se encuentra en entredicho. En términos de Lomnitz (2022), podríamos pensar que lo que se observa es un “rasgamiento del tejido social”, es decir, una pérdida de los vínculos que articulaban la experiencia colectiva y que sostenían ciertas formas de legitimidad del orden.
En este texto, realizamos un análisis del colapso del mito del “sueño americano” a través de la película “Una batalla tras otra” (2025) y que se expresa en tres dimensiones interrelacionadas: la producción de enemigos, la legitimación de la violencia y la crisis del orden simbólico, se demuestra que este colapso no implica la desaparición del mito, sino su transformación en un recurso cada vez más conflictivo que requiere para sostenerse, una mayor dosis de violencia.
El escrito se organiza en dos apartados. En el primero se comenta desde la cinta, la producción de enemigos, la expansión de la violencia y la radicalización política como elementos constitutivos del orden estadounidense. En el segundo se analiza el colapso del sueño americano, atendiendo a la crisis de legitimidad de las instituciones y sus representaciones culturales. Concluimos con el agotamiento del imperialismo norteamericano y los conflictos que ello supone.
Producción de enemigos, violencia y radicalización
Michael Moore, en Bowling for Columbine (2002), elabora un recuento breve de los enemigos creados por el Estado norteamericano: los indios americanos, las brujas, los negros, el comunismo, los terroristas y, ahora, el narcotráfico, que han servido para justificar su política imperial sostenida militarmente, tanto al interior como hacia el exterior de Estados Unidos. En este sentido, la producción de enemigos no es accidental, sino constitutiva del orden político.
La posesión de armas, considerada como un derecho por parte importante de la población, posibilita la acción de militantes que, como los hermanos Nichols, han protagonizado ataques armados, por ejemplo el de Oklahoma (1995). James Nichols, en la entrevista que Moore presenta en el documental, sostiene que, “…si la gente supiera cómo ha sido explotada y esclavizada en este país por el gobierno, se revelaría con ira y correría sangre por las calles…”; cuando un gobierno se vuelve tiránico, dice, el deber es derribarlo. Este tipo de discurso muestra cómo la violencia aparece como una forma legítima de acción política.
Así, la realidad de la política interior de Estados Unidos refleja múltiples motivaciones para expresar y ejercer violencia armada.
La película Una batalla tras otra (2025) sigue esta línea en la que tanto la organización de izquierda como los fascistas se mueven en la clandestinidad, y en el gobierno actual como el ascenso de gobiernos de derecha en distintos países, se abre la posibilidad —o más bien muestra la realidad— de que los grupos fascistas a nivel internacional se desplacen de manera más abierta. En ese contexto, se observa también una transformación simbólica del poder: en años recientes, la ostentación de la burguesía durante la época de Obama y parte del gobierno de Biden, era políticamente incorrecta y cuestionable; a partir de la recta final de Biden y del ascenso de Trump, se convirtió en una necesidad para confirmar el poder.
Algo que es muy claro en la película es el uso del ejército —no de todo el ejército— para actividades de contrainsurgencia, donde la lucha antidrogas funciona como coartada perfecta para intervenir en ciudades, barrios, colonias y estados completos. La población norteamericana no es una excepción.
La película aporta también la visibilización de la izquierda radical en Estados Unidos. En ella es protagonista la izquierda armada, pero también la otra: la campesina armada que culpa a la migración, al estilo de los grupos armados en Texas y el centro del país que apoyaron a Trump, junto con la derecha fascista. En la película se observan con claridad estos dos extremos.
La historia, los principios, las formas de organización y la persistencia de la izquierda y la derecha —que en Estados Unidos siempre ha sido fascista y racista— corren en paralelo; hacia el final se aprecian sus diferencias, una muy importante es la organización familiar, que en la izquierda no es la convencional. Esto sugiere que no se trata solo de una disputa política, sino de formas de vida equidistantes.
Se confirma el planteamiento de Zinn: la historia de Estados Unidos no es solo la de un país donde el capitalismo y su política imperial expansionista han pervivido, sino también la de la resistencia en sus distintas expresiones políticas, desde el anarquismo, el comunismo y la socialdemocracia, hasta la guerrilla urbana del movimiento afroamericano y la resistencia de los pueblos originarios.
Colapso simbólico y crisis del orden
Mucho de lo anterior tiene que ver con el colapso simbólico del mito americano.
Este colapso es hacia el exterior, pero también hacia el interior; es decir, se encuentra en riesgo el fundamento social y simbólico de los Estados Unidos. Las instituciones ya no funcionan igual: las figuras, los rituales, etcétera, han perdido credibilidad y ya no son apropiados por toda la población, sino solo por un sector. Es decir, funcionan principalmente para el sector privilegiado norteamericano y para ciertos grupos, sobre todo de derecha —como, por ejemplo, algunos sectores texanos—, quienes buscarían mantener no solo el status quo, sino esa condición simbólica que les hace sentir que tienen control sobre el territorio y una supremacía en distintas dimensiones.
Recordando la serie Yellowstone (2018) por ejemplo, los Dutton tienen como uno de sus atributos el aceptar -con cierta resistencia- la caída de ese control y de esa supremacía. Al final de la serie, ellos reconocen que ahora ocupan el lugar de desplazados; es decir, les toca vivir esa condición.
Esto resulta significativo si pensamos que el orden simbólico en el que vivieron durante décadas —cerca de 200 años desde que el primer Dutton compra el territorio— es completamente distinto al que enfrenta la última generación. Ese primer Dutton adquiere la tierra por centavos —sin que sepamos con claridad a quién se la compra— y, a partir de ahí, desplaza a otros. En contraste, las generaciones actuales viven en un contexto económico y social donde ese orden simbólico se encuentra en crisis. En este sentido, lo que observamos es una batalla constante, una tras otra: una condición de caos en la que esa estabilidad está en permente peligro. Lo que nos recuerda el planteamiento de Marx a propósito de la inmanencia de la crisis en el capitalismo, que si bien la vida de los trabajadores en la crisis, está en riesgo, la reproducción del capital y por tanto, la persistencia de la burguesía, es contingente.
A la par, se despliega una teatralización política (Balandier, 1994). Esto se puede ejemplificar en la realidad con figuras como Donald Trump, pero también en representaciones ficcionales donde se dramatiza el peligro que representan los radicalismos para la estabilidad social y política de Estados Unidos. Por ejemplo, la escenificación de militares vestidos como agentes de migración, actuando casi como una SS en referencia a la Alemania nazi, la representación elaborada en el filme por Sean Penn, como el coronel Steven J. Lockway, resulta paradigmática.
En la figura de Trump se observa también un tipo de discurso fragmentado, que transita rápidamente entre múltiples ideas sin necesariamente cerrarlas. Esto ayuda a explicar por qué su política no solo mantiene tensiones o conflictos hacia el exterior —como el caso del bloqueo a Cuba—, sino que también impulsa una reorganización interna: el desmantelamiento de políticas de apoyo a la multiculturalidad, a las acciones afirmativas, a la perspectiva de género, e incluso el cuestionamiento o reversión de derechos como el aborto en algunos estados.
Consideraciones finales
Esto sugiere que la batalla por sostener al imperio estadounidense no es únicamente bélica ni externa, sino también interna e ideológica. Implica la defensa de aquellas instituciones y valores asociados al “sueño americano”: la libertad, la estabilidad, la familia cristiana, etcétera.
Sin embargo, esta estructura —que pretende presentarse como orgánica y funcional— está erosionada. En términos de Lomnitz, el tejido social aparece rasgado, no solo por la desigualdad estructural, sino por la incapacidad de las instituciones de sostener un horizonte común. No puede sostenerse plenamente porque responde, en gran medida, a la experiencia de un sujeto específico: blanco, con ciertas condiciones económicas resueltas, con acceso a vivienda, estabilidad laboral y tiempo para prácticas como la asistencia religiosa.
Esta no es la realidad de la mayoría de la población, particularmente de sectores afroamericanos e inmigrantes, cuyas condiciones de vida han implicado sobreexplotación y racismo. En este sentido, esta línea de análisis permite leer la política contemporánea de Estados Unidos como una respuesta a esa crisis estructural y simbólica, en la que se disputa la permanencia de un orden que, aunque aún opera, muestra signos claros de agotamiento.
Si, como sugiere Anderson, la nación se sostiene como una comunidad imaginada, el caso estadounidense muestra con claridad los límites de ese imaginario cuando las condiciones materiales que la sostienen se erosionan. El “sueño americano”, en tanto mito articulador de comunidad, ha funcionado históricamente como un dispositivo de cohesión, pero también de control: ha permitido organizar una narrativa de pertenencia, al tiempo que invisibiliza las relaciones de dominación que estructuran esa misma comunidad.
En este sentido, la advertencia de Zinn adquiere una nueva relevancia. Leer la historia desde las tensiones entre dominadores y dominados implica también reconocer que el debilitamiento del mito no elimina el conflicto, sino que lo hace más visible y, en muchos casos, más violento. La producción de enemigos, la radicalización política y la expansión de formas de violencia armada no son anomalías, sino expresiones de un sistema que pierde capacidad de integración simbólica y real en el marco del capitalismo imperial.
Desde la perspectiva de Lomnitz, el “tejido social rasgado” permite nombrar precisamente esta condición: no se trata solo de una crisis institucional, sino de una fractura en los vínculos que hacían posible imaginar la comunidad como un todo coherente. En ese escenario, el mito del “sueño americano” no desaparece, pero deja de operar como horizonte común y se repliega hacia sectores específicos que buscan sostenerlo como forma de identidad y de poder.
Así, la batalla por el orden estadounidense, que ha implicado a lo largo de la historia, una batalla tras otra se libra en el terreno geopolítico y simbólico. Lo que está en disputa no es solo el control del territorio o de las instituciones, sino la posibilidad misma de seguir nombrando esa formación social como comunidad. En ese desplazamiento, el mito deja de ser un elemento integrador para convertirse en un campo de batalla, donde se expresa con mayor nitidez aquello que, como señalaba Zinn, la narrativa nacional había intentado ocultar: la persistencia de una historia atravesada por la explotación, la violencia y la resistencia.
Referencias
Anderson, B. (1993) Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Fondo de Cultura Económica.
Balandier, G. (1994). El poder en escenas. Paidós.
Castoriadis, C. (1997). La institución imaginaria de la sociedad. Tusquets.
Foucault, M. (1979). Microfísica del poder. La Piqueta.
Lomnitz, C. (2022). El tejido social rasgado. Ediciones Era.
Marx, K. (2008). El capital. Crítica de la economía política (Vol. I). Fondo de Cultura Económica.
Taylor, C. (2006). Imaginarios sociales modernos. Paidós.
Zinn, H. (2004). La otra historia de los Estados Unidos, desde 1492 hasta el presente. Siglo XXI.
Filmografía:
Anderson, P. T. (Director). (2025). Una batalla tras otra [Película].
Moore, M. (Director). (2002). Bowling for Columbine [Documental]. United Artists.
Sheridan, T. (Creador). (2018– ). Yellowstone [Serie de televisión]. Paramount Network.
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