La educación mexicana, en particular la educación superior tiene grandes desafíos para sincronizar sus objetivos con la realidad; más aún, para cumplir con la misión de promover la ciencia, la cultura y el conocimiento, formando los profesionistas que se requieren.
Las metas tienen que ver con cobertura, pertinencia, visión prospectiva y equidad en los recursos, obviamente, estamos hablando de las instituciones públicas,
Dentro de la educación pública superior, se encuentran las escuelas normales, cuyo propósito fundamental es formar profesionales de la educación básica y media superior, esto último en el caso de las Normales Superiores. La investigación, la extensión y la difusión, son tareas que han quedado relegadas, no porque no se realicen, sino porque –sobre todo en la investigación- no hay los recursos y apoyos necesarios y porque muchos de sus resultados no se reflejan como debiera ser en la comunidad en general. Pareciera que hay dos mundos distantes – licenciatura, por un lado, posgrado e investigación, por el otro- cuando deberían existir vasos comunicantes que se retroalimentaran y beneficiaran mutuamente. No se trata de señalar responsables sino de buscar soluciones para aprovechar las enormes tareas que se hacen en investigación y aprovecharlas para proyectar a las instituciones hacia mejores horizontes.
Por otra parte, la política educativa desde el gobierno de Felipe Calderón, al menos, ha tendido a marginar y asfixiar a las escuelas normales, al reducir la matrícula de manera significativa y no canalizar los recursos económicos necesarios para mejorar la infraestructura, las condiciones laborales de las y los maestros y no ofrecer las plazas suficientes para incorporar un mayor número de docentes, de manera que crezca la plantilla en calidad y en cantidad.
Se requiere, pues, ese apoyo y, de manera significativa, la reorganización de las funciones y propósitos de nuestras instituciones, al interior de estas; no con autonomía, pero sí con capacidad de gestión para matizar y adecuar las disposiciones superiores en función del contexto y realidad específica de cada escuela normal.
Lo que está en juego no es la situación particular de alguna normal, aunque evidentemente hay situaciones y realidades distintas, sino la vigencia de estas. No se pide una condición de excepción, sino de equidad. Los recursos y atención se han venido canalizando con mayor fuerza a nuevas universidades. Es claro que las necesidades son muchas y se entiende que la oferta educativa debe crecer, pero las normales también necesitamos más presupuesto.
La tradición y el papel histórico que han jugado las escuelas normales en la construcción de la identidad nacional y en la promoción de la cultura en miles de niñas, niños y jóvenes, son hechos que no pueden soslayarse; hoy, más que nunca, requerimos apoyo, unidad interior, visibilidad, crecimiento de la plantilla docente y de la matrícula estudiantil; apoyo al posgrado y a la investigación; difusión y enriquecimiento de la vida cultural. Cada uno, desde su espacio, sin encerrarse ni posicionarse sino empujando juntos para reconstruir lo que sea preciso y preservar y fortalecer lo que así sea necesario.
Diálogo permanente con las autoridades, búsqueda conjunta de soluciones, gestión permanente con otras instancias de gobierno para resolver problemáticas cuyas respuestas se ubiquen en dichas esferas públicas.
Diálogo y conciliación interior; respeto a las voces discordantes y toma de decisiones con los colegios, las divisiones, jefaturas y coordinaciones. Comunicación permanente con las y los estudiantes, docentes y personal de apoyo a la educación. Vivir la democracia y regirse por un liderazgo que encauce las enormes posibilidades y capital humano del que se dispone.
Se requiere gobernanza, y esta surge de la escucha permanente y organizada con las representaciones sindicales, el consejo estudiantil y la planta docente. De esa escucha se desprenderán acciones efectivas para resolver, gradualmente, lo que sea posible y seguir trabajando hasta alcanzar el estatus que merecen nuestras instituciones.
El Normalismo requiere oxígeno para respirar adecuadamente. No hay soluciones mágicas, pero sí acciones impostergables. Hay muchas ideas en las autoridades superiores que convergen con estas necesidades; es cuestión de dialogar y encontrar los caminos adecuados para sincronizar los propósitos, recuperar o fortalecer la confianza mutua y de ahí la estabilidad y el crecimiento cualitativo y cuantitativo que se necesitan.
Dignificar las condiciones de las escuelas normales es una tarea de todas y todos los que estamos involucrados en sus tareas cotidianas. Si tenemos amor por el Normalismo y queremos que siga siendo vigente, debemos dejar de ver las diferencias no como aquello que separa, sino como la oportunidad para encontrar en estas la posibilidad de un pensamiento plural que a todas y todos nos beneficia. Al tiempo.
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