Nos reencontramos hace dos años, en un tiempo y en un espacio en los que tuvimos la oportunidad de convivir hasta este momento final.
Recuerdo a Axa en aquellas pláticas interminables sobre política, educación e historia, sabía escuchar cualidad escasa en nuestros días. Poseía un sentido del humor mordaz y una inteligencia profundamente cristalizada divergente, siempre remataba un comentario con una sonrisa de niño.
También evocábamos con cariño a sus padres, a quienes siempre guardé un gran afecto. Solíamos llamarnos “primazos”, porque en esencia lo éramos; si no por consanguinidad, sí por los lazos de vida que nos unían.
Él fue tío de mi hija, quien ahora también es una estrella en el firmamento. Acal será siempre recordado como una persona de la que aprendí mucho y que dejó una huella profunda en mi vida. Y, como solía decir un conocido nuestro, "nos volveremos a encontrar en el camino del destino feliz.
" ¡Buen camino, hermano!"
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