El boxeador cae, el árbitro cuenta, y antes de que aparezca la voluntad, la rodilla ya se mueve. El cuerpo se levanta primero, el pensamiento llega después. Hay una especie de instinto antiguo que decide por él, un impulso que no nace del ánimo sino de la memoria muscular acumulada.
Todos hemos estado ahí, en el piso metafórico, sin ánimos ni claridad, pero con un gesto, pequeño y automático, que nos vuelve a poner de pie. La esperanza no es un sentimiento, es un movimiento anticipado, uno que ocurre sin pedir permiso, como si el cuerpo aún se negara a concluir su historia.
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