I
Muchas veces, sobre todo cuando escuchamos una nueva “ocurrencia” del presidente estadounidense Donald Trump tendemos a pensar que son ideas de un loco, de un megalómano. En parte, por supuesto tenemos razón al pensar esto; sin embargo, es lo de menos. No podemos olvidar que Trump no está solo, sino que tiene un aparato gubernamental, político y sobre todo, económico, que no solo lo secunda sino que lo impulsa.
Cuando habla de hacer de Canadá el 51 estado y centra su atención en la provincia de Alberta, en un acto que me recuerda poderosamente el robo de Texas a México, no es solo una puntada, es una estrategia totalmente pensada, planeada y plausible, tanto por el apoyo de gran parte del establishment estadounidense como de políticos traidores de Alberta.
Lo mismo ocurre con Groenlandia. Es el imperio preparando un robo, apoyado por los poderosos que igual pretenden colonizar Marte con mano de obra esclava, que llenar de maquiladoras América Latina o hacer un desarrollo turístico en las tierras destrozadas de los palestinos en Gaza.
Detrás de cada una de estas “ocurrencias” está el capital mundial y las ansias expansionistas estadounidenses que no solo no se atenuaron en el siglo XX, sino que crecieron y ahora en el XXI, sin el contrapeso de la Unión Soviética, enseñan su cara maligna y demencial.
Cuando pensamos en los imperios, por ejemplo el romano, tendemos a verlos con la benevolencia que dan los hechos tal como ocurrieron y conformaron la realidad actual. Podemos creer que sin los romanos, literalmente no existiría nuestra cultura actual y eso lo vemos como algo que logramos superar, pero no pensamos en los millones de seres humanos que murieron por la expansión de ese imperio y en los cientos o miles de posibilidades culturales borradas por el ansia hegemónica latina.
Lo mismo ocurre con cualquier otro imperio o similar a lo largo de la historia del mundo, y cuando se alzan voces contra este status quo la gente acusa de que tenemos baja autoestima cultural, que nos gusta victimizarnos, que otros sufrieron mucho y lograron salir adelante, mientras que nosotros seguimos igual de mal. El caso de la lucha contra el imperialismo en el caso de nuestro país me parece particularmente grave.
II
Me preocupa, me angustia, me indigna. Cada vez más, algunos mexicanos traidores, de la estirpe de Juan Pamuceno y otros, piden —en inglés, incluso— que vengan los gringos, qué venga Trump a salvar a México de lo que ellos, desde sus ópticas estrechas, torpes, subnormales, ven como un apocalipsis. Me preocupa, me angustia, me indigna, que no solo son las voces de políticos ridículos como Téllez o capitalistas carroñeros como Salinas, quienes apoyan semejante despropósito, sino muchos jóvenes que, por lo visto, pasaron por las aulas sin aprender absolutamente nada, ya sea por ser malos estudiantes o porque tuvieron, reconozcámoslo, pésimos docentes.
¿No recuerdan la guerra de Texas? Está bien, no fue contra Estados Unidos en sí, sino contra la República de Texas (como se pretende ahora con el caso de la provincia de Alberta y Canadá); México perdió y se quedó con lo que ahora es un estado que los mismos estadounidenses (como Stephen King) han calificado como “la máquina de matar”; luego, la invasión gringa que nos despojó oficialmente de más de la mitad de nuestro territorio. Ahora, los panegiristas de la invasión, dicen: “vean cómo ellos hicieron emporios de lo que los mexicanos teníamos olvidado”.
La verdad es que Estados Unidos robó territorios extraordinariamente valiosos que potencializaron su crecimiento, al tiempo que empobrecieron nuestro país y lo dejaron sumido en el caos. Como ahora Trump y sus corifeos, en ese país de trató de justificar la invasión con argumentos aterradoramente actuales, como Thomas Ritchie, editor de The Washington Union, quien respaldó la narrativa de Polk y argumentó que México era incapaz de administrar sus territorios del norte y que su país aportaría “progreso”, o Jefferson Davis, senador en 1847 y futuro presidente confederado, quien justificó la expansión territorial alegando superioridad institucional y cultural: México “no había logrado desarrollar sus recursos”.
Después de la guerra contra Estados Unidos, el país ha seguido invadiendo México. Entre 1846-1860 se dieron las incursiones de filibusteros que aunque no eran oficiales, eran toleradas por nuestro «amigo” del Norte. Durante la Guerra de Reforma (1858-1861) se dieron constantes intervenciones en la frontera, bajo el pretexto de perseguir apaches y comanches; tras la Guerra de Secesión (1865-1867) los estadounidenses ocuparon puntos fronterizos; entre 1916-1917 padecimos la Expedición Punitiva, dirigida por John J. Pershing (quien sería figura sobresaliente en la primera Guerra Mundial) a raíz del ataque de las tropas villistas a Columbus.
Los estadounidenses llegaron a 500 kilómetros de la frontera (por cierto, su misión fue un fracaso) y duró once meses. En 1914, Estados Unidos ocupó el puerto de Veracruz, de abril a noviembre; ese mismo año, los gringos ocuparon Tampico. A lo largo de 1920 hubo presiones militares durante la década de 1920, particularmente durante la Rebelión Delahuertista (1923) y los levantamientos cristeros entre 1926-1929, donde además se dieron sobrevuelos sin autorización.
Y no estamos contando intervenciones económicas, navales o coercitivas sin ocupación durante los siglos XIX y XX, como bloqueos navales frente a Baja California por reclamos de compañías estadounidenses (1851-1852); amenazas de intervención por disputas petroleras (1927-1938), y más modernamente, situaciones como la Operación Cóndor, iniciada en 1977 por López Portillo, en la que bajo el pretexto de la guerra contra las drogas se intervino militarmente en Sinaloa, causando dolor y muerte en la zona (y muy bajo resultado contra el narcotráfico) con el apoyo directo de la DEA y, muy probablemente, de la CIA.
III
El imperio estadounidense es una amenaza a la vida, a la estabilidad y a la cultura del resto del mundo, y como lo hacen notar pueblos originarios, las nuevas Panteras Negras, la resistencia organizada o no al ICE, la izquierda estadounidense (que existe, por más que haya sido sistemáticamente perseguida y ridiculizada), también es un peligro para las verdaderas culturas que se han desarrollado en ese país.
Que Trump está loco, es megalómano y, probablemente, senil, son verdades que nadie discute, pero esto no es toda la verdad. Hitler, otro megalómano, no hubiera podido llegar y mantenerse en el poder sin la complicidad activa de empresarios, políticos y burgueses (Grupo Krupp, Kirdorf, Schacht), corporaciones como IG Farben (BASF, Bayer y Hoschst), Siemens, Daimler-Benz y BMW, y tristemente, por un pueblo deseoso de creer.
Recordemos que los imperios son el emperador, y todos los que lo apoyan.
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