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Martes, Abril 21, 2026

Ante el actual panorama político mundial, ha tomado nueva vigencia la célebre sentencia de Benito Juárez: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. La máxima parece contener una verdad incontestable, pero en la historia reciente de la humanidad no se ha visto cumplida. El nudo de la cuestión es cómo se entiende el derecho ajeno.

Magnani (2005:148) señala que en la sociedad globalizada vivimos la paradoja de que el ciudadano antes distante y ajeno, ahora vive y trabaja con nosotros; sin embargo, la recepción de lo ajeno siempre se ha caracterizado por la asimilación a los propios cánones y por la incapacidad de escuchar y dialogar.

Para el régimen sionista de Netanyahu, Palestina no tiene los mismos derechos que Israel; el imperialismo encabezado por Trump se desentiende del derecho internacional y de los tratados firmados con otras naciones, a fin de invadir territorios e intervenir en la política interna de otros países con el pretexto de cuidar la seguridad de Estados Unidos de América y salvaguardar la democracia, que no es efectiva ni siquiera entre los ciudadanos estadounidenses, muchos de los cuales son víctimas de distintas formas de discriminación y sujeción.

Se supone que las leyes deberían garantizar la justicia por igual para todas las personas, pero en la práctica los sistemas legales están marcados por la inequidad estructural de las sociedades, de manera que también hay grandes diferencias en cómo se establecen los derechos individuales entre grupos humanos, vistos como opuestos: hombres y mujeres, adultos y jóvenes, empresarios y trabajadores, heterosexuales y comunidad LGTBQ+, blancos y negros, por mencionar algunos. La diversidad debería ser valorada como riqueza, pero con frecuencia puede originar actos discriminatorios y conflicto. “El otro” (persona o colectividad) aparece como enemigo, un peligro para la propia integridad sólo porque tiene algo diferente a la comunidad de referencia: color de piel, religión, lengua, origen étnico, orientación sexual, ideología política, etc. Así, resulta que “el derecho ajeno” es una abstracción, pues al otro no se le atribuyen las mismas prerrogativas, obligaciones y responsabilidades de quienes se consideran semejantes, integrantes del propio grupo social o comunidad.

Los llamados “valores universales” (vida, libertad, paz, autodeterminación, etc.) en la práctica son relativos, porque no se atribuyen de manera igual e inequívoca para cualquier persona. Esto causa constantes tensiones en la dinámica social e impide una convivencia armónica. En este mundo globalizado, los encuentros entre grupos sociales de culturas diferentes son cada vez más frecuentes y potencialmente conflictivos.

En ese mismo tenor, el concepto de “soberanía”, se interpreta de diversas maneras, en función de intereses políticos y económicos, generando fricciones y enfrentamientos entre Estados nacionales. El término soberanía alude al ejercicio del poder atribuido a una entidad política, que se presenta como autónoma con respecto a otras. Teóricamente, la soberanía en las democracias modernas está determinada por la voluntad del pueblo, la delimitación de su territorio, la forma de gobierno y el ordenamiento constitucional que rige su sistema legal. El respeto a la soberanía nacional supone que las relaciones entre los Estados deben darse en un marco de colaboración, negociación y acuerdos de beneficio mutuo y que las controversias que puedan surgir deben resolverse conforme a normas establecida por el Derecho Internacional. Sin embargo, lo que está ocurriendo en el mundo se contrapone a esta idea.

Desde la perspectiva del gobierno de Trump, la soberanía de los Estados Unidos de América es superior a la de cualquier otro país, por lo que puede imponer todo tipo de condiciones para mantener relaciones diplomáticas, comerciales y políticas con cualquier otro Estado, incluso con la amenaza de una intervención militar, si las rechazan. Para el mandatario estadounidense el derecho ajeno no existe o puede delimitarlo conforme a los intereses y necesidades de su régimen capitalista neoliberal. Sin embargo, hay otras naciones como China y Rusia con potentes economías, con una creciente esfera de influencia política y con enorme capacidad bélica que ponen en cuestión la supremacía del imperio estadounidense. En esta compleja situación, la mayoría de los gobiernos alrededor del mundo parecen perplejos, intimidados, débiles, o francamente sometidos.

A pesar de este panorama desalentador, están surgiendo en todo el orbe movimientos ciudadanos de protesta y resistencia, muchos de ellos dentro de las mismas naciones imperialistas que se disputan el control de la economía y la política mundial.

Cada comunidad humana tiene una identidad cultural propia mediante la cual las personas comparten un sistema de creencias, tradiciones, lengua, valores y prácticas sociales. Ciertamente, estos componentes de la identidad a veces son muy diferentes e incluso se contraponen a los de otra comunidad, lo que puede suscitar desencuentros y dificultades para interactuar entre ellas, pero no tienen que ser irreconciliables. La clave para superar esa problemática y lograr una convivencia intercultural armoniosa y respetuosa, es un esfuerzo consciente de comprensión mutua mediante el diálogo que desmantele prejuicios y estereotipos y que facilite el logro de consensos y la cooperación a partir de valorar las visiones del mundo de las diferentes identidades culturales.

La construcción de la sociedad global pacífica es posible, si se consigue promover una conciencia intercultural que integra una serie de valores para la convivencia armónica, como el respeto a la otredad, la empatía, la tolerancia activa y la inclusión.

El respeto implica valorar y reconocer la dignidad y las creencias de los demás, mientras que la tolerancia activa consiste en la capacidad de aceptar diferencias, aunque no se esté de acuerdo con todas ellas; se distingue de la tolerancia pasiva que supone más bien contener el rechazo al otro, pero sin un intento real de entendimiento. La empatía se refiere al esfuerzo deliberado por ponerse en el punto de vista o la perspectiva de otras personas, para intentar comprender las motivaciones de sus actos o de sus prácticas sociales.

Magnani (2005: 150) propone un enfoque hermenéutico en la enseñanza de lenguas que puede contribuir a la formación de lo que Byram (2006) ha denominado “ciudadanos interculturales”, capaces de establecer un diálogo igualitario y relativamente objetivo con personas y comunidades de diferentes orígenes culturales. Este enfoque puede llevarse a la educación en general para formar personas con una nueva actitud que permita:

- primero, reflexionar sobre uno mismo y la propia identidad;

- distanciarse tanto de uno mismo como del extraño;

- no sorprenderse por la diferencia del extraño, ya que es normal;

- percibir y aceptar al extraño respetando su verdadera identidad;

- aceptar con serenidad incluso lo que no entendemos;

- permitir que el extraño se exprese directamente, desarrollando en nosotros la capacidad de escuchar;

- establecer una relación con el extraño basada en una cercanía, por así decirlo, distante, consciente de los límites intrínsecos de la comprensión, y no basada en una empatía falaz.

 

A pesar de Trump, Netanyahu, Putin y otros gobernantes autoritarios, imperialistas y beligerantes, la convivencia intercultural es posible mediante un proceso educativo que oriente en la formación y la práctica del respeto, la tolerancia y la inclusión entre los individuos, de manera que se conviertan a su vez, en agentes de cambio. Se debe contrarrestar la narrativa mediática que justifica las intervenciones militares y las medidas intimidatorias entre países, promoviendo en la población actitudes de apertura hacia las personas y comunidades de otras culturas, no sólo de otros países, sino también al interior de cada nación, eliminando barreras que puedan generar discriminación y exclusión.

McEnty (2006), comparte la idea de que la educación juega un papel fundamental en la formación de individuos que sean competentes en un mundo globalizado y por ello debe enfocarse en el desarrollo de habilidades para la comprensión intercultural, la resolución de conflictos y la capacidad para adaptarse a diferentes contextos culturales.


La educación puede ser la vía para lograr la unidad en la diversidad: es imperativo reforzar sistemáticamente los valores comunes de la condición humana, por encima de los intereses del capital y del poder político, con el fin de construir un mundo donde sea posible la convivencia multicultural pacífica. No nos dejemos llevar por el escepticismo y la desesperanza. Los educadores deben unir voluntades y acciones concretas para transformar la realidad, siguiendo el axioma de Freire de que la educación verdadera es una práctica de libertad, justicia y equidad.


Referencias:

Byram, M. (2003). Intercultural competence: Re-thinking foreign language education. Multilingual Matters.

Magnani, M (2005). El enfoque hermenéutico en la enseñanza de las lenguas extranjeras, en Comunicar. Literaturas lenguas (ISSN: 1827-0905), Biblioteca de la Fundación Bruno Kessler, pp. 145-165

McEnty, G. (2006). Intercultural competence: From theory to practice. University of Minnesot

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“pálido.deluz”, año 15, número 185, "Número 185. Entre imperios, colonias y resistencias: la soberanía en disputa. (Febrero, 2026)", es una publicación mensual digital editada por Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández, calle Nextitla 32, Col. Popotla, Delegación Miguel Hidalgo, Ciudad de México, C.P. 11420, Tel. (55) 5341-1097, https://palido.deluz.com.mx/ Editor responsable Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández. ISSN 2594-0597. Responsables de la última actualización de éste número Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández, calle Nextitla 32, Col. Popotla, Delegación Miguel Hidalgo, CDMX, C.P. 11420, fecha de la última modificación agosto 2020
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