Aquí viene una certeza que va incomodar y no le va a gustar a muchos, pero hablare del precio que hay que pagar para ser visto.
Economías morales del favor en la academia mexicana, Adjuntos, becarios y carne fresca: etnografía de un intercambio desigual.
Yo me di cuenta de esa dinámica ya entrado en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). No fue de golpe, fue como se aprenden las cosas en el barrio: viendo, oliendo el ambiente, escuchando los silencios. Nadie te lo explica directamente, pero ahí está, funcionando como un intercambio ritual de esos que tanto analizamos en antropología, solo que aquí nadie lo quiere nombrar porque les conviene que siga siendo “natural”.
Un intercambio viejo, ancestral, casi clásico. Como diría Mauss con el don: parece regalo, parece oportunidad, pero trae deuda incluida. Como Bourdieu y su capital simbólico: prestigio, cercanía, pertenencia. Como Foucault y las microviolencias del poder, que no te golpean, pero te acomodan, te disciplinan, te ponen en tu lugar. Un trueque desigual, bien maquillado.
En ese ritual entran los profesores, las vacas sagradas, esos personajes que ya están un nivel más arriba, pero que también están más amarrados al sistema, más cohibidos, con mañas más feas y arraigadas. Docentes e investigadores que escriben textos y artículos.
Y hay que decirlo sin romantizar: la mayoría no escribe porque quiera escribir, sino porque hay retribución económica, porque el sistema de investigadores les exige productividad. Hay que sacar texto por sacar texto, artículo por artículo, aunque no diga nada nuevo, aunque sea refrito, aunque sea puro trámite académico para seguir cobrando, para seguir existiendo dentro del aparato.
Pero dentro de ese ecosistema hay unos personajes especiales. Tú los puedes nombrar, lector, porque los has visto. Son como animales buscando presa. Entran al salón y no entran como cualquier profe: entran como ritual. Observan. Analizan. Evalúan. Miran quién habla, quién se emociona, quién se desvive, quién baja la cabeza, quién quiere ser visto. Y entonces eligen.
Eligen a su presa.
Se acercan despacito. Le endulzan el oído al estudiante ávido, emocionado, feliz, ilusionado. Ese estudiante que cree que por fin fue visto, que ahora sí su suerte cambió, que todo va a mejorar. Le dicen que es brillante, que tiene madera, que es distinto, que hay algo especial en él o en ella. Y el estudiante se lo cree, porque ¿cómo no creerlo? Si viene de una vaca sagrada, de un nombre pesado, de alguien con libros, premios, becas, contactos.
Pero no. No es reconocimiento. Es hambre.
Hambre de ego y hambre de bolsillos.
Entonces el docente lo nombra su adjunto, su becario, su ayudante, su amigo. Palabras bonitas. Palabras suaves. Pero en la práctica lo utiliza para todo: para dar clases cuando él no puede o no quiere, para hacer investigaciones, para levantar datos, para escribir artículos que luego no firmará, para hacer el trabajo sucio, invisible, no reconocido.
¿Y qué recibe a cambio el estudiante? Porque algo recibe, claro, si no el intercambio no funciona. Ser adjunto muchas veces sin paga, o con apoyos mínimos: unos pesos, cafés, comida de vez en vez. Invitaciones a fiestas. Integración a los grupitos amistosos. Ir a eventos donde están otros personajes que presumen sus bases, sus premios, sus trayectorias. Y ahí van los estudiantes, al lado, como cuando tienes una nueva mascota y la llevas a presumir. Perdón que se diga así, pero debe decirse así, porque así nos ven. Como pertenencia, como accesorio, como extensión del prestigio ajeno.
Algunos incluso se vuelven pareja de los profesores, creyendo que ya están a su mismo nivel. Que ya cruzaron la línea. Pero no. Nunca están al mismo nivel. Solo sirven para facilitar becas, accesos a maestrías, doctorados. ¿Un trabajo estable? No. ¿Por qué? Porque no le conviene a tu perpetuador que se le acabe su mina de oro. Te quiere ahí, cerquita, debiéndole algo, debiéndole el favor, creyendo que tú le debes la vida, cuando en realidad el que te debe es él.
Yo vi esto un sinfín de veces. A mí no me pasó, y no porque fuera más listo, sino porque nunca acepté entrar al intercambio. Nunca quise deberle nada a nadie. Nunca me dejé. Y por eso jamás fui del agrado de los profesores de academia. Siempre fui muy crítico, muy incómodo. No bajaba la cabeza, no asentía por reflejo. Y eso no gusta.
En dos o tres ocasiones se me acercaron a “invitarme”. Y no era tanto académico, ya imaginarás con qué fin. Yo veía el patrón, veía el destino final. Ver cómo muchos se alejaban decepcionados, tristes, frustrados. Otros se daban cuenta tarde de lo que les robaron: tiempo, ideas, energía, juventud. Y cuando ya no servían, cuando ya los habían ordeñado bien, los desechaban.
Así funciona. Aquí y en todos lados. Es una práctica ancestral del sistema académico, solo que aquí se disfraza de mentoría, de amistad, de oportunidad. Y a mí eso siempre me preocupó. Porque no todos se recuperan. Porque no todos salen ilesos. Porque hay quienes se van pensando que el problema fue de ellos, cuando el problema era el ritual completo.
Lo más triste de esta práctica no es solo el abuso, sino lo normalizada que está. Se habla de ella en pasillos, en cafeterías, en susurros, como si fuera parte del paisaje académico, como si así tuviera que ser. Y duele más cuando te das cuenta de que no se queda solo en la docencia cotidiana, sino que se replica, casi calcada, en uno de los momentos más importantes de la vida académica de un estudiante: la tesis.
Porque incluso para ser director o directora de tesis pasa lo mismo.
Yo supe, como muchos, de una docente de etnohistoria, extranjera ,como la gran mayoría que ocupa esos puestos, formada en las artes religiosas del discurso académico, dueña de varias materias, con un séquito entero de trabajadores gratuitos. Estudiantes que no solo cursaban con ella, sino que prácticamente le pertenecían. Dueña también de otro gran número de materias, porque así funciona el control: acumular espacios, acumular cuerpos, acumular tiempo ajeno.
Y ahí viene lo más crudo: ella cobra una cantidad de $$$ por dirigir tesis. Literal. Le pagan por cada cierto número de alumnos que titula al año. Es un esquema casi empresarial. Producción en serie de titulados. Por eso es la que más gente acepta titular. Por eso es la que más gente “ayuda”. No es generosidad. Es productividad. Es negocio.
Entonces la práctica deja de ser pedagógica y se vuelve contable. El estudiante ya no es persona, es cifra. Es número que suma. Es expediente que camina. Y otra vez el intercambio desigual: el estudiante cree que por fin encontró apoyo, alguien que sí lo va a sacar adelante, alguien “buena onda”, accesible, eficiente. Pero lo que encontró fue una engrane más del sistema, alguien que vive de esa maquinaria y la reproduce sin cuestionarla.
Y ahí vuelve la tristeza. Porque muchos entran con fe. Porque muchos se entregan completos. Porque muchos trabajan gratis, escriben, corrigen, investigan, gestionan, sostienen estructuras que no les pertenecen. Y cuando por fin se titulan, si es que se titulan, salen vacíos, cansados, con la sensación rara de haber logrado algo que no se siente propio del todo.
Lo más doloroso es que esta práctica no solo roba trabajo, también roba deseo. Roba ganas de seguir. Roba confianza. Hay gente que se aleja de la academia no porque no pudiera, sino porque quedó decepcionada, lastimada, exprimida. Y hay otros que se quedan atrapados, repitiendo el mismo ritual, porque es lo único que aprendieron.
Yo nunca quise eso. Nunca quise deber favores, ni convertir mi tiempo en moneda de cambio, ni mi cuerpo en capital simbólico. Por eso siempre caminé incómodo, a contracorriente. Y sí, eso tiene costo. Pero también tiene algo de dignidad.
Porque al final, lo verdaderamente triste no es no pertenecer al séquito. Lo verdaderamente triste es normalizar un sistema que se alimenta de la ilusión ajena. Y eso, aunque lo quieran disfrazar de mentoría, de tradición o de “así son las cosas”, sigue siendo violencia. Silenciosa, elegante, pero violencia al fin.
Yo preferí quedarme fuera. Caminar solo. Y también quería no convertirme en mercancía.
Yo busco ser un agente de cambio, jamás un agente de intercambio.
PDF