Los rechazados callan.
El rechazo es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los rechazados buscan en otras prepas,
los rechazados son los que abandonan,
son los que cambian de examen, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de salir en listas,
no encuentran, buscan.
Los rechazados andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan el rechazo de la UdeG.
Les preocupa el rechazo. Los rechazados
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo a otras escuelas,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de salir en listas.
El rechazo es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los rechazados son los insaciables,
los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos.
Los rechazados son la ira del calendario.
Tienen kárdex en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como kárdex para humillarlos.
Los rechazados no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los de las incorporadas.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el examen.
Encuentran influyentes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un centro universitario.
Los rechazados son locos, sólo locos,
sin maestro y sin director.
Los rechazados salen de sus secus
temblorosos, hambrientos,
a cazar prepas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que estudian a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el rechazo
como una lámpara de inagotable aceite.
Los rechazados juegan a pasar pruebas,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del rechazo.
Nadie ha de consignarse.
Dicen que nadie ha de consignarse.
Los rechazados se avergüenzan de toda conformación de listas.
Vacíos, pero vacíos de una a otra escuela,
el examen les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que conserjes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a prepa recién creada,
a maestras que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a alumnos de mano tierna y a cocinas.
Los rechazados se ponen a cantar entre labios
una lección no aprendida,
y se van leyendo, leyendo,
la ingrata lista.
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