Introducción
La doctrina fue planteada por primera vez el 2 de diciembre de 1823 por el presidente James Monroe. Si bien, en términos generales, implicaba una prohibición por parte de Estados Unidos a la extensión del poderío de Europa en el entonces llamado Nuevo Mundo –el tan mentado principio de no colonización–, en realidad fue y es mucho más que eso. El lema que la resume, “América para los americanos”, significaba que Estados Unidos se arrogaba el rol de garante de la independencia y sustentabilidad de los países que se habían emancipado de sus antiguas metrópolis; o más bien que pretendía que los europeos se mantuvieran fuera de América. Esta doctrina sirvió, durante 200 años, para racionalizar la intervención y coerción diplomática estadounidenses en la relación con América Latina y el Caribe. La frase en inglés, America for the Americans, plantea una ambigüedad mayor, ya que en dicho idioma Americans es sinónimo de “estadounidenses”, no refiriendo, al menos en su uso habitual, al conjunto de habitantes del continente americano.
A lo largo de dos siglos la doctrina adquirió distintos matices, pero sostuvo un proyecto continental por parte del país que pasó a ser una potencia a finales del siglo XIX y una superpotencia en el XX. A principios del XXI se aceleraron los cambios geopolíticos que determinaron el declive relativo del poder imperial estadounidense, el ascenso de otros polos en el mundo y una inédita coordinación y cooperación política en Nuestra América, que incluyó el rechazo al ALCA en noviembre de 2005, lo cual posibilitó avances significativos, aunque endebles, en la construcción de la anhelada y siempre postergada Patria Grande.
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