Introducción
Tratase de una investigación de enfoque arqueológico, sobre el origen de los Mexicas, presentada a modo de narración simplificada con el objetivo de compartir al público en general, algunas realidades y contrastarlas con la errada versión oficial. Poe ejemplo lo que ocurre con el sacrilegio que representa el escudo nacional, poner a Huitzilopochtli (El águila en su representación terrenal) devorando a su madre la Diosa Cihuacoatl (La serpiente en su representación terrenal). Se resume sencillamente: Salida de Aztlan, el deambular del pueblo del Quinto Sol por los Cuatro Rumbos Cósmicos, la formación del subgrupo “Mexica”, nacimiento de Huitzilopochtli dios guía y protector. Principales batallas sostenidas hasta alcanzar su libertad y por fin encontrar la gran señal “Cuahutli ipan tenoch yoyotl tototl” (Huitzilopochtli parado en un tunal toma el corazón del ave) de la tierra prometida para formar la Gran Tenochtitlan.
Siendo muy de tempranito y poquitito antes de alumbrar el sol, subimos a las canoas e iniciamos la partida. La salida, de allá de Aztlán, la tierra banca, lugar de los seis calpullis, que nos vio nacer… siguiendo al teomamaque (portador del dios) partimos con tristeza viendo a las garzas de bello plumaje banco que emprendían el vuelo a nuestro paso, como si realizaran una danza ceremonial de despedida. Poquito a poquito, al irnos alejando divisábamos como a la distancia todo desaparecía, sí a distancia vimos lo último que se iba, el templo del dios Amimitl, protector de los pescadores…
Así nomás, así partimos bajo la bendición de Mixcóatl nuestro dios del cielo y las estrella que se tuvo que quedar para atender las necesidades de su templo.
Llegamos a las orillas y continuamos nuestro caminar, y justo al llegar a las faldas del cerro de Teocuhuacan se nos unieron otros grupos de chichimecas, siete para decir verdad; salvajes cazadores encuerados del norte, y empezaron a socializar con nuestras mujeres y sus mujeres a socializar con nuestros guerreros.
Pero no, dije no y por venir de Aztlán nos nombramos “Aztecas” yo cargue a lueguito con nuestro dios protector Huitzilopochtli en mi mecapal y llevando la bandera de su madre la Diosa Cihuacóatl a la frente, tome la delantera pa separarnos y no ser confundidos con el resto de esos salvajes… “Somos Aztecas no más Chichimecas”, “Somos Aztecas no más Chichimecas”, cantábamos con fervor y ofrecíamos a nuestros dioses flores que recogíamos por el camino.
El camino era arduo, pero yo y los muchos que nos siguieron, porque unos poquitos se confundieron y se quedaron allá, seguimos caminado hasta llegar al gran árbol de hermoso follaje, el que con amabilidad nos brindó su sombra para descansar escuchando cerca el correr del arroyo que sació nuestra sed. Una vez descansados con piedras y barro construimos un pequeño templo una gran fogata, precisamente a su alrededor iniciamos la adoración a de nuestro dios guía y protector Huitzilopochtli.
Con flores y canto, muy muchas flores que recogimos de las orillas del arroyo, eran una gran cantidad que cargamos, y después de agradecer por el agua y sus flores que nos brindó nos despedimos del arroyo para iniciar nuestra adoración.
Flores, canto y gotas de sangre de nuestro cuerpo, cantando y danzando alrededor de la fogata, la celebración era tan grande y nuestro cantar tan fuerte, tanto que trajo a los principales de otras tribus que por ahí vivían y se acercaron y trajeron a su gente y la gente empezó a fraternizar.
Peligro les dije “Somos Aztecas no somos ya más chichimecas”, la gente no me escucho, “Solo eres un tameme” (cargador de la más baja escala social)- llegue a escuchar- “Tú solo cargas al Dio”, “Tu voz no tiene fuerza” y siguieron fraternizando… los cantos sagrados disminuyen, la fogata se va apagando, las mujeres fraternizan, los ojos codiciosos de los hombres brillan y las gotas de sangre ya no caen. Rápidamente corrí hasta el gran árbol, saqué de mi mecapal a mi dios y ore con fervor “Somos Aztecas, no más Chichimecas”.
Fuerte trueno sonó, el grade árbol se partió en dos, su mitad cayo para un lado y de su vientre salieron sus dos manos exigiendo con sus cálidos movimientos unidad, la voz fuerte y amenazadora resonó como fuerte rayo: “Somos Aztecas, no más Chichimecas”, el pueblo lloró de arrepentimiento… al día siguiente y antes de la salida del sol un grupo un poco más reducido y yo, salimos solos del lugar y continuamos nuestro caminar cantando gozosos “Somos Aztecas, no más Chichimecas”.

A la espalda en mi mecapal llevaba a nuestro Dios protector, a las tres vueltas de veinte días de caminata en los cielos parece cuahutli (un águila; representación terrenal de Huitzilopochtli) llevando en su garra izquierda una masa de piedra de pedernal bien afilada.
Entendí el mensaje y grite con fuerza.- ¡A las armas¡.-grité.-¡A las armas¡ con rapidez entrenada nos formamos; grupos de 20 guerreros a los costados mujeres y niños al centro nos pintamos el rostro de guerra y emplúmanos nuestros atavíos, tomamos la maza, el arco y la flecha y guiados por Mexi (advocación de Huitzilopochtli), como uno solo peleamos, peleamos con fiereza, peleamos hasta derrotar a un grupo de guerreros que se habían emboscado y para permitirnos el paso nos exijan a nuestras mujeres a forma de tributo.
Los cuerpos de aquellos quedaron en las viznagas y el mezquite “Tómenlos mis grandes guerreros” dijo Mexi, nuestro dios “Tómenlos que es su tributo, al cual como mi pueblo, el pueblo elegido, el pueblo del Quito Sol tiene derecho” y los tomamos, le sacamos el corazón que ofrecimos a nuestro Dios, y el resto lo preparamos un pozolli (hervido de maíz cacahuacintle, chile y carne humana consagrada) para obtener su fuerza y bravura. Después de consagrar y comer parte de estas ofrendas, nuestros cuerpos quedaron fuertes y nuestros corazones agradecidos con nuestro Dios Huitzilopochtli.
Con los estómagos llenos y el espíritu fortalecido la gente tomó un descanso, pero yo no pude, me quedé pensando en la forma de batallar, en esta última pelea, me quedé pensando que al fragor de la batalla por un momento reino el desorden y me quedé pensando que necesitábamos orden, pensando en que necesitábamos tiempos y ritmos, pensando en que necesitábamos una voz para ordenar en los movimientos de los guerreros en el tiempo preciso de la batalla. Siguiendo este pensamiento y los decires de mi Dios Mexih, tome un tronco negro de zayolizcan (Tepozan; árbol medicinal) le saque los adentros para que sonara más fuerte, lo puse al fuego para que tomara su fuerza, lo tape por el extremo libre con piel humana consagrada para que su sonido se asemejara al trueno y al llegar el día, un poco antes del amanecer y mientras los hombres y mujeres aún dormían, ya tenía terminado el opihuehuetl (membranófono) de guerra.
Con el orgullo y la alegría en el corazón, la cara pintada de guerra y las armas a la mano como poderoso guerreros; cazadores de estrellas, flechadores del cielo, con derecho a recibir tributo de los pueblos inferiores, y guiados por el sonar del opihuehuetl honramos a nuestro Dios Huitzilopochtli cantando “Somos Mexicas, no más Aztecas”, “Somos Mexicas, no más Aztecas”.
Pasaron los días, veinte soles por veinte soles transcurrieron, y a este tiempo cruzamos con unos huastecos, que rápido derrotamos tomamos prisioneros y ofrecimos en sacrificio sus corazones para darle fuerza a nuestro dios. Pocos días después, llegamos a las tierras de Quetzalcóatl, dios patrono de Tula. Poderío ya en decadencia por la muerte y auto inhumación de su señor Ce Ácatl. Topiltzin, y las armas del poderío Acolhua.
Compartimos alimentos, aprendimos y tomamos de su cultura, sus artes marciales y atavíos para la guerra; pecheras a base de ixtle entretejido con fibras de algodón que detenían muy bien las puntas de las flechas, así como pequeñas tiras de tule secas que entretejidas en forma de una cuadricula dan resistencia a nuestras rodelas sin hacerlas más pesadas a, también aprendimos a manejar y elaborar unas pesadas masa con doble filo de obsidiana, sin dejar de lado las artes tomadas por nuestras mujeres como el tejido de algodón y la sanación.
Salimos de esas tierras sin llegar a su centro principal, con la tristeza en nuestros corazones al ver la grandeza de la obra del dios Quetzalcóatl, derruida y socavada por pueblos salvajes que la habían conquistado. Ante esta desgracian, Huitzilopochtli como dios guía, permitió que le diéramos cabida y protección a esta deidad caída, la que con gusto nos acompañó y compartió con nosotros su gran sabiduría y estrategia militar
Continuamos sin grandes penurias nuestra caminar hasta llegar al cerro de Coatepec, lugar en donde, de las entrañas de la madre tierra (Cihuacóatl), nació nuestro dios Sol, (Huitzilopochtli).
Dice la tradición que la Cihuacóatl (Diosa madre) se encontraba en templo de Coatepec haciendo penitencia y al barrer el templo se encontró un ovillo de plumas de quetzal, estas eran tan preciosas que las recogió y las puso en su regazo con la idea de apreciarlas más tarde cuando terminara sus obligaciones ¿Y cuál fue su sorpresa?...
Al final del día cuando estaba en sus aposentos y quiso apreciar la belleza de su hallazgo, éste no estaba, había desaparecido a lo cual no le dio importancia. Pero no desapareció viajó hasta el vientre de la diosa y sin que ella lo notara la dejó embarazada.
Al pasar el tiempo el embarazo se hizo notorio y más notorio y más, al punto que ya no lo podía ocultar. La noticia se esparció y llegó a los oídos de su hija mayor, la reina de la noche la Coyolxauhqui (representación cósmica de la Luna), esta al entrarse se sintió deshonrada por tener un hermano bastardo y enfurecida convoca a todos sus hermanos los cuatrocientos Centzonhuitznahuac (representación cósmica de las estrellas del cielo) a una reunión urgente, donde la diosa madre es juzgada y encontrada culpable de adulterio y tenía que sufrir el castigo “Morir lapidada”. Los cánticos de guerra sonaron, los cuerpos se cubrieron con grandes y hermosos plumajes, las caras de guerra se pintaron, las manos tomaron fuertes mazas de filosa obsidiana y las espaldas cargaron los arcos con cuerdas de tendón humano bien trenzado… y así ataviados de guerra salieron a la caza de su madre.
Xitzin (estrella fugaz) al ver tantas armas y sentir tanto odio hacia su madre, se arrepiente y corre a darle la mala noticia a la Tonantzin (nuestra madre). La pobre diosa sin saber que hacer trata de ocultarse en el templo, temerosa y angustiada, más por no poder darle vida al hijo que lleva en sus entrañas, que por su propia vida.
Corre llena de espanto al conocer bien la furia de su hija mayor y el castigo de su falta; ya corre para un lado ya corre para otro, se oculta aquí, se oculta allá y nada… finalmente vencida por el miedo, la angustia y la desesperación se dirige al altar del templo de Coatepec, se arrodilla se pone a orar y resignada espera su fatal destino.
Pero justo en el momento en que la angustia y desesperación eran más grandes, desde los adentros de su ser surge una voz tranquilizadora:
“Madre, no tenga miedo que yo sé que hacer”
Los enemigos avanzan las noticias corren, y la madre tranquila en el templo acaricia su vientre con cariño.
¡Ya están aquí ¡- gritos, golpes en los jardines del templo.
“Madre, no tenga miedo que yo sé que hacer”
¡Ya están aquí ¡- gritos, golpes; las puertas del templo estallan.
“Madre, no tenga miedo que yo sé que hacer”
¡Ya están aquí ¡- en la entrada del templo avanzan con lentitud.
“Madre, no tenga miedo que yo sé que hacer”
Extrañados de no encontrar resistencia llegan con facilidad al altar donde la Diosa Madre la espera tranquila y de rodillas.
¿Hijos míos que origina esas caras pintadas de guerra?... ¿Por qué pisan sin invitación los suelos sagrados del templo? - Dijo la diosa madre con una serenidad que paralizo a los matricidas.
Madre. - dijo con vos en cuello la diosa Coyolxauhqui. – Madre, yo y mis hermanos los Centzonhuitznahuac, la hemos juzgado y encontrado culpable de adulterio y deshonrados hemos quedado, es por esto que venimos para aplicar el cas….
Un estruendo ensordecedor seguido de un rayo de luz deslumbrante, interrumpió a la voz acusadora… el silencio reino, el asombro fue mayor: Huitzilopochtli, había nacido.
Pintada la cara como dios guerrero, enfundado en un traje de Caballero Águila, adornado con bellos y brillantes plumajes de quetzal, un casco de cabeza de colibrí labrado en duro roble, rodela (escudo) humeante y en su mano izquierda la Xiuhcoatl (serpiente de flama solar).
La batalla no se hizo esperar, la Coyolxauhqui arremetió primero, su gran maza de doble filo de obsidiana que choca con la Xiuhcoatl… Rayos, estruendos, gritos de guerra se cruzan en el firmamento, gran refuego que se alcanza a divisar desde todos los sinfines de la tierra.
La pelea se tornó encarnizada; la furia y destreza de los contrincantes relucía. La sorpresa apareció. Los Centzonhuitznahuac, se paralizaron y el miedo cundió entre todos los hermanos ¿Cómo era posible? Se decían, pensaban ¿Cómo era posible que el hermano el más pequeño, el dios recién nacido peleara con tanta destreza y valor?... ¿Cómo era posible?
Con un movimiento magistral la diosa guerrera logra acertar un golpe con su maza en la cabeza de su hermano menor dejando a este herido y derribado en medio del templo, la diosa engrandecida pensó que ya había acabado con su rival, con su rostro redondo y completamente enrojecido levanta las manos y eleva un grito de triunfo al firmamento.
“Los mares y los cielos se oscurecen, la luz del sol se apagó por que la Coyolxauhqui, en un suspiro la segó y en un confuso instante el día de noche se vistió”
Pero el eclipse duro solo unos instantes, el casco de colibrí de duro roble solo permitió que el filo de la obsidiana causara una herida en la región parietal derecha, por donde escurría un arroyo de sangre hasta la mejilla y en grandes gotas se despeñaba al suelo.
Huitzilopochtli se recobró y de un salto se pudo de pie y arremetió con más coraje. Gritos, truenos y centellas volvieron a brillar todo el templo y el firmamento se alumbraron.
La fraternal batalla fue tremenda, pero, alguien tiene que ganar y la fuerza y decisión de hijo que defiende la vida de la madre, venció al rencor y el orgullo de la hija deshonrada… la cabeza de la Coyolxauhqui cayó, y el vencedor con desprecio pateo el cuerpo inánime que rodó por la escalinata del templo quedando en su base completamente desmembrada.

Los Centzonhuitznahuac con el alma devorada por el miedo salieron huyendo con rapidez por los Cuatro Rumbos Cósmicos, pero su destino estaba escrito y nuestro dios sol Huitzilopochtli recorrió hasta el último rincón de los rumbos, dando muerte a todos y cada uno de los aspirantes a matricidas.
Al terminar este relato, todos los Mexicas nos sentimos más unidos por el orgullo de tener un dios poderoso, que con su fiereza aleja la obscuridad de la noche y con su luz da fuerza y verdor a la milpa donde crecen gruesas mazorcas que cuelgan del árbol de las mil tetas, para alimentar a los futuros hijos Mexicas que esperan en el más allá, la unión de la tilma y el huipilli (casamiento) para venir a este mundo.
Así continuamos la peregrinación hasta llegar a el señorío del señor Coxcoxtli, Tlatoani de Aculhuacan, donde fuimos recibidos en paz, pero fue una mentira que no sospechamos pues cierta noche justo antes de la salida del sol, mientras aún dormíamos nos cogieron desprevenidos y nos hicieron prisioneros, según dijeron habiendo escuchado de nuestra fiereza y que éramos chichimecas (salvajes) por lo que nos tenían mucho miedo.
Los cuatro principales Mexicas, fuimos llevados ante el Señor Coxcoxtli, quien no sentencio a estar en cautiverio bajo vigilancia y para permitir nuestra estancia que según dijo sería temporal, solo pedían tributo en especie y en fuerza de trabajo para su tierra.
Por el cansancio y las condiciones de nuestro cautiverio decidimos aguantar, estar unidos y esperar el mejor momento para tacar y liberarnos…
Pasaron los tiempos de veinte por veinte días, y por las noches ejercitábamos y practicábamos nuestras tácticas de guerra y por el día labrábamos sus tierras y nuestras mujeres e hijos construían canastos y hacían prendas de algodón, exigidas como tributo. Sin que lo notaran nuestros carceleros poco antes del amanecer nos levantábamos y construíamos armas con las piedras de pedernal y obsidiana que recogían los hijos cuando iban al monte por leña para que los templos de sus dioses estuvieran alumbrados. Construir armas, crecer en número tomar fuerza y matar por nuestra libertad; en ese pensamiento vivíamos cuando de repente a la mitad de la noche Mexih acompañado de Quetzalcóatl me llamaron y platicamos por largo rato:
“Ya es tiempo de desenterrar al opihuehuetl” “Ya es tiempo de pintarse la cara de guerra”.
Si, ese día apenas asomo el sol, a los reductos donde ya éramos tantos que apenas cabíamos llegó un mensajero.
Nuestro Señor Coxcoxtli, gran y magnánimo Tlatoani de estas tierras donde habitan y todas las que los rodean, les concede la gracia de un trato: Si en su representación pelean contra los guerreros del Señor de Xochimilco, les dará su libertad para que continúen en busca de su lugar en este mundo.
Dicho esto, aventó un saco de ixtle al suelo para que en prueba trajéramos una oreja por cada xochimilca muerto o en cautiverio para sacrificio.
Aceptamos, con prontitud y poniendo en práctica los conocimientos recogidos en nuestro largo peregrinar todos juntos hombres, mujeres y niños siguiendo las enseñanzas del dios refugiado Quetzalcóatl, trabajamos nuestra vestimenta y la convertimos en breve en atavíos de guerra. Desenterramos las armas, nos pintamos las caras y al sonido del opihuehuetl salimos a pelear.
Desviar un poco el rumbo del relato quiero forzar. Algo divino paso justo cuando marchábamos al campo de batalla:
“… y de repente en el cielo confundido entre los rayos del sol vimos a Cuahutli (Águila, representación terrenal de Huitzilopochtli) llevando en sus garras a tototl (una avecilla) y después de revolar por sobre nuestras cabezas tomo con rumbo a la izquierda, ordenamos el grupo en formación y corrimos los cuatro principales, lo seguimos.
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Uno por cada uno de los cuatro rumbos cósmicos seguimos a nuestro dios Huitzilopochtli hasta llegar a una gran laguna; desde su orilla uno y cada uno de nosotros cuatro, uno por cada rumbo cósmico pudo divisar con sus propios ojos, como se posaba sobre tenoch (nopalera con corazones de piedra), acercó al tototl a su pico y de un solo golpe tomó el yoyotl (corazón) de su emplumado pecho. ¡Es la señal, es la señal¡.- grite con gran alegría y comenzamos a cantar y cortamos flores del campo para ofrecerlas a mi dios.
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Regresamos muy alegres con los demás gritando: “Cuahutli ipan tenoch yoyotl tototl”, “Cuahutli ipan tenoch yoyotl tototl” (Huitzilopochtli parado en un tunal toma el corazón del ave).
Con algarabía y rapidez se corrió la noticia, la alegría reino y las fuerzas se renovaron. Si tomaba el corazón. Aquel que con su latir da la fuerza de vida a nuestro dios y a nuestros cuerpos.
Al llegar al campo de batalla los ejércitos de los xochimilcas nos esperaban, ellos nos superaban en número y armas y hermosos ropajes, pero eran débiles y sus corazones estaban llenos de miedo, puesto que pensaban que éramos chichimecas. Al escuchar el sonido del opihuehuetl y los gritos de guerra de todos nosotros los guerreros mexicas, sus miembros temblaron y sus brazos perdieron las fuerzas. Ardua fue las batallas y mucha sangre mexica se derramó, pero pasados veinte soles logramos la victoria, rendición del enemigo y su sello en el códice que marcaba el tipo y cantidad de tributo a pagar al Tlatoani Acolhua. Ha, por cierto, cargamos con el costal lleno de las narices de cautivos y muertos como prueba de nuestra victoria.
¡Sí, narices¡ Si llevamos orejas como el Señor Coxcoxtli lo pidió, diría que son dos por cada enemigo muerto o cautivo para sacrifico, y no una sola.
Al retornar curamos nuestros heridos y después de entregar a los cautivos, como gracia sin mencionar el motivo, pedimos vivir en medio de la laguna.
El señor Coxcoxtli, convoco a sus Pipiltzin acolhuas a una reunión urgente: Temerosos por nuestra fiereza y valor demostrada en la guerra y sorprendidos por que no fuimos aniquilados, como habían pensado al enviarnos a pelear solos y sin armas (eso creían), y estábamos ahí parados ante ellos con un costal lleno de narices del que escurrían dos pequeños arroyitos de sangre.
El miedo y el encono, inundo sus corazones y acordaron darnos la libertad, pero sin dejarnos ir.
“Los uniré a mi pueblo, y entonces me la pagaran… La unión de la tilma y el huipilli. Sí, eso es, les ofreceré en casorio a la más pequeña de mis hijas, así tendremos a nuestro servicio sus armas y su sangre”
Cuando me notificaron la resolución del conclave, acepté con gusto aparente y acudí acompañado de los otros tres principales a la fiesta de presentación, donde conocí y vigilados por su madre guía pudimos entrecruzar nuestras palabras. La princesa era hermosa y en mi cara se reflejaba la alegría, pero en mi interior lo consulté con mi Dios Mexih,” es una trampa me dijo”, no se puede aceptar que los futuros Mexicas sean llamados Acolhuas.
El Tlatoani y sus Pipiltzin, fijaron la fecha de la ceremonia de unión, y pedimos que fuera un par de días antes del inicio de las fiestas de nuestra Diosa Madre la Cihuacoatl. Ofreciendo a la princesa acolhua el gran honor de ser considerada como una diosa.
La unión de la tilma y el huipilli se dio en medio de gran algarabía, mole con guajolote se comió con abundancia, ricas cazuelitas de frijol lo acompañaron y las tortillas calientitas hechas de maíz azul y blanco eran un manjar. Las danzas y el canto no cesaron toda la noche y al apuntar el segundo día el festejo se continuo con las fiestas en honor a la Diosa Cihuacoatl, y frente de la princesa convertida ahora en representación terrenal de la Tonantzin (nuestra madre) se ofreció; flores, danzas y canto de las mujeres, luchas y juegos de los guerreros….
Al finalizar los días de fiesta la ceremonia llegó al clímax; en un pequeño templo improvisado se sacrificó aún virgen a la princesa-diosa, fue desollada y el guerrero más destacado se enfundado en la piel y corrió con rumbo de la gran laguna, pasando por las milpas de maíz, augurando buenas cosechas. La ceremonia termino al consagrar el resto del cuerpo de la diosa-princesa y comerlo en pequeñas porciones, en un Pozolli sagrado (hervido de maíz chile y jitomate con carne humana), de las cuales el Señor Coxcoxtli y sus Pipiltzin que acudieron a la cena, sin saber aún su procedencia, deleitaron con agrado.
El señor de los acolhuas y toda su gente, al entrarse del destino de la princesa, y que habían degustado su cuerpo se aterrorizaron (aunque para los mexicas era un honor ofrecido a la princesa), y muy enojados decidieron aceptar nuestra petición y se dijeron; “lancémoslo a la gran laguna para que mueran ahogados o devorados por los zapos y las culebras que ahí habitan”.
Así después de tantos tiempos de deambular por los caminos de los Cuatro Rumbos, nosotros los Mexicas, los hijos del Quinto Sol guiados por nuestro Dios Huitzilopochtli, llegamos a la tierra prometida y construimos a la Gran Tenochtitlan, que ahora pueden ver…

Y así después de deambular por los Cuatro Rumbos, poder cumplir nuestro destino: Alimentar a nuestro dios con corazones humanos y ser el más grande imperio sobre la tierra.
Palabra de Tenoch.
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