Instinto (del latín instinguere: incitar) es lo que dota originariamente la naturaleza otorgando recursos a las especies animales. Es un estímulo, un disparador, exigencia somática, acto anticipatorio, pulsión o impulso interno no controlado que tensa, más biológico que psíquico en los animales, que viene dado y enriquecido de generación en generación. Es lo que no se enseña, las pautas de reacción o dispositivos precargados con los que han ido evolucionado las especies vivas para crecer, reproducirse y sobrevivir. Nadie educa a un mamífero para cuestiones sustantivas, como por ejemplo: asimilar los alimentos, aparearse o tener relaciones sexuales o florecer vida como resultado de la reproducción. Son dones innatos de los que están provistas las especies animales. Para su desarrollo y uso están vinculados internamente con los sentidos: el olfato, el oído, la vista, los olores, los sonidos, la expectativa y el movimiento. Son impulsos no racionales que congelan o precipitan.
La adaptación y la conservación —esas llaves maestras de la sobrevivencia— son procesos instintivos que se originan en la sexualidad y la reproducción. Al crecer, muchas especies ponen a prueba sus instintos; los acompañan con alertas, alarmas, llamados, guiños y prenociones ante peligros, amenazas u ofertas que los pueden liquidar o satisfacer. El instinto es una verdad oculta en lo profundo de su aliento de vida.
Pregunta: ¿la especie humana ha perdido su capacidad instintiva de sobrevivencia, reproducción, colaboración e incitación de vida; de pensarse como especie, ante el colapso climático y/o ambiental?
Depredadores (del latín praedare: saquear). En la trama de la vida, las especies que tienen juego e intercambio están obsesionadas y atadas compulsivamente a lo indescriptible de lo vivo y el vivir. Satisfacen necesidades a costa de lo que ofrece la riqueza viva y orgánica del entorno. La depredación es el corazón de la espiral vital, que dinamiza y trasmite fluidos, fuerzas, resistencias, materia y energía. La depredación alcanza a la mayoría de las especies animales en algún momento. Es una relación de personajes o especies que se saben: predador atento y en cacería permanente, ante la alarma inacabable de una especie presa. Pero que pueden ser presa o predador en diferentes interacciones, escalas y tiempos, en giros y dinámicas cambiantes.
Más que una cadena, en esa red compleja de vida con miles de nodos conectados, algunos invisibles y otros majestuosos y amenazantes, se satisface y acompaña el alimento con regalos como el sol, el agua y los flujos calóricos o energéticos. Pero también con el vecino de otra especie o incluso la propia. En esa coyuntura el predilecto a depredar es el prójimo y el de menor reputación y escala en esta trama. El depredador, por tanto, no es malo ni bueno, sino un jugador en circunstancia, en un tablero en el que lo importante es vivir, a veces, sin dejar vivir.
Aunque la imagen del leopardo (u otro carnívoro) siguiendo sigilosamente al ciervo (o a otra suculenta) en silencio, cauto y hambriento, permanece en la parte alta de las representaciones sobre los otros depredadores, creemos que se debe a la exposición de múltiples piezas de comunicación. En realidad, hay distintas formas de depredación determinada por la especie: la disponibilidad, la forma, táctica o estrategia para subsistir, los gustos, costumbres y apetito, y que dan como resultado la competencia, el parasitismo, el mutualismo, el comensalismo, etc.
Pregunta: ¿cuál es el papel ético y educativo de la especie humana en la transformación y saqueo de la urdimbre de la vida y la afectación de muchos depredadores, domesticándolos o encerrándolos en gigantescas prisiones-granjas para su reproducción y generación de alimento, experimentando ya el surgimiento de nuevos depredadores invisibles que han originado una primera pandemia?
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