En un imaginario, un aula en una institución educativa que pudiera ser cualquiera, donde convergen edificios, conocimientos y personas, que se confunden con los algoritmos que día a día se generan, de manera automática. Dentro del aula los estudiantes aprenden preguntando en vez de repetir. Esta imagen pudiera parecer singular, como lo es también la presencia actual de las fuerzas económicas, tecnológicas y pedagógicas que convergen. Y ¿también convergen otras variables en el entorno educativo? El premio nobel de ciencias económicas otorgado a Joel Mokyr, Philippe Aghion y a Peter Howitt, por los aportes presentados en razón del estudio de la innovación y la “Destrucción creativa”, llega en un momento que la I.A. no es solamente una herramienta técnica, sino un motor de reconfiguración social y educativa. El conjunto de estas ideas nos lleva a replantear, que significa enseñar, aprender y diseñar políticas que preserven la equidad y el humanismo en la era algorítmica.
Surge nuevamente la pregunta ¿Cómo debe actuar la educación para acompañar y a la vez humanizar a la I.A.?
Joseph Schumpeter formuló la noción de la “Destrucción creativa” para describir el concepto mediante el cual la innovación, desde un punto de vista económico, reemplaza estructuras “antiguas” y creando otras novedosas, La economía es un proceso dinámico de reemplazo y renovación (Schumpeter, 2008), agregando que el progreso técnico es disruptivo en sus efectos.
El progreso técnico no es moderado ni uniforme; es intermitente, selectivo y a menudo agresivo en sus efectos distributivos.
A partir de estos fundamentos teóricos Phillip Aghion y Peter Howit formalizaron un marco que permitió modelar como la innovación endógena puede generar crecimiento económico. Según Aghion y Howit (1992). La innovación crea saltos tecnológicos que generan obsolescencia. Esta dialéctica es el centro del concepto de “Destrucción creativa”, que es un concepto fundamental para entender y comprender la creación y evolución del conocimiento e ideas, entre ellos la I.A.
Mokyr (1992), por su parte, aporta el análisis histórico y la evidencia empírica de que no en cualquier sociedad la invención se transforma en progreso material; la difusión del conocimiento, las instituciones fortalecidas y la cultura que valora la crítica y el debate, contribuyen a que la innovación tecnológica derive en bienestar social. Mokyr muestra que los determinantes históricos del crecimiento, tienen una dimensión de ideas, en conjunto con las instituciones. En conjunto Mokyr, Aghion y Howit muestran una concepción analítica: La invención y la cultura que la nutre, el mecanismo formal de la innovación como motor del crecimiento económico y su relación con la sociedad. Lo anterior en un mundo en desarrollo junto con la I.A.
En tiempos presentes la discusión académica y social tiene entre sus puntos destacados a la I.A., el reconocimiento presenta un mensaje, la innovación endógena y su impacto es un tema académico, social y ahora económico.
Lo anterior a partir de que la I.A. no es un concepto aislado, sino una serie de conceptos (aprendizaje profundo, modelos generativos, sistemas simbólicos, etc.,) que reconfiguran tareas cognitivas y manuales. Así la I.A. va desarrollando dimensiones hasta hace un tiempo relativamente corto como inéditas, A diferencia de la innovación es que requerían más tiempo en su desarrollo, hoy la I.A, puede difundir ideas y conocimientos a través de plataformas digitales de alcance mundial en cuestión de segundos. Esto acelera la “ola de destrucción “y comprime los tiempos de cambio. Ante esto la I.A. es una herramienta simultanea de creación pedagógica: Sistemas adaptativos que personalizan el aprendizaje, simulaciones virtuales que elevan la concepción práctica y tutorías virtuales que liberan al docente de actividades de menor valor académico y rutinario. El reto está en integrar estas capacidades digitales sin reducir la educación a una mera optimización de procesos, y respetar la dimensión humanística del aprendizaje.
Mokyr señala que el conocimiento no se convierte automáticamente en desarrollo; necesita redes de difusión, instituciones que incentiven la experimentación y cultura critica, para el autor, la revolución industria no fue solamente una acumulación de máquinas y procesos, fue también una transformación cultural que convirtió el conocimiento en un recurso colectivo y práctico. Lo anterior aplicado a la educación, implica que las aulas modernas no son meros nodos de transmisión técnica, deben aportar experimentación cognitiva y social, en donde se aplique el conocimiento.
A partir de esto y en un entorno pedagógico, deben de cumplirse condiciones fundamentales.
Para Freire (2022) enseñar no es imponer contenido, es compartirlo con los estudiantes, la educación como praxis reflexión, si entonces, formar estudiantes que puedan evaluar algoritmos, entender sesgos y ser propositivos en soluciones digitales.
La disrupción tecnológica requiere una reconfiguración profunda de la estructura educativa. Ante este nuevo escenario, ya no tenemos estudiantes receptores y conocimiento, sino un agente activo que debe desarrollar competencias fundamentales: El pensamiento crítico, que permite discernir entre la información útil y la que es sesgada, así como habilidades colaborativas que permitan interactuar con los sistemas inteligentes, así como de una ética digital que permita utilizar la I.A. de manera responsable. Mostrando que la relación entre el estudiante y la I.A. no es de subordinación hacia ésta, sino de coevolución, donde la información se convierte en un dialogo constante entre las capacidades humanas y los algoritmos, donde la autonomía, la adaptabilidad y la curiosidad de vuelven esenciales.
Finalmente destacar que la destrucción creativa impacta la evolución tecnológica y por ende a la educación, ya que los estudiantes construyen conocimiento a partir de su interacción con el entorno (Piaget, 2012)
Mokyr, subraya la importancia de la investigación pública y de la cultura de intercambio de conocimiento para que las invenciones no queden capturadas por élites. Programas que financien investigación en IA con obligaciones de acceso abierto y transferencia pueden democratizar el proceso innovador.
No basta con introducir tecnologías en escuelas; hacen falta programas de apoyo, infraestructura y formación docente para evitar que la IA aumente la brecha educativa. Esto incluye becas, acceso remoto garantizado y redes locales de aprendizaje.
La adopción indiscriminada de sistemas automatizados trae riesgos reales:
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Reproducción de sesgos: Los modelos entrenados con datos históricos pueden codificar discriminaciones. Sin alfabetización algorítmica, los docentes y estudiantes no identificarán esos sesgos.
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Privacidad y vigilancia: Plataformas de aprendizaje que recolectan datos comportamentales sin salvaguardar pueden transformar a la escuela en un ecosistema de vigilancia.
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Comercialización del conocimiento: Si la IA educativa se convierte en un producto premium, la desigualdad se acentuará.
La respuesta no es tecno-fobia o tecno-pesimismo, sino regulación informada y diseño participativo: procesos donde docentes, familias y estudiantes participen en la creación y evaluación de herramientas. Aquí la pedagogía crítica de Freire ofrece una guía: La educación debe ser un proceso de diálogo y agencia.
Para hacer más cercana la propuesta, imaginemos; a partir del concepto de “Escuela de la Estación”, en un entorno urbano de intercambio nodal: ubicada imaginariamente junto a una terminal de vías de comunicación aérea o terrestre donde convergen personas e ideas. En estas aulas, la educación es modular, con herramientas de IA que ofrecen retroalimentación formativa. Los estudiantes trabajan en proyectos intergeneracionales: analizan los datos urbanos, co-crean modelos de predicción de movilidad, diseñan políticas locales y reflexionan sobre los impactos sociales. Los docentes actúan como facilitadores y críticos, mientras que la sociedad evalúa los resultados.
Este experimento combina principios a partir de Montessori (ambientes preparados), De Piaget (acción y construcción), y Freire (praxis y diálogo), integrados con herramientas tecnológicas diseñadas para ampliar la agencia humana. Es una metáfora práctica: la educación que necesitamos no está aislada de la escuela, sino integrada en la sociedad que sostiene.
En un mundo donde la IA puede replicar respuestas de manera instantánea, la evaluación basada en exámenes estandarizados puede mutar. Es necesario un sistema de evaluación mixto que evolucione también:
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Portafolios de proyectos: evidencia de trabajo aplicado y colaborativo.
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Evaluaciones formativas asistidas por IA, centradas en progreso individual y retroalimentación procesable.
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Evaluaciones humanas de competencias socioemocionales: entrevistas, reflexiones y presentaciones públicas.
El cruce entre IA, destrucción creativa y educación abre un amplio campo de investigación.
Algunas preguntas prioritarias:
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¿Qué modelos pedagógicos (y en qué condiciones) maximizan la equidad en la era de la IA?
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¿Cómo medir el impacto de la IA en la calidad del aprendizaje, más allá de métricas estandarizadas?
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¿Qué marcos regulatorios protegen la privacidad, pero permiten la innovación abierta en educación?
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¿Cómo diseñar incentivos para que las empresas tecnológicas compartan infraestructura y datos con fines educativos de manera responsables?
Responder estas preguntas requiere colaboración interdisciplinaria. Economistas, Historiadores de la tecnología, Pedagogos, Ingenieros y sociedad deben trabajar conjuntamente, tal como lo señalaron Mokyr, Aghion y Howitt, al presentar la innovación como un fenómeno social e histórico.
La “Destrucción creativa” no es una calamidad inevitable ni una bendición automática; en palabras de Gabriel Garcia Márquez: El amor crece y ennoblece en la calamidad. Es un proceso histórico que puede ser canalizado hacia mayor prosperidad o hacia mayor polarización, dependiendo de las instituciones y políticas que lo regulen. El Premio Nobel 2025 a Mokyr, Aghion y Howitt, no solo celebra logros académicos únicamente: subraya la urgencia de conducir la innovación para el bien social.
En la educación, esto se traduce en una tarea humana ineludible: formar personas críticas, creativas y socialmente solidarias, capaces de utilizar la IA sin convertirse en un servidor. Las pedagogías de Piaget, Freire y Montessori, ofrecen brújulas complementarias: la construcción activa del conocimiento, la praxis emancipadora y el fenómeno de la autonomía. Integradas con una política pública que garantice acceso, competencia y compartir del conocimiento, los tres ejes que señalan Mokyr, Aghion y Howitt, es posible soñar con un porvenir educativo donde la IA sea un aliado en la expansión de la capacidad humana.
Así como Schumpeter nos advirtió sobre la violencia intrínseca de la innovación y Aghion y Howitt formalizaron sus mecanismos, hoy enfrentamos la oportunidad histórica de imaginar instituciones educativas que sostengan la dignidad humana frente a la transformación tecnológica. En lugar de huir de la destrucción, nuestra tarea es aprender a cultivar la creación, a diseñar campos humanos donde la creatividad se reproduzca y la tecnología sea un fertilizante, no un herbicida. Al lograr esto, el aula se preserva, como es, un lugar donde se aprende a ser humano en una era digital.
Referencias bibliográficas.
Aghion, P., & Howitt, P. (1992). A model of growth through creative destruction. Econometrica, Recuperado de:https://doi.org/10.2307/2951599
Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
Mokyr, J. (1990). The lever of riches: Technological creativity and economic progress. Oxford University Press.
Montessori, M. (1967). The absorbent mind. Holt, Rinehart and Winston.
Piaget, J. (1952). The origins of intelligence in children. International Universities Press.
Schumpeter, J. A. (1942). Capitalism, socialism and democracy. Harper & Brothers.
*Docente investigador de la Universidad Autónoma de Querétaro
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