¿Quiénes son los que juzgan? Supongo que los rectos, los sabios, aquellos que están un escalón arriba. Juzgar puede ser parte de la condición humana, según la moral, costumbres, ideología, contexto o lente con la que se mire al otro, al diferente. Solo voy a esbozar unas breves ideas, sin el intento de convencer a nadie. Son líneas desde mi propia mirada (¿juicio?, porque bien puedo entrar en alguna de esas ideas) y contexto para decir algo que, frecuentemente pienso, aunque no escribo.
Los puros, ah, los puros. El puro tiene algo de lo que se arrepiente, también peca, falla, pero no lo reconoce o, en su estatus ‘superior’ es incapaz de verlo; el presunto sabio no conoce lo más elemental, pero cree saberlo todo: ve desde fuera, no aporta, no participa ni muestra sus saberes sino descalifica a quien considera inferior, ignorante; el vicioso, le molesta al puro pues tiene la virtud del desenfado que el sano en su soledad y disciplina, envidia; la bella quisiera la soltura de la que brilla con su simpatía e inteligencia.
Los puros no se equivocan. No tienen vicios porque son estables, fuertes. Juzgan a los demás por incongruentes o inmorales Son sanos. Rectos. Ven por encima del hombro a los demás.
La gente que sabe, la que realmente sabe, muestra su saber hasta sin querer. En todos los ámbitos, no solo en el conocimiento. La gente buena, ayuda, no dice que es buena; el buen deportista triunfa o ejecuta acciones destacadas sin necesidad de endilgarle a nade su habilidad; el sano, come bien, hace ejercicio y no critica a quienes deciden hacer lo contario; el artista muestra su virtuosismo sin decirlo, solo hace lo que sabe hacer.
Todos los que no muestran que saben o lo buenas personas que son, frecuentemente, se equivocan también, y así, ofenden a quien quieren; ejecutan mal una jugada en su deporte; comenten un dislate a la hora de dar una clase, una conferencia o escribir; fallan en la tecla o la cuerda a la hora de un concierto…pero la diferencia es que están ahí, se equivocan porque lo intentan. Los puros, normalmente, más que actuar, están cómodamente detrás de la barrera, prestos a criticar. Aunque, tal vez la palabra ‘crítica´’ no sea la más adecuada, o bien, nos sirva para entender o distanciarla de la palabra ‘juicio’.
Hacer una crítica, en sentido profundo, implica un conocimiento, al menos suficiente, para argumentar una posición o punto de vista acerca de una obra de arte, un equipo deportivo, un partido político, etcétera. A diferencia de los que juzgan, los críticos, razonan y esgrimen su acuerdo o desacuerdo ante una idea o corriente de pensamiento; su afinidad hacia el artista o su postura contraria ante lo que exhibe, muestra; su convergencia o desavenencia ante la ideología de una corriente política. En todos los casos, hay una idea que lo sustenta, una experiencia práctica o dominio teórico de lo que está hablando, una solvencia reconocida por una trayectoria propia. Puede, incluso, ser más severa que el juicio que descalifica más con el corazón que con la razón y los argumentos. El crítico suele aportar, el puro, enjuicia y no aporta.
Los puros se invisten de algo que no poseen, son pose; son adjetivos más que sustantivos. A mí, por eso, no me agradan, por su necesidad y necedad de mostrarnos un camino correcto, porque este está pavimentado por su peculiar forma de vida, frecuentemente vacía que ve desde afuera, no aporta y nos quiere convertir a su propia cosmovisión y, lo peor, en esa corrección, nos quieren dar clases de moral.
Lo mejor sería que cada uno haga lo que quiera hacer y asuma la responsabilidad por sus actos; que se encuentre, se pierda, acierte, falle, rectifique o ratifique su propia elección de vida.
No hay camino correcto, hay contextos e historias. Que nadie nos juzgue, mejor que se nos critique con argumentos y respeto cuando así sea necesario
Muy feliz año nuevo para mis contados lectores. Que sus acciones se conviertan en el espejo por el que aparece la virtud, sin necesidad de juzgar a quienes piensan o son diferentes, Salud.
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