La serie de televisión Adolescencia, que se trasmite por una plataforma de streaming, está causando revuelo y es objeto de discusión en distintos ámbitos. El éxito de audiencia de la serie obedece a un guion muy bien elaborado, excelentes actuaciones y el empleo de la técnica de filmación plano-secuencia que dota de fuerte realismo a las situaciones presentadas, lo que produce gran impacto emocional y cognitivo en los espectadores. Sin embargo, nuestro interés no es juzgar la calidad artística y técnica del producto mediático, sino analizar su contenido desde una perspectiva socio educativa.
La historia sigue a Jamie, un adolescente de 13 años que es acusado de cometer un crimen. La narración se divide en cuatro episodios: la detención por parte de la policía, la investigación sobre el motivo y los antecedentes del delito, el diagnóstico sobre la condición mental del chico y las consecuencias del hecho para su familia. En nuestra opinión, el caso del joven es el hilo conductor para mostrar las contradicciones y la violencia inmanente de cuatro instituciones: el sistema judicial, la escuela, el sistema de salud mental y la familia, atravesados por el uso cotidiano de las redes sociales. Exponemos las reflexiones sobre cada uno de los episodios.
Primer acto: el sistema judicial
El primer episodio empieza con una pareja de oficiales de policía (hombre y mujer) a punto de iniciar su jornada. Él es casado y escucha un mensaje de voz de su hijo por el celular. Llama a su esposa para hablar sobre ello. La compañera policía es soltera y no entiende bien las preocupaciones de él. La situación aparenta ser tranquila, pero lo que sigue resulta desconcertante. Ambos oficiales conducen un operativo con un cuerpo de policías armados como en comando SWAT para irrumpir en la casa de una familia y aprehender a un chico de 13 años que aún no se ha levantado de la cama para ir a la escuela. Toda la situación es violenta, como si estuvieran enfrentando a una banda de narcotraficantes. Uno como espectador se pregunta si es legal proceder de esa manera. Luego los espectadores acompañan al niño en la patrulla con los guardias de seguridad, los procedimientos en la comisaría, su reclusión en una celda, el interrogatorio con los policías junto con su padre y el abogado de oficio. La situación es sin duda angustiante. El padre, por supuesto, no cree que el hijo haya sido capaz de cometer un crimen, es un muchacho tranquilo, estudioso, inteligente. El chico niega repetidamente la acusación, sin embargo, la evidencia es contundente: es culpable y el pobre padre se derrumba, reacciona con amor, pero también con desesperación al constatar lo que ha hecho su hijo.
La actuación del personal policíaco parece atenerse a un protocolo preciso para detener al adolescente: se le indican sus derechos, se le ofrece un abogado para que oriente a él y a su padre sobre la forma de responder en el interrogatorio, se le sirve de comer y se lo encierra en un espacio más o menos cómodo. Sin embargo, todo es frío, mecánico, casi inhumano. El niño y el padre están casi paralizados por el miedo y la angustia, nadie parece tener algo de empatía o compasión hacia ellos, están sometidos a un engranaje implacable en que la persona es reducida a un “imputado”, aunque sea un menor de edad sin antecedentes penales. La institución encargada de ofrecer seguridad y justicia es terriblemente autoritaria.
Segundo acto: la escuela.
En el segundo episodio, los espectadores asisten a la labor de investigación de los oficiales de policía para dilucidar el motivo del crimen y encontrar el arma homicida. El escenario: la escuela en que estudia el adolescente; la clave: algunos mensajes en redes sociales que intercambió con la víctima. Los policías recorren la escuela en compañía de una maestra solicitando la colaboración de los compañeros para recabar datos que permitan entender qué llevó al chico a actuar como lo hizo. Lo que encuentran es un ambiente lleno de agresividad. Los estudiantes ofenden a compañeros con palabras y acciones sin pudor ante los maestros y los policías. Se observa indisciplina en las aulas, algunos docentes no pueden controlar su grupo y otros interactúan con los estudiantes mediante amenazas y gritos. No es un lugar donde los jóvenes puedan sentirse seguros y cómodos.
El oficial de policía entrevista a un par de estudiantes. Primero habla con la mejor amiga de la víctima. Está visiblemente alterada y el diálogo con ella es ríspido y difícil. La chica reprocha que la policía no sirva para prevenir el delito. Después de la conversación, golpea con saña a Ryan, un amigo de Jamie, el presunto victimario, lo que hace suponer al policía que el muchacho está implicado en el delito y decide entrevistarlo también. Ryan es refractario a hablar con el oficial, sin embargo, de lo que dice se puede inferir que tanto él como Jamie desean ser populares en la escuela, pero se sienten excluidos.
Los oficiales de policía comentan que “la escuela apesta” literal y metafóricamente: se perciben malos olores y el ambiente es desagradable, debería ser un lugar de contención de los impulsos juveniles y paradójicamente los exacerba. Los docentes no parecen tener autoridad, no logran orientarlos, sólo buscan someterlos con mecanismos burdos como mantenerlos sentados frente a pantallas y aplicarles castigos. La mujer policía, sin embargo, reconoce que algunos docentes pueden lograr empatía y ser inspiradores, como su profesora de arte y fotografía en la secundaria, de manera que “salvan” a algunos jóvenes de tomar un camino equivocado. Ese intercambio de ideas entre los policías refleja una representación muy negativa de los adolescentes, pareciera partir de la premisa de que todos son sociópatas en potencia.
El hijo del oficial es alumno en la misma escuela y, por ello, sufre de acoso constante. A través de él se devela un problema de comunicación intergeneracional: los adultos no entienden los códigos que usan los adolescentes en las redes sociales. Los policías están equivocados cuando suponen que entre Jaime y la víctima había una relación de amistad por los mensajes que aparecen en el perfil de Instagram en que ambos interactúan, es justamente lo contrario. Así se esclarece el móvil del crimen y poco después de donde provino el arma homicida. La trama policíaca termina aquí, pero para nosotros, como educadores, la preocupación se acrecienta: Jamie es el síntoma de un grave problema social: la escuela está fallando en su labor de formación, no sólo académica, sino ética y emocional. No está contribuyendo a forjar valores de empatía, solidaridad, tolerancia y respeto entre los jóvenes que luego deberían convertirse en los ciudadanos que construirán una sociedad más justa, armónica y feliz. ¿Para qué sirve la escuela?
Tercer acto: la institución de salud mental
En el tercer episodio, Jamie lleva varios meses recluido en una institución de salud mental; los espectadores son testigos de la conversación entre Jamie y una psicóloga encargada de diagnosticar la “comprensión” por parte del chico sobre el acto que cometió y sobre la sentencia de que será objeto. Debe ofrecer un diagnóstico al tribunal acerca del estado de salud mental del adolescente: ¿es un psicópata que debe recluirse a un hospital psiquiátrico? O bien, ¿es un sociópata que debe purgar condena en un centro de rehabilitación penitenciaria? Ambas opciones son terribles. Lo que se observa es el quinto encuentro de la psicóloga con el muchacho. Por el guardia de seguridad del lugar, nos enteramos de que ya ha habido un especialista antes que después de tres sesiones elaboró su dictamen.
La psicóloga es joven y se ve nerviosa. Al inicio de la entrevista le entrega a Jamie un vaso de chocolate caliente con malvaviscos y un sándwich, que el muchacho recibe con cierto agrado. Parece que se hubiera establecido una relación afable entre ellos. Entonces la psicóloga plantea el tema del diálogo: la relación de Jaime con su padre. Se percibe tensión en el muchacho, como si intuyera una especie de trampa: ¿sospechan que ha sido objeto de abuso físico o sexual por parte del papá? El chico deja en claro que el progenitor no es un agresor. Pero conforme transcurre la conversación, se devela que Jaime siente que ha decepcionado a su padre, no ha sabido corresponder al imaginario de masculinidad que él representa. Tiene una pobre autoestima, se considera poco agraciado, no es atractivo para las chicas de su edad. La compañera de la escuela con quien interactuó en la red social, acrecentó ese sentimiento exponiéndolo como un perdedor ante los otros chicos de la escuela, había sido victimaria de Jaime, antes de terminar como su víctima. La psicóloga, entonces, endurece el trato: en su percepción el adolescente pasa de ser vulnerable a un criminal evidente. Él se da cuenta y reacciona agresivamente, se nota entonces que ella siente miedo y su actitud se vuelve fríamente profesional. Le informa a Jamie que ésa es su última reunión, ha terminado su trabajo. El chico está devastado, pensaba haber encontrado una interlocutora que lo comprendía. Responde con una desesperación tan violenta, que un guardia de seguridad debe llevárselo casi a rastras del recinto, mientras golpea muros y ventanas con rabia impotente y grita reproches a la psicóloga. Ella se queda sentada en el lugar llorando, ¿qué es lo que siente: susto, frustración, tristeza? Quizá una combinación de todo ello, pero no compasión.
La institución de salud mental en muchas sociedades del mundo occidental es controladora, no compasiva: reprime y excluye al enfermo mental como una plaga social. Debería rehabilitar y reintegrar; sin embargo, con frecuencia enfoca el tratamiento en el empleo de fármacos que mantienen al paciente en un estado de dependencia, no sólo a las sustancias sino a personas que deciden por él. En el caso de Jamie, el dictamen de los psicólogos no es compasivo, no busca su bienestar, sino mantener el orden social, reducir el peligro para los demás. El adolescente está atrapado en un sistema que no intenta comprenderlo, sino controlarlo.
Cuarto acto: la familia
En el cuarto episodio conocemos a la familia de Jamie, que está atravesando un proceso de duelo profundo. El padre, la madre y la hermana son personas sencillas, tranquilas, no han tenido conflictos con los vecinos, viven en una casa modesta de un barrio de clase media. Están tratando de sobrellevar la pena derivada de la tragedia en la que su hijo es protagonista. Entonces, a esa situación se suma el escarnio social. Una mañana, el padre encuentra una palabra pintada en su camioneta: pedófilo. Mientras trata de remover la inscripción, dos muchachos de la edad de su hija pasan en bicicleta y lo insultan con risas burlonas. Los vecinos miran el acto de vandalismo, pero no ofrecen ayuda, ni muestran un poco de empatía. La familia ahora es objeto de violencia, en vez de recibir apoyo de la gente que los conoce desde hace años. El padre se siente herido e impotente para defender a su familia y reacciona de manera agresiva, como Jaime con la psicóloga. ¿La conducta del chico es un reflejo del comportamiento del papá? No se puede reducir la explicación del acto criminal sólo a eso.
La madre sugiere cambiarse de casa, pero el padre y la hija entienden que la mudanza sólo traería alivio temporal, porque la historia de Jamie los alcanzará donde se encuentren gracias a la omnipresencia de las redes sociales y de los medios de comunicación de masas. Mientras intentan lidiar con el azoro y el dolor que les ha producido la malevolencia de los vecinos, la familia recibe una llamada de Jamie: ha decidido declararse culpable. Se trata de un gesto de madurez: el muchacho ha tomado conciencia de la gravedad del acto cometido y asume la sanción que recibirá por ello. No obstante, no representa alivio para el dolor que viven el padre, la madre y la hermana.
Los progenitores se cuestionan qué hicieron mal en la crianza del hijo: la mamá reconoce una dificultad para poner límites y un mal ejemplo en los arranques de enojo del papá; éste, a su vez, se lamenta de haber mostrado insatisfacción por el desempeño del niño en los deportes y no haber expresado valoración por otras cualidades evidentes del muchacho. Sufren en soledad porque la comunidad los juzga y los rechaza, son objeto de una exclusión violenta. El remordimiento, el sentimiento de culpa y de insuficiencia los acompañará siempre.
La serie Adolescencia expone magistralmente cómo la conducta errática y delictiva de muchos jóvenes es un problema multifactorial. Está relacionada con prácticas de crianza, pero también con deficiencias en la institución escolar como espacio seguro de aprendizaje y crecimiento. Los adolescentes intentan construir su identidad y su autoestima en un sistema social individualista y competitivo en el cual importan más las apariencias y la popularidad, que la colaboración, la solidaridad y la compasión. Las redes sociales acentúan esta situación porque popularizan conductas aberrantes y antivalores, cosifican a las personas, difunden información falsa o tergiversada, favorecen la banalización de contenidos, dado que no hay políticas públicas claras sobre los filtros que deberían aplicarse a lo que se trasmite por estos medios. La policía y las instancias judiciales resultan amenazantes, en lugar de brindar seguridad, porque funcionan con un sistema de sanciones, en vez de fomentar una cultura de civilidad, conciliación y paz.
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