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Viernes, Junio 05, 2026

Cuando estudié para maestro de primaria, lo hice más bien por una tradición familiar: no había en mí eso que los griegos definieron como “la voz que te llama”, la vocación.

En la Escuela Nacional de Maestros, no obstante, viví los años más hermosos de mi formación profesional, y diría que de toda mi vida escolar. Ahí tuve grandes maestros, disfruté de su hermosa arquitectura, jugaba basquetbol y volibol en el gimnasio; sufría y a la vez gozaba de las frías aguas de la alberca; apreciaba los murales de Orozco y los frontispicios de Ortiz Monasterio, que sintetizaban los momentos históricos relevantes de nuestra historia; jugué futbol en sus canchas y con otros jóvenes promovimos el regreso del futbol americano a la Normal.

Son muchas las historias, los recuerdos y la identidad que fui desarrollando y que puede verse o entenderse como la fina sustituta de la vocación; me enamoré de la Normal y, gradualmente fue gestionándose mi gusto por el magisterio.

Me enamoré de ese todo en el cual, de manera determinante, estaba la presencia juvenil y fraternal de mis amigos y la belleza por doquier de mis compañeras normalistas: conocí el amor y tuve que vencer mi innata timidez.

Muy joven fui maestro de primaria en barrios populares de Ciudad de México. Después de un año de egresar de la Normal, el tránsito natural, y ahora sí convencido de lo que tenía que estudiar, era hacia la Normal Superior. Ahí, por circunstancias especiales, surgió otro Alfredo; uno capaz de liderar a su especialidad de Educación Cívica: fui parte de una cultura política que se respiraba y se vivía en todos sus rincones. Mi inseguridad natural se movió hacia terrenos en los que la voz, los argumentos y el debate permanente se posicionaron en mí. ¿qué tanto lo decidí o qué otro igual me arrastró esa masa politizada y resistente que definía a mi escuela? No lo sé, pero así fueron las cosas, y pude darme cuenta de que, aunque hay esencias, también hay accidentes (desde el planteamiento aristotélico) que modifican tu ser y, en consecuencia, tus actos.

Entre ser maestro de secundarias y de primarias por las tardes, transcurrieron años de aprendizaje profesional in situ, en las aulas de aquellas escuelas populares con grandes compañeros maestros de quienes aprendí muchas cosas, entre ellas, hay que decirlo, algunas que tenían que ver con la bohemia y el exceso. Yo sentía que mi preparación profesional estaba saldada: en efecto, era maestro, había egresado de las dos más grandes instituciones formadoras de educadores, ¿qué más podía haber? No lo pensaba mucho, pero no me movía más allá de ese horizonte laboral y con esa preparación académica.

En cierto momento, también hay que decirlo, sentí un poco que me estaba estancando y decidí buscar otros aires: así fue como ingresé a dar clases a la Universidad Pedagógica Nacional. Mi vida y mi horizonte dieron un giro de 180 grados. Era más lo que aprendía que lo que enseñaba. Ello me movió a estudiar Filosofía en la UNAM y mi persona se modificó aún más. Era la misma esencia: profesor, pero esos accidentes de lugar, nivel y perspectiva me enriquecieron sustancialmente.

Al cabo de unos años, tuve la invitación para incursionar en la administración pública en la Delegación Cuajimalpa. Aprendí otras cosas de administración y gestión política y apareció otro Alfredo muy lejos del profesor en las aulas, aunque mi esencia permaneció: se es maestro toda la vida, no importa el ámbito en el que uno se encuentre.

Cuando aquella experiencia terminó, regresé a dar clases y otro accidente vital me colocó, de nuevo, en la Administración Pública como Asesor de un subsecretario en la SEP. Evidentemente mis tareas estaban encaminadas hacia el terreno técnico – pedagógico.

Los tiempos empezaron a cambiar, y si se tenían intenciones de crecer en la trayectoria profesional, se demandaban grados académicos, por lo que ingresé a la UPN a estudiar una maestría en Educación Ambiental, invitado por uno de mis mejores amigos. Las clases y la dialéctica que se propiciaba en las sesiones me hicieron crecer aún más, sin lugar a duda. Tuve una buena participación y cuando ingresé a trabajar, mediante concurso de oposición a la Normal Superior ese grado obtenido con dedicación y mucha lectura fue una de las credenciales y saberes que allanaron el camino.

Aquí, en la Escuela Normal Superior de México, llevo veintidós años descubriendo que, en efecto, mi esencia permanece, pero, más importante aún, que el estar rodeado de jóvenes de clases medias y populares es uno de los accidentes profesionales más hermosos y gratificantes que haya tenido en la vida. Regresé a una de mis Normales y puedo corresponder por todo lo que me han dado. Más afortunado no podía ser.

En esta apretada síntesis vital, como todo proceso humano, fui madurando y envejeciendo. y ya estoy pensando en jubilarme en pocos años. No tengo nada de qué arrepentirme, aunque tuve y tengo momentos de crisis y quiebre naturales a cualquier persona.

¿Y el doctorado? Pensarán muchos de ustedes. Ese grado no estuvo en mi radar, no al menos, con la fuerza que me llevara a pensar en él, y porque cuando pude estudiarlo, yo me sentía y me siento satisfecho con mis clases en la Normal Superior. En esta escuela voy a terminar mi trayectoria profesional que está por llegar a cuarenta y nueve años. ¿Quién iba pensar que aquel chavo sin vocación que entró a la Normal a los quince años fuera más allá de los linderos promedio de trabajo? Muy pocos o nadie; yo, no.

Hace unas semanas, no obstante, al encontrarme a un gran amigo que tiene el doctorado, me sugirió que ingresara a éste ya sea en la propia Normal Superior o en la Universidad Pedagógica Nacional . “Para que te retires con el grado, claro que puedes, deberías cursarlo”, me dijo. Confieso que me movió y lo pensé diariamente, pero había cosas que me inquietaban: primero, no puede ser una decisión tomada a la ligera, sobre todo, a estas aturas, aunque la vida me ha enseñado que nunca es tarde para emprender y aventurarse a nuevos caminos; segundo, porque no es mi ‘leifmotiv’; y tercero, y muy importante, porque ya me he comprometido con estudiantes de sexto semestre para dirigir sus proyectos profesionales y acompañarlos en su último tramo de preparación profesional. Mi padre me enseñó cumplir con mi palabra. Sé que podrían ser dirigidos por otros maestros, pero la palabra es sagrada para mí.

Lo real, es que, tal vez, llegó tarde a mi radar o nunca se presentó como mi culmen o medalla que debiera portar. A fin de cuentas, soy el mismo profesor de primaria que enseñó a leer a pequeñitos, aunque los accidentes y mi propia historia me fueron transformando hasta llegar a donde estoy: ¿hay mejores lugares? Seguramente. ¿El doctorado me haría mejor? Probablemente. ¿Podría con el doctorado en educación? Ciertamente así lo considero. ¿Es lo que más me motiva ahora? No, aunque aprecio y admiro a aquellos que lo han obtenido y sobre todo que han desplegado y despliegan sus saberes obtenidos en instituciones académicas solventes.

Esperar la jubilación, no significa sentarse a que llegue la muerte: hay proyectos que tengo como estudiar italiano o portugués cuando me retire o un posgrado en historia del arte más allá de sus beneficios profesionales: por el puro gusto de hacerlo. Nos morimos cuando no aspiramos, cuando no sentimos, cuando ya nada nos mueve. Eso, al menos en mi mente, no aparece todavía. Soy y seré maestro (aun jubilado) hasta mi último suspiro. Salud.

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“pálido.deluz”, año 14, número 175, "Número 175. Obesidad y Educación. (Abril, 2025)", es una publicación mensual digital editada por Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández, calle Nextitla 32, Col. Popotla, Delegación Miguel Hidalgo, Ciudad de México, C.P. 11420, Tel. (55) 5341-1097, https://palido.deluz.com.mx/ Editor responsable Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández. ISSN 2594-0597. Responsables de la última actualización de éste número Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández, calle Nextitla 32, Col. Popotla, Delegación Miguel Hidalgo, CDMX, C.P. 11420, fecha de la última modificación agosto 2020
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