London Review of Books
Traducción: Gabriel Humberto García Ayala
Francisco asumió el papado en 2013 en medio de una crisis. Su predecesor Benedicto XVI, el primer Papa en siglos en dimitir, estuvo fuertemente asociado con el conservadurismo teológico y litúrgico. Su renuncia fue ampliamente interpretada como una admisión de la derrota frente la proliferación de escándalos sobre abusos sexuales, que habían socavado la autoridad moral del sacerdocio, incluso entre muchos fieles. El catolicismo, a los ojos del mundo, se definía por el abuso, la pedofilia y el encubrimiento. En el trasfondo se encontraban otros dos problemas: el declive constante de la asistencia a la iglesia y el legado del Concilio Vaticano II, un vasto ejercicio de reforma que transformó todos los aspectos de la práctica católica, simplificando la misa y permitiendo su celebración en idiomas distintos del latín. Juan XXIII, el papa que inició el concilio en 1962, lo describió como un aggiornamento, una “actualización”, un intento de “abrir de par en par las ventanas de la Iglesia y dejar que entre el aire fresco del Espíritu”.
Gran parte de la política eclesiástica de las últimas décadas se ha visto impulsada por intentos de volver a cerrar las ventanas. Las actitudes hacia el Vaticano II son buenos indicadores de otras posturas: liberales y progresistas tienden a aprobarlo, deseando que sus reformas hubieran ido más allá en el cambio del enfoque de la Iglesia hacia las cuestiones sociales; los conservadores tienden a verlo como una triste pérdida de confianza en sí misma, que degrada una rica y hermosa tradición y deja a la Iglesia a la deriva. Las posturas mixtas, que combinan visiones sociales progresistas con apego a las formas tradicionales (o viceversa), son mucho menos frecuentes que en la Iglesia de Inglaterra.
Al principio, Francisco ofreció esperanza a los progresistas, que se habían sentido asfixiados por sus dos predecesores. El nombre era una señal positiva, tomado de un santo, Francisco de Asís, que abogó por la renovación espiritual a través de la pobreza, que buscó a Cristo entre los pobres y enfermos, y cuyos seguidores a menudo perturbaban la iglesia institucional. El papa Francisco habló de una iglesia para los pobres, activa en el mundo, con sacerdotes como “pastores con olor a oveja”. Su primera exhortación apostólica anhelaba “una iglesia magullada, herida y sucia por haber estado en la calle”. Su primer viaje fuera de Roma fue para celebrar, en un altar construido con una barca volcada, una misa penitencial en Lampedusa entre migrantes, esto con el propósito de recordar a los cientos de personas que se habían ahogado recientemente. Allí, criticó la “indiferencia globalizada” y una «cultura de la comodidad que “nos hace insensibles al llanto de los demás”.
Ayudó el hecho de no ser su predecesor inmediato. Benedicto XVI se había ganado la reputación de ser un ejecutor conservador. Pero era un hombre tímido, cerebral y abstruso, poco apto para el papado moderno. Caricaturizar a Benedicto XVI y a Francisco como el intelectual y el populista, respectivamente, sería un error: el estilo sencillo de Francisco —en una ocasión se escandalizó de que acusaran a los periodistas de coprófilos— ocultaba un intelecto poderoso con fuertes gustos culturales. Amaba las grabaciones de Wagner y su Furtwängler; en su carta sobre el valor de la literatura cita a Proust, a Cocteau, a Borges y a Celan. En sus reflexiones sobre la pandemia de la COVID-19 cita a Hölderlin, en unas líneas que también caracterizan su enfoque papal: “donde está el peligro, crece también el poder salvador”.
Ambos bandos de la guerra cultural se beneficiaron de las caricaturas de Francisco como el Papa Woke. La realidad era menos clara. Desconfiaba del impulso liberal de convertir a la Iglesia en una rama romana, vaga y lacrimógena, de la campaña por los derechos humanos. Sus posturas sobre la guerra, la explotación del libre mercado y el cambio climático se enmarcaban en la doctrina social católica, aunque articuladas con una franqueza y claridad inusuales. Sus entrevistas a menudo daban la impresión de que creía que los complejos de la Iglesia sobre la sexualidad eran solo eso: síntomas de una tendencia clerical, poco cristiana, a huir de la verdadera humanidad.
Probablemente las palabras más famosas de su papado fueron pronunciadas en respuesta a la pregunta de un periodista sobre los sacerdotes homosexuales: "¿Quién soy yo para juzgar?". Como la mayoría de las medidas progresistas de Francisco en materia de sexo y género —como recibir a católicos trans en audiencias generales—, su discurso fue simbólico y retórico, más que doctrinal. Una declaración en 2023 para permitir la bendición de las parejas del mismo sexo provocó una rabieta mundial de los conservadores; unas semanas después, el Vaticano lanzó un ataque poco convincente contra la "teoría de género". Francisco no intentó modificar la catequesis de que la homosexualidad es "intrínsecamente desordenada" y las relaciones homosexuales "grave depravación".
El patrón general fue un progreso retórico socavado por la inercia doctrinal: elogios a las mujeres en la Iglesia y reafirmación del sacerdocio masculino; una visión de una Iglesia descentralizada, promulgada por un papado dominante y combativo. Los cambios reales en la denuncia de abusos y la consideración de las catastróficas deficiencias de la Iglesia se vieron empañados por decisiones erráticas y contemporizadoras en casos individuales.
La interpretación que se dé de esto depende de la postura. Un cínico podría sugerir que Francisco era simplemente un buen relacionista público, conocedor de la disposición de los progresistas occidentales, pero con poca sustancia. Un historiador de la Iglesia podría ver la astucia de un jesuita flexible en sus declaraciones públicas. Otros podrían reconocer que, en la vida de los fieles, los gestos simbólicos del Papa son profundamente significativos, quizás más que sus pronunciamientos doctrinales. Por eso, su lavatorio de pies a migrantes, prisioneros, mujeres y no cristianos, su rechazo a los grandes aposentos papales o sus llamadas telefónicas diarias a los católicos en Gaza, adquirieron tanta relevancia.
Su origen jesuita fue poco explorado. Fue el primer papa moderno en hacer voto de pobreza, junto con los votos habituales de obediencia y castidad. Su aversión al clericalismo —la tendencia aduladora y auto glorificadora a exaltar el sacerdocio, que él llamaba una “perversión de la Iglesia”— tenía sus raíces aquí. El hecho de que sus oponentes ultraconservadores en la Iglesia adorasen el encaje, el oro y la seda aguada parecía subrayar este punto. Le gustaba especialmente el Evangelio de Mateo y debió de pensar a menudo en el desprecio de Cristo por los ostentosos maestros de la ley que se hacían largas borlas, que “aman el lugar de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas”, pero que nunca buscaban aliviar las cargas de los demás.
Inusualmente, Francisco conservó el monograma jesuita y su lema episcopal en su escudo papal. Había elegido la frase miserando atque eligendo de la homilía de Beda sobre la vocación de Mateo. Cristo vio a Mateo, el recaudador de impuestos, “con los ojos de la misericordia y lo eligió”. El continuo énfasis de Francisco en la misericordia —“el primer atributo de Dios”— explica sus decisiones papales con mayor claridad que la heurística progresista/conservadora. Es la razón por la que quería una iglesia de las periferias y para todos. Se refleja en sus pronunciamientos sobre el divorcio y sus escritos espirituales sobre el Sagrado Corazón, Dilexit Nos (su Cuarta Encíclica sobre el amor humano y divino ). Explica su comentario improvisado de que esperaba que el Infierno estuviera vacío, y la forma en que consoló a un niño que lloraba preocupado de que su padre no creyente no hubiera ido al Cielo.
Christopher Butler, un abad inglés que asistió al Concilio Vaticano II, lo caracterizó en una ocasión como un remedio para una iglesia que caía en una “irrelevancia monumental”. Lo que en 2013 se saludó como un papado reformador, decidido a afrontar ese riesgo de nuevo, pareció simplemente perder fuerza, exhausto por esa monumentalidad. Francisco deja una iglesia atribulada y dividida, con el riesgo de degenerar en una guerra de facciones. Los conservadores, incluidos los católicos Make America Great Again (MAGA) en Estados Unidos, quieren un anti-Francisco para reemplazarlo. Esto parece improbable, sobre todo porque la mayoría de los electores fueron puestos en su lugar por Francisco. Sin embargo, lo que hace la Curia es más extraño y menos predecible de lo que sugieren los clichés oscarizados de la exitosa película Cónclave. Después de todo, fue un consistorio de cardenales elegidos por papas conservadores el que eligió a Francisco.
De joven, el Papa parecía estar siempre moribundo. El largo y público sufrimiento de Juan Pablo II por el párkinson lo convirtió en un símbolo de la doctrina católica sobre la santidad de la vida. En aquel entonces, me pareció triste y cruel. Pero llegué a comprender algo de esa fuerza emblemática al observar al enfermo Francisco insistir en visitar a los presos, saludar con voz entrecortada, estar presente en su mensaje de Pascua, denunciar la locura del rearme y la guerra, aprovechar cada oportunidad para hablar al mundo mientras este continúa erigiendo nuevas cárceles y muros, y nuevos ídolos oligárquicos. “Los constructores de Babel de hoy nos dicen que no hay lugar para los perdedores, y que quienes caen en el camino son perdedores”, escribió Francisco en sus últimas meditaciones del Viernes Santo. “Suya es la obra del Infierno”.
N del T. La cita completa es: “La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar solo en nosotros mismos, nos hace insensibles al grito de los demás, porque nos hace vivir en pompas de jabón que son la ilusión de lo fútil, de lo provisional, que lleva a la indiferencia hacia los demás, es más, lleva a la globalización de la indiferencia”. Il Post.
https://www.ilpost.it › 2013/07/08
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