En las noches...
En las noches, cuando era niño,
al salir de la casa me parecía sentir
que a lo lejos, del otro lado del río,
alguien levantaba las manos y me llamaba.
Yo trataba de escuchar esa voz
entre el ruido de la noche.
Pero las estrellas numerosas hacían ruido,
se congregaban ensordecedoras
como si el calor las hiciera brillar más.
Y la tierra también desprendía una voz
de piedras, de raíces, de días,
bajo el polvo caliente del verano.
Las luces de las casas parecían vivientes.
Todo tenía luz, todo era un lugar ocupado, milagroso.
Pero sólo yo oía, sentado en la tierra.
Oh dios mío, sólo yo oía, sentado en la tierra.
Sé que todavía esa noche, ahora, alguien levanta las
manos y me llama.
Memoria del verano
Era la tierra húmeda,
el caballo que pastaba,
el sonido del viento cuando la tarde era una sola vida,
la soledad que era la presencia real de las colinas y la hierba.
Era el verano. El azul se extendía como tierra de
promisión.
El sonido del viento en las colinas
era una reunión de fiesta, de mujeres cantando,
de niños bajando de los muros de iglesias envueltos en risas.
El viento sonaba a rebato sobre las piedras y los árboles y volaban los cuervos.
Las colinas doradas, ardientes, cual pechos de mujeres
que se han despojado de sus blusas,
se elevaban como la respiración de una amiga.
Me detuve bajo un árbol.
Se detuvo el día, la mente, el ruido de la tierra convertida
en sendero,
las piedras, las campanas de una aldea cercana.
Sólo seguí oyendo el viento,
como si se elevara la tierra de mis abuelos, de mis padres,
los recuerdos de mi infancia en esas mismas colinas,
las horas impasibles del verano.
El viento arrastró pensamientos, ruido, tierra,
y más allá, en la colina, vi cómo se posaron
sobre el polvo del silencio,
en el dorado lecho del verano que no es preciso recordar,
porque esperan, porque allá, en la colina que no veo,
esperan.
Quisiera ahora...
Quisiera ahora estar sentado
en una gran piedra bajo los árboles
y sentir el paso del viento...
O leer, o pensar, dejando pasar estas horas.
O a la orilla de un río donde mi hijo pudiera bañarse
mientras yo lo contemplara, fumando.
O estar en un huerto fresco, en otoño,
cuando se varearan los nogales y las nueces cayeran
sobre la tierra como en mi infancia.
Sí, estar ahora en un huerto fresco
donde mi madre volviera a vivir
y se sentara a mi lado bajo la sombra,
a conversar de estos años,
a descansar del sol entre los nogales y los álamos
de nuestra casa antigua,
y aspirara la fragancia de las frutas,
el mismo aire que yo, el mismo aire que yo.
O quisiera subir a una montaña
desde donde pudiera contemplar
mis tentaciones reunidas,
postrándose a mis pies con todos sus reinos,
desplegando su persuasiva soledad.
Quisiera estar con mi hija
(pero no tengo una hija),
que cantara y bailara
y que me preguntara cómo era mi pueblo en mi infancia. Quisiera que esa hierba fuera conmigo a todos sitios...
Pero estoy aquí,
contento con esta tristeza de mi memoria,
contento con mi cuerpo que siente la tarde.
Estoy aquí, esperando.
Oyendo las voces de las gentes que conversan,
el ruido de los automóviles que pasan junto a mi casa,
en las horas de esta tarde.
Oyendo mi voz preguntando en la casa donde no hay
nadie
Estoy aquí, esperando,
como esperar algo que no llega,
como esperar a alguien que nunca dijo que vendría.
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