Hablar de tecnología y educación (de hecho, de tecnología y cualquier otra actividad humana) me produce los conocidos sentimientos encontrados a los que recurrimos cuando no sabemos explicar correctamente lo que ocurre en nuestro cerebro cuando choca lo literal con lo simbólico.
Por una parte, en estos días no tan felices del primer cuarto del siglo XXI, tan lleno de desgracias como falto de esperanza, con fascismos en ascenso, guerras por todos lados, contaminación y degradación. Por una parte, empezaba a decir antes de este circunloquio extenso y necesario, pero estorboso para la lectura, en estos días entendemos como tecnología algo que lo es, pero de ninguna manera lo es todo: me refiero a las computadoras, lo digital y la debutante inteligencia artificial.
El ser humano tiene como naturaleza modificar su entorno, cambiarlo para su provecho, resignificarlo. Lo ha hecho en los últimos cientos de miles de años con herramientas físicas y conceptuales, y ahora, con herramientas digitales. La piedra, el fuego, sobre todo el lenguaje y la escritura, y ahora computadoras y demás hacen que nos apropiemos de la naturaleza, que aprendamos y seamos quienes somos, como de distintas formas lo han dicho Dekerckhove, Benajmin, Chomsky y muchos otros.
El caso es que ante el cuestionamiento de qué tiene que hacer la tecnología con la educación, tenemos que hacer un montón de recortes y ediciones para poder dar una opinión útil y razonable y no quedarnos en las marismas mentales que suelen atrapar mamuts simbólicos.
Para empezar, supondremos que estamos hablando de educación y tecnología digital, aunque tendremos que hacernos un poco para atrás, gracias a las siete décadas (casi) de experiencia que tengo por el mundo. Cuando estaba en bachillerato, entre fines de los 60 y mediados de los 70, un día llegué con la noticia de que necesitaba comprar una regla de cálculo, novedad que, seguramente, llenó de alegría a mi papá, siempre con su salario apenas justo para una familia creciente y demandante, y que un explotador representante de la patronal, y que para colmo estaba emparentado con mi papá, consideraba que las quincenas de mi papá pagaban “holgadamente” su trabajo.
La regla de cálculo era una aparatejo que constituía una computadora analógica que permitía hacer cuentas con bastante precisión, y puede verse en las bolsas de las camisas de ingenieros y científicos de las películas de los años 60 y anteriores. No existían las calculadoras electrónicas o, al menos, no se habían popularizado. Los profesores de física, química y matemáticas las aceptaron de muy buen grado, al punto de que diez o quince años después, prohibían el uso de las calculadoras, pero seguían aceptando el de las dichosas reglas (que, por supuesto, jamás aprendí a usar).
Cuando entré a estudiar periodismo, en 1975, el uso de las máquinas mecánicas de escribir era universal. Yo entregaba mis trabajos a máquina en el bachillerato (mi papá me enseñó a usarla en las vacaciones, al salir de la primaria) y todos se encontraban cómodos con ella. Después, se empezaron a popularizar las máquinas eléctricas que, en los periódicos, fueron las antecedentes de las computadoras de edición más modernas.
En la Escuela de Periodismo, sin embargo, se siguió enseñando mecanografía en máquina mecánica y el paso a las posteriores computadoras no solo fue difícil, sino traumático, al grado de que periodistas viejos decían que no escribir en máquina mecánica era “antinatural” y un maestro, muy bueno como docente y buen conocedor de la teoría e implicaciones de la teoría de la comunicación, además de autor de al menos una novela publicada de ciencia ficción le neceaba a mi papá con que “un verdadero periodista solo escribe en máquina mecánica y con dos dedos”.
Por el estilo, muchos profesores, siguieron pidiendo trabajos “a mano”, para evitar que los alumnos los imprimieran de las computadoras, en lugar de revisar el contenido. Recuerdo que en un tiempo que viví en Tlaltizapán, cuartel histórico del Ejército Libertador del Sur, manejé un cibercafé, o sea, un lugar donde se alquilaban computadoras. Durante varios años, los alumnos de Español (o como quiera que se llamara la materia en esa época) llegaban a pedirme impresiones en algún papel de color fantástico de capítulos del Quijote, muchos de ellos inexistentes, en tinta azul con alguna tipografía “script” (o cursiva, como ellos decían).
El “secreto” es que su profesora, que no entendió nunca que El Quijote tiene dos partes, la segunda publicada diez años de la primera, tienen capitulados independientes, y que, por decir, el capítulo 59 que les pedía, en realidad era el séptimo de la segunda parte. La maestra no leía los trabajos y algunos de los y las alumnas me confesaron que cuando los entregaban, ellos apagaban las luces del salón (“y como ya estaba viejita, pues no veía bien”, explicaban los muy cínicos) y la profesora solo firmaba de entregado y les ponía algo entre ocho o diez, según su humor.
Por supuesto, la culpa del mal uso de la tecnología recaía únicamente en una docente incapaz de cumplir con su trabajo, al igual que ocurre con profesores que no se dan cuenta, a pesar de leer joyas como: “Nosotros los psiquiatras argentinos creemos…”, en ensayos para entregar en clase, o leer redacciones cliché de las inteligencias artificiales.
Supongo, como siempre he supuesto desde el comienzo de mis días de estudiante con la diabólica miss Margarita, que lo más importante de la escuela es desarrollar la curiosidad y el pensamiento crítico, y que ese criterio deberá normar, casi caso por caso, el uso de tecnología digital en las aulas porque, lo queramos o no, esta ya forma parte del mundo de todos los estudiantes.
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