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Martes, Abril 21, 2026

¿Puede alguien detener a la derecha populista europea?

Las advertencias apocalípticas de los políticos tradicionales están condenadas al fracaso

Edward Carr

Deputy Editor Publicado en The Economist Traducción Gabriel Humberto García Ayala

 

Nota. La reciente victoria del ultraderechista chileno José Antonio Kast y el ascenso de Javier Milei en Argentina, son la demostración de un fenómeno global de la ultraderecha que comenzó en Europa, se extendió a Estados Unidos con Donald Trump y ahora busca instaurarse en América Latina.

 

Para los hombres respetables que gobiernan los tres países más grandes de Europa occidental, la miseria se acrecienta. Todos presiden sobre un nivel de vida estancado y una influencia global en declive. En Gran Bretaña y Francia, sus rivales de la derecha populista están ansiosos por tomar el poder (incluso Alternativa para Alemania, o AFD, podría ganar un par de elecciones estatales el próximo año). Y Estados Unidos, su aliado clave, acaba de acusarlos de precipitar a Europa hacia lo que llama "borramiento de la civilización".

Estos tres líderes también advierten de una catástrofe si triunfan los partidos de la derecha populista. Friedrich Merz, canciller alemán, describe a su gobierno como la última oportunidad del centrismo. Tras la derrota de su coalición en las elecciones europeas el año pasado, Emmanuel Macron, presidente francés, habló del peligro de una guerra civil. Este mes, el primer ministro británico, Sir Keir Starmer, declaró a The Economist que Reform UK era un desafío a “la esencia misma de nuestra nación”.

Las doctrinas de la derecha populista contienen, sin duda, muchos motivos para condenarlas. Sin embargo, hablar de ellas en términos apocalípticos está condenado al fracaso. Por su propio bien y por el de sus países, los políticos tradicionales y sus partidarios necesitan urgentemente un enfoque diferente.

Para empezar, todo este catastrofismo parece un intento de desviar la atención de sus propios fracasos. En Gran Bretaña, tras 14 años de estancamiento bajo el gobierno conservador, el gobierno laborista de Sir Keir está gastando más en bienestar social e impondrá impuestos récord, incluso cuando el rápido crecimiento se le escapa. En Francia, la ley de Macron que eleva la edad de jubilación estatal ha sido desechada, mientras que su quinto primer ministro en tres años avanza poco a poco en la aprobación del presupuesto por parte de la Asamblea Nacional. En Alemania, el plan de Merz para un "otoño de reformas" quedó prácticamente en nada. Si el destino de Europa está en juego, ¿por qué sus líderes no hacen más?

Por otra parte, sus amenazas no son creíbles. Algunos gobiernos de derecha populista son peligrosos, otros no. Giorgia Meloni ha gobernado Italia como lo haría un político convencional. Los concejales reformistas en Gran Bretaña han actuado hasta ahora con bastante normalidad. Es cierto que el partido de Viktor Orbán capturó y exprimió las instituciones húngaras, pero pronto podría ser expulsado. Eso no suena a la muerte de la democracia.

 

El estilo apocalíptico en la política europea

No es de extrañar que predecir calamidades no funcione. Como demuestra la fuerza de los populistas en las encuestas de opinión, una gran cantidad de votantes europeos simplemente no creen lo que se les dice. Mientras tanto, las élites, atentas a los vaivenes del poder, se están acercando a los populistas que antes rechazaban. El diputado del Parlamenro Europeo, Jordan Bardella, de Agrupación Nacional, se ha estado reuniendo discretamente con líderes empresariales franceses. Los políticos conservadores se están pasando al Partido Reformista, aportando a Nigel Farage, miembro del parlamento de Gran Bretaña, la tan necesaria experiencia legislativa y ministerial. Solo en Alemania la corriente dominante descarta colaborar con la Alternativa para Alemania (AfD). Sus diputados, el segundo grupo más grande del parlamento, incluso tienen prohibido ocupar las vicepresidencias del Bundestag.

Todo esto ayuda a explicar por qué la estrategia de demonización es contraproducente. Los políticos tradicionales dicen defender la tolerancia y a la clase trabajadora, pero cuando tachan a gran parte del electorado de intolerantes, dan la impresión de que ellos mismos son intolerantes y presumidos. Y cuando advierten que el populismo destruirá su visión de lo que debería ser Europa, animan a los votantes desesperados por cambiar las cosas.

Si la demonización está fracasando, ¿cuál es la alternativa? La respuesta empieza con esa impaciencia por el cambio que la derecha populista aprovecha con tanto éxito, y que este periódico comparte. El siguiente paso es analizar la probabilidad de que los populistas saquen a Europa de su complacencia. El compromiso puede mejorar las malas políticas si los populistas están dispuestos a cambiarlas, y si se niegan, exponen su insensatez.

El proyecto populista más prometedor es la economía. Cuando Agrupación Nacional, Reforma y la AfD se dirigen a las empresas, se centran en la desregulación en el ámbito nacional como en los casos de Francia y Alemania y Bruselas en donde afirman querer un gobierno más eficiente y menores impuestos. Y se quejan de que el Estado penaliza la iniciativa y la asunción de riesgos, mientras gasta demasiado en bienestar social.

Todo esto es bienvenido, pero es solo la mitad de la historia. Para Gran Bretaña, Francia y Alemania, la integración económica europea es la fuente más obvia de crecimiento. Sin embargo, los populistas están decididos a colisionar con la Unión Europea, lo que llevaría a una degradación del mercado único que destruiría el crecimiento. El fiasco de Elon Musk demuestra lo difícil que es reducir adecuadamente el Estado. Bardella quiere un impuesto sobre el patrimonio y se opuso a aumentar la edad de jubilación. Tras las críticas por sus exageradas promesas de gasto, Farage ahora promete un presupuesto más realista, pero los detalles siguen siendo difíciles de concretar.

En otros temas, los populistas se aferran al descontento, pero proponen soluciones absurdas. Muchos europeos se preocupan por la inmigración, temiendo que perjudique los servicios públicos y altere las culturas nacionales. Pero los populistas, y las advertencias de Estados Unidos, están desfasadas: la inmigración legal ha alcanzado su punto máximo y, con la excepción del Reino Unido, la inmigración ilegal en Europa es la mitad de lo que era en 2023. Los populistas también son crueles. Hablar de deportaciones masivas o usar un lenguaje diseñado para hacer sentir a los inmigrantes despreciados es xenófobo.

La mayoría de los europeos no se preocupan por la geopolítica, pero deberían. En un momento en que Estados Unidos está cada vez menos dispuesto a liderar la defensa colectiva de Europa, los populistas se hacen eco de la peligrosa creencia de Donald Trump de que el continente estará más seguro si está menos unido y si cada estado persigue sus intereses nacionales. También muestran una debilidad ciega por los autócratas de Rusia y China. Vladimir Putin debe estar animándolos.

Faltan 18 meses para las elecciones nacionales en Francia, marzo de 2029 en Alemania y, como muy tarde, agosto de 2029 en Gran Bretaña. Mucho puede cambiar en ese tiempo. Si los políticos tradicionales se dedican a demonizar a los populistas con estridencia, sin duda se sentirán mejor, pero no ayudarán a sus países. Sería más prudente someter a los futuros gobiernos al escrutinio democrático que merecen.

 

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