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Martes, Abril 21, 2026

Con cariño para Braulio González y Héctor Chávez
There a places I'll remember
All my life, tough some have changed
Some forever, not for better
Some had gonne and some remain
In my life / Lennon y McCartney

En un principio era escuchar lo que había en casa y lo que programaba la radio, en amplitud modulada AM, básicamente, la Pantera 590, Radio Éxitos 790 y Radio Capital 1260.
En la consola de la casa, una Skyline, había boleros, balada, clásica (Chopin que fue importante en mi apreciación musical), Glen Miller, Ray Coniff y no mucho más. Me da la impresión de que la historia musical de mis padres quedó en otra parte o solo se registró en su memoria. Lo que estaba en la sala era solo una parte.
Ahí, también, estaban los discos de mis hermanos, elepés y sencillos de los Rolling Stones, Los Kinks, Animals, Turtles, Lovin Spoonful, Bobby Hebb, Doors, Paul Revere...y, por supuesto, Los Beatles. Ninguno era mío, pero los ponía seguido, particularmente recuerdo el sencillo de She loves you, lI saw here standing there, I'l get you y I want to hold your hand que se quedó, sobrevivió y aún conservo como tesoro personal, junto con otros que, aunque no sean mis géneros favoritos tienen una historia importante en la memoria musical de mi familia. ¿Cómo se decidió, a dónde fueron, por qué se perdieron muchos discos? Qué triste.
Mi primer disco (no que compré, sino que me compró mi mamá) fue Help, de los Beatles después de ver la película del mismo nombre a mis ocho, nueve años.
Desde esas primeras ventanas me asomé a la música. Lo demás lo fue dando, repito, la radio de AM y después de FM Radio Hits de manera destacada.
Conforme fui creciendo mis amigos ya no eran, necesariamente, los afines a mi edad, el fútbol o el americano, sino, de manera destacada, aquellos a quienes les gustaba la música.
La música era y es el vehículo para ir a donde quieras y cuando se comparte, aprende y disfruta con gente afín, el boleto y la experiencia es de otra dimensión.
Con el tiempo la lectura, el cine y mi primer trabajo me dieron la posibilidad de entender el rock y otras músicas con nuevos lentes.
Respecto a la lectura, José Agustín y Parménides García Saldaña, me ayudaron a contextualizar el rock con la literatura. El cine, porque, como soy auditivo, el soundtrack de algunas películas, me invitaba a buscar más fuentes de los músicos que se escuchaban en las escenas: rescato a Kubrick como mi maestro en ese sentido. En el caso de mi primer trabajo, por el hecho de cobrar y tener dinero. Mis quincenas quedaban en las tiendas de discos como Briyus, Hip 70, Zorba, A B Discos y, de manera destacada, en El Gran Disco de Balderas esquina con Av. Juárez. Ahí empezó a crecer exponencialmente mi colección de discos (particularmente de rock progresivo: Yes, King Crimson, PFM, Genesis, ELP...) y la búsqueda y adquisición de mejores fuentes para escucharlos. Además, ir a comprar discos significaba recorrer la tienda y pedirle al encargado que me pusiera algunas muestras de lo que contenían en su tornamesa. En ocasiones salía con más de un disco y al regreso venía con la sensación de que podía haber elegido aquel que había dejado. Raro, pero solía ocurrir.
Llegar a la casa y poner el disco representaba un ritual, desde la manera de abrirlo: fui aprendiendo a descorrer el celofán que los cubría, sin rasgar de más; sacar el elepé, colocar las manos de manera que no se contaminara con las yemas de los dedos; tomarlo de los extremos con ambas manos y colocarlo en la charola para después depositar lenta y cuidadosamente el brazo con el fonocaptor y poner a girar el disco. Ese ritual, lo he repetido miles de veces, y desde ahí, podría decirse, es como empezar a escuchar la música aun antes de que empiece a reproducirse.
También, en ese tránsito musical, he recorrido tianguis especializados como El Chopo (en este, inclusive a intercambiar discos), La Lagunilla y varios puestos ubicados en las calles cercanas al Eje Central. Es una tarea como de arqueología: hay que escarbar, situar los lugares precisos, no encontrar más que cosas lejanas al gusto de uno o descubrir joyas que ya no existen en el catálogo, y lo digo en presente, porque, aunque la frecuencia ha disminuido, lo sigo haciendo cada que tengo tiempo. Es otra experiencia distinta a la de ir a las tiendas, por cierto, cada vez más escasas, lo que me ha llevado a buscar a través de plataformas especializadas en la red.
En 1971, mis hermanos me invitaron, junto con un vecino de mi edad a ir con ellos a Avándaro. Nunca se pensó cómo iba a estar aquello, (se habla de centenas de miles de asistentes) si no, yo creo que mis papás no me hubieran dejado ir a mis catorce años. Ahí, desde antes se organizaban carreras de autos a las que asistíamos. En ese año se organizó el Festival de rock y ruedas por lo que el atractivo para nosotros era doble: la carrera no se realizó porque era un mar de gente. Avándaro, fue una gran experiencia, no por el sonido que era pésimo, ni por la terrible desorganización sino porque fue un encuentro jipiteca en el que se mostró una juventud marginal, regularmente reprimida. Alienante o emancipador, el festival fue interesante, aunque muy agotador. Fueron invitados varios grupos, aunque no todos llegaron por el caos vial en la carretera o porque declinaron. De los que estuvieron presentes fueron El Ritual, Los Dug Dug’s, La División del Norte, Peace and Love, Bandido y más, entre los que destaca Three Souls in my Mind que derivaría en el Tri de Alex Lora.
Vivir la música implica, también, asistir a cafés y bares en los que se toca la música en vivo: grupos que ejecutan las rolas de tus grupos favoritos, algunos con tal destreza que se acercan bastante a las versiones originales. De estos lugares, rescato, en primer lugar, el Aramys, el cual tenía dos sedes: una ubicada en Plutarco Elías Calles y otra en División del Norte. Al primero fue al que más asistí, acompañado por amigos o novias, en el que siempre había un grupo que ejecutaba la música de los Beatles, otros de distintos grupos y un cantante - comediante que sacaba la risa del público. En el de División del Norte. lo mejor era en el invierno, pues venía Zig Zag un grupo mexicano, encabezado por Héctor Ortiz: por aquellas épocas (ochenta, principalmente) ellos radicaban en Minnesota EU y venían a México en el crudo invierno de aquel país. Su destreza, sonido y personalidad en el escenario, hacía que la gente de deleitara con interpretaciones de Queen, Rolling Stones, Elvis, Yes, Led Zeppelin, Boz Scaggs...como si fueran los originales. Para darse una idea de su calidad, baste pensar que si unos mexicanos interpretaban rock en inglés en Estados Unidos con éxito es como si un mariachi gringo estuviera por acá en Garibaldi. La ironía es fuerte, lo sé, pero eran geniales. De dos de sus integrantes, les doy datos: Héctor Ortiz se convirtió en el mejor intérprete de Elvis y se hizo productor de varios grupos mexicanos. Óscar Sarquiz, se convirtió, a mi juicio, en el conocedor mexicano más profundo del rock, con publicaciones en secciones culturales de periódicos y emisiones de radio donde daba cátedra, literalmente.
Los conciertos musicales, demandarían un artículo especial, baste decir que cuando Chicago vino a México no pudimos comprar boletos y estacionamos el carro afuera del viejo auditorio para escuchar levemente lo que se ejecutaba en el interior. Más delante fui con mis amigos a ver otros en distintos escenarios, pero la gran experiencia fue cuando se organizaron bien con una empresa importante, y de ahí decenas de grupos, conciertos y eventos memorables he vivido: Yes, McCartney, Rolling Stones, King Crimson, Pink Floyd, Jethro Tull, Emerson Lake and Palmer, U2, Eric Clapton, Roger Waters, Jeff Beck, The Who, Radiohead y un largo y emotivo etcétera.
En ese camino por el rock, hay anécdotas personales que me metieron de lleno a él: la primera que quiero comentarles, es cuando mis hermanos mayores tenían un grupo de rock, y me invitaron a echar un palomazo cantando Ob, La, Di. Ob - La - Da de los Beatles, en una fiesta a mis doce o trece años, porque no llegaba el cantante al registro agudo, y yo, con mi voz aún infantil pude resolver el problema; fue más una chance al chavito que se les pegaba en los ensayos, que otra cosa; no creo haberlo hecho bien, pero lo hice, y eso es lo que cuenta. La segunda fue, cuando, muchos años adelante, me compré una batería, no para armar un grupo, sino para llenar un vacío que tenía. Con ella, pude sacar toda la adrenalina posible, siguiendo la música a todo volumen que salía por los altavoces, reproduciendo canciones que tenía grabadas en la mente: puedo decir, sin temor a equivocarme, que ha sido una de las mejores decisiones que tomé, porque se convirtió en una experiencia catártica que, además, compartí con mis amigos que venían a casa, cada viernes, religiosamente a la misa, como alguien le puso irónicamente, a adorar y vivir la música. En ese devenir, hubo ocasiones que llegaron otros amigos con sus instrumentos y se armó el palomazo colectivo. No muchas veces, pero sí las suficientes y excitantes como para que ocupen un lugar en esta memorabilia, porque, he de decir que el pequeño santuario a la música, ha estado acompañado de imágenes, posters y figuras que evocan épocas y momentos icónicos.
También, he de reconocer la influencia o la complicidad de varios amigos con quienes me retroalimenté o aprendí: no digo sus nombres, porque sería ofensivo dejar fuera a quienes han estado o estuvieron a lo largo de los años.
Por otra parte, mi educación musical, por muy magra que sea, no se queda en el rock. Serrat, Sabina, Alberto Cortez, tríos, música tropical, salsa y baladas en español, forman parte de mi constitución musical, afectiva y amorosa, particularmente, Serrat. He descubierto el jazz, el bossa nova, la música barroca, clásica y romántica.
Del jazz, les comento que ya tenía una afición importante, pero que se engrandeció al platicar y escucharlo con mi hijo quien me enseñó cuestiones muy sutiles que me proyectaron más allá de mis inclinaciones originales hacia esa hermosa música. Miles Davis, John Coltrane, Bill Evans y otros se sumaron a Dave Brubeck, Louis Amstrong y Ella Fitzgerald, entre otros. De la que genéricamente, denominamos música clásica, mi primer encuentro fue con el disco de Chopin, que mencioné en las primeras líneas: las polonesas, interpretadas por María Luisa Rodríguez, que estaba en la consola de la casa, y que se había comprado después de ver una película sobre la vida de Chopin. La polonesa heroica y la militar, las escuchaba una y otra vez. No era rock, pero me movía las fibras infantiles - adolescentes.
Después llegaron Beethoven, Schubert, Bach, Mendelsson, Mozart. Ello se consolidó gracias a un viejo compañero profesor que me ilustró de poesía, literatura, historia y música a la hora del recreo o en cualquier oportunidad que teníamos. Yo tenía como veinticinco años y él como cincuenta y cinco; fue un viejo sabio, autodidacta, que se desempeñaba como profesor de primaria, porque su historia de vida (se casó muy joven) lo obligó a abandonar estudios posteriores, pero era un devorador de libros y arrojado para aprender idiomas, sobre todo, traducirlos. Por él llegué a la ópera, género que yo, ignorante, desconocía. La ópera he podido disfrutarla en Bellas Artes (rescato el concierto del centenario de Verdi, al que fui con mis hijos y lo disfrutaron por la posibilidad de entender la explicación de las arias y porque en estas aparecían los subtítulos) y en el Auditorio Nacional en los que se proyectaba simultáneamente las funciones del MET de Nueva York. Giuseppe Verdi, por su historia y trayectoria político - musical, fue quien se convirtió en el puente decisivo hacia la
ópera, y después fueron llegando Wagner, Puccini y otros más, así como los tenores y sopranos que cantaron sus obras con maestría.
El Bossa Nova lo escuchaba en casa de mi hermano mayor. Recuerdo, sobre todo, a Sergio Mendes y su Brasil 66. Años más adelante, ingresé con pasión a través de Jobim, Vinicius do Moraes, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Gal Costa, Joao Gilberto, Astrud Gilberto y la reina: Elis Regina.
Así, pues, mi camino por la música ni es tan excelso ni tan envidiable, pero para mí, ha sido una de las vías primordiales para mi encuentro y liberación existencial. Rock, mucho rock, pero también de otros géneros. Que viva la vida. Que viva la música.

Salud para todos en este 2026 que inicia.

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“pálido.deluz”, año 15, número 184, "Número 184. El agua: Reflexiones y debates. (Enero, 2026)", es una publicación mensual digital editada por Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández, calle Nextitla 32, Col. Popotla, Delegación Miguel Hidalgo, Ciudad de México, C.P. 11420, Tel. (55) 5341-1097, https://palido.deluz.com.mx/ Editor responsable Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández. ISSN 2594-0597. Responsables de la última actualización de éste número Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán y Armando Meixueiro Hernández, calle Nextitla 32, Col. Popotla, Delegación Miguel Hidalgo, CDMX, C.P. 11420, fecha de la última modificación agosto 2020
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