¿Qué se requiere para ser un buen maestro? No hay llaves mágicas. Solo es una propuesta personal a partir de mi experiencia. Intentaré dar algunas claves para llegar a serlo:
1.- Vocación.
El ejercicio de la docencia debe contar, de entrada, con el gusto por hacerlo. En esta época de desempleo, es común ver a muchos profesionales que, al no encontrar ocupación en actividades vinculadas a su formación académica, optan por el magisterio, más con resignación que otra cosa. No es malo que los distintos profesionales se encarguen de tareas docentes, el problema es hacerlo sin la menor idea de lo que van a hacer, sin el compromiso que se requiere y, sobre todo, sin el menor gusto. En buena parte de mundo, los ingenieros, médicos, arquitectos y demás dan clases y son preparados, principalmente para los niveles básicos, en cursos propedéuticos para tal efecto. En el nivel universitario es otra cosa: la mayoría de los maestros no tienen antecedentes pedagógicos para ejercer su labor, pero se justifica si se piensa que vale más la capacidad y solvencia académica que los dominios pedagógicos.
En todos los niveles, no obstante, es deseable que exista el gusto por hacerlo, ya no digamos la vocación: la voz que te llama, en este caso, para dar clases.
2.- Compromiso social.
La educación debe ser pensada como la plataforma que posibilite a las sociedades a acceder a mejores estatus colectivos. En esa medida, el agente que vincula la política educativa con la sociedad es el maestro. Y debe ser este quien se encargue de traducir los propósitos explícitos de la misma y de advertir los peligros y sesgos ocultos en el currículo institucional. A contracorriente, de ser necesario, el maestro debe propiciar el pensamiento crítico en sus estudiantes, independientemente del curso, nivel o institución en la que labore. El compromiso es con la sociedad, antes que nadie, y por ello debe partir de la premisa de formar estudiantes capaces de transformar el estatus social, cuando así se requiera o de promover aquellos énfasis que coadyuven a la promoción del pensamiento libre, propio y comprometido con la sociedad.
3. Conocer e interpretar el programa de estudios.
Algunos profesores -sobre todo en el nivel básico- enfrentan el curso sin el conocimiento profundo del programa y plan de estudios. Esto limita su actuación pues se conforma con seguir un guion sin entender los posibles y frecuentes sesgos institucionales cuyo fin es preservar el estatus quo, es decir, se cumple una visión institucional que no siempre busca la formación de estudiantes críticos, comprometidos y analíticos.
Conocer el programa permite adecuar, modificar o sustituir contenidos por otros que estén apegados al contexto en donde trabaja y que, realmente, los propósitos del curso sean pertinentes y aporten a sus estudiantes los elementos necesarios para desarrollar sus habilidades intelectuales y su sentido de pertenencia y conciencia social.
4.- Autodidactismo.
Un buen profesor o profesora, sabe que por buena que haya sido su preparación profesional, y por más grados que haya obtenido, debe buscar las formas y mecanismos para mejorar su práctica docente. Cada curso, cada escuela, cada grupo y cada generación son diferentes. Los retos que esto supone son variados y desafiantes, y las y los docentes que mejor pueden afrontarlo, son aquellos que se preparan constantemente -más allá de la necesaria capacitación profesional- leyendo fuentes afines a su responsabilidad, sin renunciar a todo aquello que entendemos por cultura. Las y los maestros deben ser cada día más preparados y vincular su capital cultural con lo que demanden las situaciones concretas que exija su nombramiento o responsabilidad específica. Tener cultura implica abrir las posibilidades para desempeñar mejor cualquier responsabilidad profesional y, en el magisterio, una condición muy importante para expandir los horizontes pedagógicos al potenciar las sesiones y cursos hacia el encuentro de significados más interesantes, plenos de sentido y utilidad.
5.- Empatía.
Las clases o cursos ceñidos a un guion suelen ser aburridas y carentes de sentido. Hay tres elementos, al menos, que deben considerarse a la hora de planificar una sesión o diseñar un curso: a) El docente; b) los estudiantes y; c) aquello que se va a enseñar y para qué se va a enseñar.
Muchas veces, se diseña un curso o se enfrenta una clase pensando desde la posición y saberes que tiene el maestro; es decir, quién enseña y qué enseña. Esto deja de lado el segundo elemento, o sea los estudiantes. Se suele pensar un curso o sesión desde una perspectiva general, sin considerar los distintos niveles de conocimiento que tienen los estudiantes. Suele pasar que, en ocasiones, la sesión funciona para una minoría que entiende y una mayoría que permanece pasiva y torturada ante un alud de teorías y conceptos que rebasan sus saberes previos. Cierto – sobre todo en los niveles superiores- que debe existir una responsabilidad por parte de los estudiantes, para recuperar mediante lecturas adicionales aquello que no saben, pero también lo es que con frecuencia los profesores se instalan en su aura de sapiencia y no les interesa saber qué es lo que está pasando con aquellos que poco saben y con frecuencia reprueban. Una dosis de humildad y empatía no estaría mal, de vez en cuando, para hablar con aquellos jóvenes que muestran interés, y no logran avanzar, para saber qué problemas tienen o para, eventualmente, sugerirles lecturas o caminos que les ayuden a superar sus limitaciones.
6.- Una estructura moral.
Aparte de tener vocación o al menos gusto por lo que se hace, tener compromiso social, ser autodidactas y empáticos, las y los maestros deben ser la figura de la autoridad, vista esta no como el que sanciona, impone o dictamina desde un saber ajeno a las necesidades y realidad concreta de su institución o nivel en el que desempeña sus funciones. La autoridad ha de ganarse a través de la coherencia entre lo que se enuncia y lo que se hace; no se puede hablar de responsabilidad, por ejemplo, si no se predica con el ejemplo; ni de justicia cuando las evaluaciones y el trato a los estudiantes es sesgado. Las maestras y maestros se reconocen por sus saberes y compromiso, pero, ante todo, por su solvencia moral, entendida como el ejercicio íntegro de su responsabilidad, que vela por el interés colectivo, la puesta en práctica de la equidad, la libertad de expresión y el respeto a las distintas formas de ser y pensar. Valorar y promover el aprecio por la dignidad humana es un hábito que ha de trabajarse día con día con independencia del tema que se esté tratando.
Planificar, evaluar, saber a dónde vamos y qué queremos que se aprenda es nuestra tarea, por supuesto, pero lo es más la promoción de espacios que privilegien el buen trato, la escucha activa y la creación de ambientes de aprendizaje en los que el diálogo horizontal nos encamine (a estudiantes y maestros) a ser mejores.
En síntesis, se requiere que las y los profesores:
Transiten de la indolencia al compromiso; del cumplimiento sin conocimiento al planteamiento coherente y documentado;
pasen de ser burócratas a profesionales enamorados de la docencia;
se preparen constantemente e incrementen su cultura;
conozcan su contexto y realidad y adecuen sus cursos a las necesidades de sus estudiantes, dotándolos de sentido y aprendizajes reales;
contagien con su vocación a sus alumnos y se propicien ambientes de aprendizaje interesantes, sensatos, dialogantes, respetuosos, regidos por el respeto a la diversidad ideológica;
se ganen la autoridad a partir de su conocimiento y sus actos comprometidos.
Hay mucho más, es cierto: gestión, evaluación, condiciones de trabajo, utilización de medios, conocimiento más allá del aula, vinculación con la comunidad y un largo etcétera. Son solo algunas ideas que ojalá puedan ser reflexionadas y, por supuesto, cuestionadas. Salud.
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