I
Hace ya bastantes años, Arcelia Nogueira, una maestra que en la UNITEC me introdujo en los misterios de la semiótica, comentaba que le parecía asombroso que la mayoría de los profesores universitarios que conocía no leyeran. “Solo a ti, Pepe, Deyanira y algún otro se les ve con libros”, se quejaba. Curiosamente, Arcelia, que era una persona brillante, tampoco escribía, de tal manera que sus conocimientos, sus clases, sus enseñanzas solo quedan en las memorias poco fieles y deletéreas de sus discípulos y amigos.
Mi papá, profesor universitario durante décadas y antiguo Director de Asuntos Escolares de la Escuela de Periodismo Carlos Septién, y ferviente practicante de la lectura (que ha transformado en audiolectura a sus 91 años por problemas de la vista) y de la escritura, así como otros profesores que he conocido, han hecho comentarios similares: los profesores no leen. Yo añadiría que tampoco escriben.
En la universidad pública donde trabajo los docentes que mantienen niveles regulares de publicación, ya sea en medios de divulgación o académicos, por no mencionar libros, son lastimosamente pocos. La gran mayoría logra liberarse de esta obligación simplemente haciendo otras cosas o buscando que se le incluya en los trabajos de los demás.
Estoy seguro de que los profesores no escriben porque, simplemente, no saben. Me explico, por supuesto que no son analfabetas; a lo que me refiero es que gran parte de ellos, como producto del bajo nivel educativo del país, carecen de las habilidades mínimas para construir un discurso inteligible por escrito y, por tanto, son incapaces de transmitir a sus alumnos los conocimientos necesarios para que ellos escriban, lo que lleva al consabido (y horrible recurso literario) del “círculo vicioso”.
Profesores que no escriben forman alumnos que no escriben, quienes llegan a ser profesores que tampoco saben escribir y son incapaces de transmitir el conocimiento necesario a sus nuevos alumnos y así, usando un latinajo viejo y clerical, per saecula saeculorum.
Algunos consideran que este problema se agrava por la irrupción de las inteligencias artificiales que los alumnos (y docentes) emplearían para hacer sus trabajos. Sin embargo, esta idea no me parece cierta pues como resultado preliminar de algunas investigaciones que estamos haciendo, los alumnos tampoco usan bien la inteligencia artificial porque no saben qué quieren expresar. Recordemos que el lenguaje escrito no consiste solamente en juntar palabras, sino en construir realidades significantes dotadas de sentido.
II
Entonces, tenemos profesores que no pueden enseñar a escribir porque no escriben ellos mismos, y para colmo, no leen. Incluso, en algunos círculos se considera que leer y escribir está sobrevalorado. Un director de amarga memoria de la Septién a menudo me regañaba porque yo insistía en que mis alumnos respondieran preguntas por escrito y desarrollaran temas.
“Páramo —me decía con su voz insidiosamente amable— entiende que no puedes suponer que todos los estudiantes aprenden de la misma manera y tienen las mismas habilidades; por eso, es injusto que pidas a todos que escriban, permíteles que respondan de otras maneras…”
Yo argumentaba que se trataba de futuros periodistas, que el periodismo pasa necesariamente, sin importar en qué medio o plataforma se desarrolle, por el lenguaje escrito, que así lo dicen los especialistas en el tema. El director, que no era periodista (y que en ocasiones manifestó bastante desprecio al oficio) consideró que yo no sabía de qué hablaba, que me dejaba guiar por mi prejuicio y que, en resumen, solo decía tonterías.
En una de esas situaciones de la historia que resultan extrañas, el filósofo clásico Sócrates consideraba que la escritura no era tan buena idea. En el diálogo “Fedro” (que irónicamente llega a nosotros porque estaba escrito por su discípulo Platón) sostiene que Theuth, inventor de la escritura, asegura que esta producirá olvido en las almas, pues los hombres dejarán de ejercitar la memoria y confiarán en signos externos.
Para Sócrates, la escritura es digna de desconfianza pues la consideraba un sustituto deficiente de la memoria y del diálogo vivo, por lo que el conocimiento verdadero se alcanzaba mediante la mayéutica, el intercambio cara a cara, donde las ideas se cuestionan y se corrigen en tiempo real, y critica la supuesta rigidez de un texto escrito, no puede defenderse ni aclararse; siempre dice lo mismo, sin poder responder a preguntas ni adaptarse al interlocutor.
Por supuesto, Sócrates estaba equivocado. No podía saber ni imaginar, desde el horizonte de su experiencia, que el desarrollo de la escritura potenciaría el conocimiento, que no solo el autor no permanecería rígido y estático, sino que podría entrar en diálogo con él mismo, y con miles de autores, para desarrollar el conocimiento, de tal manera que, en la actualidad, solo los fundamentalistas religiosos creen en la interpretación fija, inmutable, de los textos en los que reside su fe.
También, es necesario aclarar que docentes que no escriben no lo expresan necesariamente en los términos socráticos, principalmente porque jamás los han leído (¡hermosa paradoja!), sino que simplemente no escriben porque no saben. Pero, ¿si no escriben cómo desarrollan su labor?
III
Muchísimos profesores son excelentes oradores, pero no del tipo de orador clásico que prepara una disertación, sino son una especie de oradores “naturales”, con un gran don para platicar historias las que van aderezando con recortes de sabiduría más o menos pop, o extractos de obras jamás leídas ni comprendidas.
Profesores que cuentan historias y que embelesan, pero no construyen ideas ni fijan argumentos. James Clear, que aunque sea autor de libros de autoayuda como Hábitos atómicos, no deja de tener razón, afirma: “Tu capacidad de enseñar está limitada por tu capacidad de escribir. Si no puedes ponerlo por escrito, será casi imposible enseñarlo bien.”
En la revista Trazos pedagógicos, de la Universidad Pedagógica de Sinaloa, se asienta: “Carlino (2007) una de las primeras investigadoras en sostener que los docentes universitarios exigen, pero no enseñan a leer y escribir, y se limitan a decir que si los alumnos no saben escribir el problema es de ellos.” Más adelante, en el mismo texto, denuncian: “La mayoría de los maestros solo exigen los productos terminados, es decir, solicitan escritos de los que revisan únicamente la versión final y no los procesos que los alumnos llevaron a cabo para construirlos.”
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