El temblor me sorprendió a la salida de mi domicilio. En ese entonces vivía en el sur de la ciudad, cerca de san Jerónimo. Me dirigía a mi trabajo en la ex Procuraduría General de Justicia del Distriro Federal, a donde había ingresado por la invitación de un amigo que en ese tiempo era el Oficial Mayor de la citada dependencia. En un principio creí que el movimiento telúrico era otro más de los que suceden en esta ciudad, así que como no vi daños en las cercanías, tranquilamente abordé un transporte para que me llevara a la estación Taxqueña del Metro.
Allí todo estaba tranquilo. Abordé uno de los trenes rumbo a la estación san Antonio Abad, y de allí caminar algunas cuadras hasta la calle Agustín Delgado, a donde unas semanas antes se habían mudado, entre otras la Dirección de Organización y Métodos en donde estaba adscrito.
El convoy del Metro llegó normalmente a las primeras estaciones. Pero a partir de la estación Nativitas empezó a detenerse, hasta que metros adelante se detuvo completamente y regresar a la estacion. Fue entonces cuando me di cuenta de la gravedad del temblor. Edificios con los cristales de las ventanas rotos, polvo, escombros que tapizaban el piso, las sirenas de las ambulancias, gritos de las personas atrapadas en los edificios y la gente apresurándose a socorrer a los heridos.
Los pasajeros descendimos en la estación citada. Caminamos sobre la calzada de Tlalpan. Ya se había interrumpido la circulación de automóviles. Caminé hacia donde estaba mi oficina. Allí, cerca de la estación san Antonio Abad me esperaba lo peor. Allí, el edificio donde laboraban miles de costureras en situaciones precarias se había derrumbado. Girones de telas se veían entre ladrillos y cristales rotos.
Llegué al edificio de la Procuraduría. Estaba en ruinas. Las escaleras se habían desplomado, los elevadores colapsados. Por fortuna no había heridos. Quise entrar para sacar algunas de mis pertenencias pero me lo impidieron. Algunos edificios estaban reclinados unos sobre otros, a punto de colapsar. Regresé caminando hasta la estación Ermita. Allí tomé un transporte para mi domicilio. Al llegar a san Ángel me sorprendió la atmósfera que reinaba. Las actividades se desarrollaban normalmente. Fue como si hubiera salido de una pesadilla y luego despertar. La gente iba y venía del mercado, los restaurantes estaban colmados de comensales. Era como si hubiera dos ciudades. La parte norte sufriendo por la sacudida del temblor y la parte sur en la tranquilidad total.
Fue mucho más tarde de ese mismo día que me enteré de los estragos causados por el temblor. Los noticieros narraban el desastre, el derrumbe de edificios icónicos como los hoteles Regis y Del Prado. Este último de gratos recuerdos para mí. Allí se efectuaban las conferencias de prensa del director de la ya desaparecida Comisión Nacional del Cacao para los periodistas de la fuente agropecuaria, con quienes en ocasiones desayunábamos. Después, en ese mismo lugar se efectuó un encuentro cultural con España, organizado por la Universidad Autónoma Metropolitana,en donde trabajaba para la Direccción General de Información. En esa reunión reencontré al poeta Hugo Gutiérrez Vega, agregado cultural en el país ibérico, quien además fue mi maestro en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.
También me enteré que el edificio principal de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, ubicado en la avenida Niños Héroes, en la colonia de los Doctores, había colapsado. Me preocupé porque allí estaban las oficinas de la Oficialía Mayor y mi amigo citaba a sus alumnos a las siete de la mañana, a quienes impartía clases. Lo localicé más tarde. Estaba bien. Ese día por algún motivo canceló la reunión. A quienes no volví a ver fueron a algunos compañeros con quienes asistí a un curso de capacitación semanas antes.
Por la noche mi amigo me pidió reunirnos al día siguiente en donde estaban las instalaciones de la Procuraduría. Al llegar mi asombro fue total. Solo había montañas de escombros y polvo en donde había estado el edificio principal. Ya había muchas personas removiendo las ruinas. Pero hacían falta algunas herramientas y equipo. A mí, en un principio me tocó la tarea de conseguir picos, palas y una llave Stillson de grandes dimensiones. Así que en una patrulla, junto con otro compañero, nos dirigimos a buscar algún taller o alguna tlapalería para hacernos de la herramienta necesaria. Por la prisa y la angustia no previmos que yendo en una patrulla nos exponía a sufrir alguna agresión o que desconfiaran de nosotros. Pero quienes se asustaron fueron las personas que nos dieron las herramientas sin cobrar un solo peso, seguramente con tal de que los dejáramos en paz. Allí me di cuenta que las vecindades de la colonia Doctores tienen dos accesos.
De regreso a la pesadilla y con picos y palas en ristre empezamos a despejar con mucho cuidado los escombros. En ocasiones teníamos que hacerlo a mano pelada, usando el argot beisbolero cuando se atrapa una pelota sin guante, y sin casco. Los guantes y los cascos estaban destinados a los altos funcionarios, quienes de vez en cuando asomaban la nariz para supervisar el desarrollo de la búsqueda de cuerpos pero que nunca participaron en la remoción de escombros. Una de las cosas que me asombró de mi búsqueda fue que encontré una acuarela, que le había regalado a mi amigo meses antes, intacta, sin rasguño alguno, a pesar de su fragilidad.
Ese día terminé con las manos muy maltratadas, a tal grado que mi amigo me pidió hacer otras actividades. Esos días de búsqueda fueron muy deprimentes. No tuve la fuerza para continuar, no hubiera sabido cómo reaccionar si encontraba el cuerpo de alguien.
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