¿Qué tienen en común personajes tan diversos como Julio Cortázar, William Burroughs, Frida Kahlo, Andy Warhol, Jean-Michel Basquiat e inclusive un ex jugador de los Yankees de Nueva York? Que ellos y otros más estuvieron de alguna manera relacionados con la escritora Jennifer Clement y cuyas sombras las hace desfilar en La fiesta prometida, su más reciente libro.
En este texto Clement narra las experiencias personales de su infancia transcurrida en la ciudad de México y su juventud vivida en los vericuetos de la ciudad de Nueva York. Es un texto que se lee fácilmente, en el que los habitantes de la ciudad de México, nacidos en la década de los cincuenta del siglo pasado, nos reencontramos, de tal manera que los recuerdos de la escritora pasan a ser nuestros recuerdos. Tal vez ese sea su mayor encanto. Y hasta aquí, ya que por supuesto quien esto escribe jamás ha estado en Nueva York.
La autora de Lady D, libro en el que se basó la directora Tatiana Huezo para su película Noche de Fuego, describe con sencillez y humor sus andanzas por una ciudad de México que ya no existe; que solo perdura en la memoria de quienes, aunque en distintos barrios, habitamos, vivimos y disfrutamos las experiencias de una infancia y adolescencia libres de temores.
Para empezar, describe la calle en donde vivió con sus padres. Una casa ubicada en la calle Palmas, a dos cuadras del estudio de Diego Rivera y Frida Kahlo, en san Ángel Inn. Allí conoció a Ruth María Alvarado Rivera, quien, apunta Clement, “cuando enfermé de ataques de asma se atemorizaba y me llevaba ramos de flores de san Ángel. Éramos cautelosas con el padrastro de Ruth María, el pintor Rafael Coronel, y si él estaba en la Casa Estudio no queríamos estar ahí, y nos la pasábamos en la calle. Pedro Diego y Ruth María decían que Rafael los maltrataba, los cintareaba y los encerraba en el baño, donde la cocinera les deslizaba tortillas debajo de la puerta.”
En otra parte del libro encuentro una referencia al mercado de san Ángel, de gratos recuerdos para mí. Allí iba de manera cotidiana con mis abuelos paternos; recorríamos los pasillos para comprar carne y verduras.
Quién en su adolescencia se privó de darse una escapada a Acapulco, “que olía a una mezcolanza de aceite de coco, tamarindo, pargo frito al ajillo, colonia de azahar Sanborns y protector solar Coppertone”, señala la autora de La viuda Basquiat, aromas que a muchos nos remontan a los años juveniles. En sus recuerdos, la autora se refiere a María Sabina, la mayor curandera de México, famosa internacionalmente, inspiradora de muchas canciones y a quien visitaron personajes como Bob Dylan, Timothy Leary y Carlos Castaneda.
En otra parte de su libro, Clement señala que el futbol lo trajo a México, a principios del siglo XX, la familia británica Blackmore, que eran cerveceros de Devon, y quienes fundaron una de las primeras cervecerías de México a principios del siglo XIX. Y añade: “en la icónica fotografía de Emiliano Zapata y Pancho Villa, tomada por Agustín Víctor Casasola en Palacio Nacional en 1914, aparece al fondo un Blackmore, que era el médico personal de Villa. Muchos años después me casé con un hijo de esa familia”.
En la segunda parte del libro, que se refiere a su estancia en Nueva York, la escritora narra que una de sus primeras impresiones fue enterarse del asesinato de Nancy Spungen por Sid Vicious, de la banda punk Sex Pistols, quien cuando lo arrestaron contestó cínicamente “la apuñalé, pero nunca quise matarla”. Afirma que antes de mudarse a la residencia estudiantil de la Universidad de Nueva York, se hospedó en el hotel Chelsea, “famoso por huéspedes como Jackson Pollock, William Burroughs, Dylan Thomas y Bob Dylan”.
“Suzanne tenía el cabello negro largo y lacio, ojos negroverdoso y piel muy blanca. Su madre era británica y su padre era palestino. Cuando era niña, su madre le daba crema blanqueadora para la piel, señala Clement de quien sería el personaje principal de su libro La viuda Basquiat; su padre tenía un temperamento terrible, que fue una de las razones por las que ella se escapó de su casa en Canadá. Suzanne y yo solíamos caminar por las calles buscando a Jean-Michel Basquiat, a quien ella amaba y con quien rompía y regresaba todo el tiempo”.
El libro concluye con su regreso a México. “Empaqué dos libros. Uno era Index Book (Libro Índice) de Andy Warhol de 1967, que él me había regalado. El libro tiene en su interior un retrato de Lou Reed. También empaqué una primera edición de los poemas de W. B. Yeats, firmada por el poeta, que me regaló un polaco propietario de una librería de segunda mano de la Third Avenue”.
Ya en la ciudad de México se enteró de la muerte del pintor Basquiat por una sobredosis de heroína, a través de una carta de Suzanne, “para decirme que estaba devastada y que había buscado el poema que yo había escrito para ella, ya que quería leerlo en el funeral de Jean Michel. Decía que fue muy doloroso porque las nuevas personas en su vida a final de cuentas no la conocían. Por eso, decía, buscaba desesperadamente alguna confirmación para encontrarse a sí misma y que mi poema era de los más reconfortantes”.
Clement escribe que Suzanne le contó en esa misma carta que la muerte de Basquiat ya la había anunciado cuando pintó un cementerio en 1980 en su obra Bird on Money en honor de Charlie Parker. En la obra aparecen las palabras Green Wood y Para morir. “Nunca fuimos al cementerio Green Wood en Brooklyn, concluye, para poner flores en su tumba, pero años más tarde, en un arranque, visitamos la tumba en línea en findgrave.com, donde encontramos las tumbas de la madre y el hijo: Jean Michel Basquiat (1960-1988). Sección 176, Lote 4403. Matilde Andrade Basquiat (1934-2008). Fosa común”.
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