Gabriel Humberto García Ayala
“Una vez que empieza, la inanición siempre sigue el mismo camino en el ser humano. En la primera fase, el cuerpo consume todas las reservas de glucosa. Aparece una sensación de hambre intensa, junto con pensamientos constantes en torno a la comida. En la segunda fase, que puede durar hasta varias semanas, el cuerpo comienza a consumir su propia grasa y el organismo se debilita de forma drástica. En la tercera fase, el cuerpo devora las proteínas, canibalizando los tejidos y los músculos. Al final, la piel se vuelve más fina, los ojos se dilatan y las piernas y el estómago se hinchan puesto que los fuertes desequilibrios hacen que el cuerpo retenga agua. A lo largo del proceso, varios tipos de enfermedades pueden adelantar la muerte: el escorbuto, la neumonía, la difteria y un amplio abanico de infecciones y enfermedades cutáneas causadas, de manera directa o indirecta, por la falta de alimentos”.
Lo escrito anteriormente pertenece a uno de los capítulos del libro Hambruna roja, de Anne Applebaum, en donde la autora narra los antecedentes históricos que propiciaron la manera en que el Estado soviético realizó uno de los peores crímenes del régimen para deshacerse de un problema político. Uno de los peores resultados de esta política fue una hambruna sin precedentes, durante la cual murieron al menos cinco millones de personas.
Para explicar la frecuente invasión de Ucrania, la autora se remonta a 1917, cuando este Estado pertenecía a la Mancomunidad Polonia-Lituania, de tal suerte que, durante el siglo, numerosos ejércitos imperiales lucharon por Ucrania, a veces con tropas que hablaban en ucraniano a ambos lados del frente. “Asimismo, señala la autora, la lucha por el control del territorio ucraniano siempre ha tenido un componente intelectual. Desde que los europeos empezaron a debatir el significado de las naciones y el nacionalismo, historiadores, escritores, periodistas, poetas y etnógrafos han discutido sobre las dimensiones de Ucrania y la naturaleza de los ucranianos”.
En un esbozo histórico, Applebaum narra hechos cruciales en la vida económica y política de Ucrania, desde la revolución ucraniana de 1917-1919, la hambruna y el armisticio en la década de 1920, hasta la colectivización y su posterior fracaso; hecho que provocó un nuevo levantamiento, con consecuencias desastrosas para los pobladores ucranianos.
La autora enfatiza el fenómeno de la colectivización, es decir la entrega de las tierras por parte de los campesinos al Estado, para que éste fijara los precios, las cuotas de producción y unos impuestos elevados. A quienes se negaban a entregar sus tierras los esperaba el Gulag. Esta situación provocó una escasez permanente de alimentos. En 1930 la policía secreta informó a las autoridades estatales de las primeras señales de una hambruna; la gente empezaba a sufrir enfermedades causadas por la desnutrición.
Ya en 1933 en las ciudades se sabía que los habitantes de las aldeas campesinas estaban muriendo; también lo sabían los administradores del Partido Comunista y del Gobierno. Las pruebas estaban frente a los ojos de todo el mundo. Pero, como sucede ahora en nuestro país, en el que las autoridades gubernamentales niegan la situación de inseguridad, para el mundo soviético oficial la hambruna ucraniana no existía. “No existía en los periódicos ni en los discursos públicos. Tampoco la mencionaban los líderes nacionales ni los locales, y jamás llegaron a hacerlo”. Para describir esta situación surgió una palabra: Holodomor, que significa “matar de hambre”.
Al cumplirse los primeros diez años de la hambruna, un documentalista escribió:
“Los aterradores años de la hambruna artificial que en 1932 y 1933 el Gobierno organizó con sumo deleite y crueldad contra Ucrania habían dejado una profunda huella en la memoria de la gente. Diez largos años no han sido capaces de borrar ese rastro asesino ni de dispersar los sonidos emitidos por los niños, las mujeres y los hombres inocentes al expirar, por aquellos jóvenes debilitados por la inanición. Los tristes recuerdos siguen suspendidos como una bruma negra sobre las ciudades y las aldeas, y producen un miedo mortal entre los testigos que escaparon de la hambruna”.
Al respecto, en una ocasión, a principio de los ochenta, Svetlana Alexiévich, galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2015, “conoció a una veterana rusa que durante la guerra había tenido una compañera de armas ucraniana. Esta última, que había sobrevivido a la hambruna y había perdido a toda su familia, le había explicado que sobrevivió comiendo estiércol de caballo. Mi padre enseñaba historia en la escuela y en una ocasión me dijo: un día el camarada Stalin pagará por sus crímenes”.
Hoy, como en 1953, “el asesinato en masa de pueblos y naciones que ha caracterizado el avance de la Unión Soviética hacia Europa no es un rasgo reciente de su política de expansión (…) los líderes del Kremlin destruirán con mucho gusto las naciones y las culturas que durante tanto tiempo han habitado Europa del Este”. Raphael Lemkin, Soviet Genocide in the Ukraine, 1953.
Applebaum asevera que el actual gobierno ruso conoce de sobra esa historia, y que por lo tanto cree que una Ucrania soberana, unida al resto de Europa por los vínculos culturales y comerciales supone una amenaza para los líderes rusos. Y concluye: “la revolución popular que estalló en 2014 representó la peor pesadilla de la cúpula dirigente de Rusia: jóvenes que pedían un Estado de derecho, que denunciaban la corrupción y ondeaban banderas europeas. Un movimiento como ese podría ser contagioso, y debían detenerlo por cualquier medio. El actual gobierno de Rusia utiliza la desinformación, la corrupción y la fuerza militar para socavar la soberanía ucraniana, como hicieron los gobiernos soviéticos tiempo atrás”.
PDF